JUEGOS DEL AYER

Juegos del ayer

Corrían los años 50 y los niños de Vera, aplicados y disciplinados en el estudio como era costumbre en aquellos tiempos, asistíamos, -vestidos con ropa de la época elaborada por las propias manos de nuestras madres (pantalones cortos, camisas y jerséis de lana) y aseados con jabón Heno de Pravia –, a las pocas escuelas unitarias que había en nuestra ciudad, situadas unas, en placeta “El Berro” y, otras, en “El Pósito”. Estas escuelas, más tarde,- a principios de los sesenta- se concentraron en una Escuela Graduada, que dio lugar a lo que hoy conocemos con el nombre de Colegio Reyes Católicos.

Pues bien, situado el lector en tiempo y lugar, para los que no lo saben por razón de edad, he de aclarar que los únicos días de descanso durante el curso escolar, con independencia de las vacaciones, eran los jueves por la tarde, y domingos y fiestas de guardar. Todos los niños esperábamos ansiosos la tarde del jueves y salida del colegio, a las doce del mediodía y cinco de la tarde. El juego, por antonomasia, en la calle, era nuestro norte.

Los tiempos que corrían – no había televisión ni nada que se pareciese a ella -estaban a años luz de la incorporación de las tecnologías de hoy día, así como su aplicación a los juegos infantiles actuales. Eran otros tiempos. Los escasos juguetes que había, de diseño muy elemental, sólo estaban al alcance de unos pocos. Tener una bicicleta era una ensoñación. No había más juego que el que la calle nos proporcionaba. No había miedo a coches ni a que te pudieran raptar. La calle era una forma de vida y lo peor que a uno le podía venir era el castigo impuesto por nuestros padres ante la queja del maestro o cualquier fechoría o acción improcedente cometida.

Las canicas o bolas, (recuerden mis coetáneos aquello de: “primera, pie, matute y a la calle”) muy practicadas en los hoyos habidos en el irregular enlosado de piedra, justo a la entrada de nuestra Iglesia, eran junto a la peonza o trompa, el aro, el carricoche y patín de cojinetes, las chapas, las señales, el escondite, el abejorro, el chinchimonete, el dopi, el marro cadena, etc. los juegos que los niños, con más frecuencia, practicábamos por las tardes en las calles de tierra apisonada de nuestra Vera querida. Análogamente, esto que cuento, también ocurría con los juegos de niñas, aunque, por desconocimiento y sintiéndolo mucho, no puedo entrar en el detalle.

Foto Juegos del ayer

Pero era el jueves por la tarde el día clave. El juego favorito de todos los niños era el fútbol y los escenarios para su práctica: “El Salar”, “El Campico” y “La Era de José Martínez”. Asistíamos a estos yermos terrenos allanados colocando piedras que hacían de portería y nos distribuíamos en ellos según el lugar de residencia: los de la zona norte, al “Campico”; los de la sur, “La era de José Martínez”; y los del centro del pueblo, al “Salar”. Alguna que otra vez, los que jugábamos en “El Salar” competíamos con los del “Campico”.

Ahora que esto escribo me viene a la memoria el recuerdo de cómo, a las tres de la tarde, una treintena de niños nos concentrábamos en casa de un amigo -“Cheché”-, dónde recogíamos los botijos para llenarlos de agua en la fuente “Los Cuatro Caños” y, de ahí, dirigirnos al “Salar” para jugar a ese deporte que tanto nos gustaba: el fútbol, pero en vivo y en toda su intensidad. No había árbitro y las normas de juego eran las impuestas por nosotros mismos. Empezábamos el partido nada más llegar, gracias al balón de plástico de color blanco que nos proporcionaba un compañero de clase llamado Narciso. Recuerdo que esa pelota no era muy corriente por estos lares. Las de aquí eran de goma. Finalizábamos la competición, tras varias horas de juego ininterrumpido y bien entrada la noche, rendidos y exhaustos ante tanta carrera tras el balón. Una vez en casa, no se evidenciaba preocupación en nuestros padres por nuestra larga ausencia. No se daban, entonces, circunstancias que propiciasen desasosiego o intranquilidad. Ésa, y no otra, era la mejor forma de disfrutar del jueves por la tarde en nuestra Vera soñada.

Eran, insisto, otros tiempos; tiempos que no volverán; tiempos en que la escasez de medios y recursos, a diferencia de los habido ahora con las nuevas tecnologías, sin darnos cuenta, nos facultaban para inventar e idear juegos y perseverar en el disfrute de ese ejercicio lúdico, siendo los amigos y la calle nuestros mejores aliados. Eran los juegos del ayer. Me quedo con la profundidad que para mí encierra el recuerdo de lo último expresado, fruto de acontecimientos y vivencias pasadas.

diego morales

Fdo.: Diego Morales Carmona

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