Estamos a pocos días de entrar en noviembre…
Gabriel Flores Garrido
Cronista Oficial de Vera
NOVIEMBRE
Los caracteres en negrita corresponden a lo que figura textualmente en los documentos de los que se han respetado la sintaxis y caligrafía originales.
Estamos a pocos días de entrar en noviembre, un mes dedicado a quienes ya nos dejaron, aunque permanecen en el recuerdo. He pensado que era momento oportuno para conocer los lugares de enterramientos que ha habido en Vera. Puede que a algunos no les parezca un tema agradable; a mí tampoco, pero siempre es interesante conocer la historia, los lugares y modos de nuestro pueblo, sin importar el tema. La verdad irrefutable de que el momento final nos pone cerco desde que nacemos hace que nos ocupemos de la única certeza de esta vida.
En Vera, como en cualquier otro lugar de España, los cuerpos de las personas fallecidas eran inhumados en templos parroquiales, capillas, ermitas y conventos. En 1787, se construye el primer cementerio de España en La Granja de San Ildefonso (Segovia), obedeciendo la Real Cédula promulgada por Carlos III, que prohibía continuar con esa práctica; excepto, cuando se tratara de miembros pertenecientes al clero. La razón eran los riesgos sanitarios que entrañaban estos enterramientos, especialmente a raíz de las epidemias padecidas en algunos lugares.
En noviembre de 1806, la jerarquía religiosa de Vera, en aquel tiempo numerosa, se había dirigido a la Real Junta de Diezmos en tono de reproche por no haber recibido los fondos solicitados el 4 de agosto de 1804 para construir un cementerio, pese a que, “por desgracia de esta ciudad sus abitantes estiman un establecimiento tan necesario como recomendado”. Con estas palabras, el clero recordaba a las autoridades la epidemia de fiebre amarilla sufrida en Vera en 1805 y el elevado número de fallecidos que ocasionó. En junio de ese mismo año, el obispo de la Diócesis, Francisco Javier Mier y Campillo responde “que por mi parte no puedo aportar caudales algunos para la construcción del cementerio”.
La orden del rey no se cumplió de inmediato y, mediado el siglo XIX, en buena parte del país todavía se mantenía la antigua costumbre. Vera, sin embargo, se adelantó a otras poblaciones: el 22 de agosto de 1807, el Ayuntamiento pidió al obispo de la Diócesis que se agilizaran los trámites para “la construcción del enterramiento extramuros de esta ciudad”, por haber llegado “al extremo de no caver los cadáveres en el patio de la Yglesia”.
Dos años más tarde, el alcalde mayor, Francisco de Paula Padial, insistió en esta cuestión y manifestó que, “para zanjar un asunto que de tanto tiempo se trata no espera otra cosa para su realización que la remesa de los planos”. De este modo, reiteraba el reproche formulado tres años antes.
Parece que la firmeza de sus palabras surtió el efecto buscado y, poco después, comenzó a construirse el primer cementerio de Vera, diseñado por el arquitecto Juan Antonio Munar, aunque con una reducción del número de enterramientos proyectados. Como maestro de obras fue designado Andrés López. Todo estaba dispuesto, al fin, para levantar el cementerio de San Antón, junto al templo que hoy ocupa la ermita del mismo nombre. Sus reducidas dimensiones y su cercanía a la ciudad, por el crecimiento de esta, provocaron que tuviera una vida corta, apenas 70 años.
Hay versiones que hablan de la existencia de otro cementerio anterior, conocido como el del “Santo Sepulcro”; nombre, por cierto, muy apropiado para el lugar; este estaría situado en el espacio que ocupó el antiguo Pósito. Sin embargo, no he encontrado documentos que acrediten su existencia. Por tanto, sin afirmar ni negar nada, porque no dispongo de pruebas en ninguno de los dos sentidos, prefiero poner esta posibilidad en cuarentena. Personalmente, la considero poco probable al mantenerse en uso el cementerio de San Antón hasta que se construyó el actual de San José y, antes de aquel, todavía no se había promulgado la Real Cédula que ordenaba establecer los cementerios extramuros de las ciudades.
El 26 de junio de 1872 se proyectó el actual cementerio de San José en la “Cuesta Colorada” o “Cañada del Chinorro”, presupuestado en 11.525 pesetas con 51 céntimos. En la subasta de las obras, las pujas rebajaron el costo hasta las 10.000 pesetas. Su construcción se hacía imprescindible por haber crecido la ciudad hasta apenas 50 metros de las tapias del antiguo cementerio, además de encontrarse entre dos caminos vecinales muy transitados y próximos a él.
Para general conocimiento y agilizar los trámites previos al inicio de los trabajos, adjudicados al único postor presente, Pedro Albarracín Cano, se publicó un edicto que fue fijado en calles, plazas y establecimientos de costumbre.
El 31 de marzo de 1873, Enrique López Rull, arquitecto encargado del proyecto, redactó un pliego de condiciones que incluía una capilla recogida en el presupuesto, cuya construcción se encomendó al maestro de obras Alonso López, con un costo de 2.685 pesetas.
En pleno municipal, celebrado en octubre de 1879, se propone “la construcción de un cementerio para los que no profesan la religión católica, contiguo al recién construido de San José”.
Concluidos los trabajos, en enero de 1880, el párroco decide que sea “el día 30 del corriente para la traslación de los restos del cementerio de San Antonio Abad al de San José”.
En 1955 se hace necesaria una ampliación en el nuevo cementerio, que proyectó y dirigió en 1960 el arquitecto Antonio Góngora Galera; además de una vivienda para el encargado de su cuidado.
Durante el tiempo trascurrido entre la construcción de ambos cementerios, una delegación de 16 personas de Garrucha (todavía administrada por el Ayuntamiento de Vera) visitó el 11 de junio de 1850 al alcalde veratense, Salvador González Gerez. Los visitantes solicitaron permiso para dotar a Garrucha de un cementerio y manifestaron que “han conseguido con sus sacrificios pecuniarios reunir un fondo capaz de construir un cementerio que evite en lo sucesivo escenas desagradables, que más de una vez se han presenciado”.





