XIII SEMANA CULTURAL TAURINA. 2019. FRANCISCO AGUADO. PERIODISTA Y ESCRITOR

UN PASEO POR LOS SIGLOS DE LA TAUROMAQUIA. 12-11-2019

UN PASEO POR LOS SIGLOS DE LA TAUROMAQUIA

Se inició la conferencia recordando el origen del toro bravo, apuntando a Asia como el origen del mismo. Al mismo tiempo se dijo que el toro que sobrevivió en el Mediterráneo durante milenios, descendiente del asiático, era menos agresivo. Lo fue más el que entró por el estrecho de Gibraltar mucho más tarde, lo que sumado a la mayor salinidad de los suelos del sur de España comparados con los del norte, dio lugar al toro peninsular, más bravo que el del resto.

Durante la Edad Media abundaron los juegos con toros, de cañas, etc., juegos populares a pie que consistían en la práctica de ciertos ritos populares en los que mancharse con la sangre del toro o matarlo confería al que lo hacía el poder de absorber su fuerza. Numerosas imágenes procedentes de frescos y relieves demuestran esta hipótesis.

Paralelamente se desarrollaron juegos con el toro entre las clases altas de la sociedad, y más concretamente con los militares, que necesitaban ejercitarse para la batalla alanceando toros y esquivándolos. Era, pues, un entrenamiento. En esta edad media ya pueden descubrirse imágenes en relieves de personas que, con ayuda de trapos, palos, lanzas o espadas y cuchillos, practicaban esos ritos, también relacionados ya con las fiestas paganas y, después de la caída del Imperio Romano, cristianas.

Los primeros juegos con toros en recintos más o menos cerrados comienzan a darse en las plazas de las ciudades y los pueblos, estando cerrada la entrada gratuita a los pobres y empezando a darse una cierta homogeneidad en el toreo, en el caso de los nobles siempre montados a caballo -los asistentes pudimos contemplar una imagen de la plaza mayor de Madrid a principios del siglo XVIII, de planta cuadrada-. Una guardia especial de nobles de alto rango protegía a los monarcas de los animales y los posibles peligros durante los juegos, con la ayuda de lanzas para tal fin.

En los pueblos solían pertenecer a la Real Maestranza de la Caballería de Ronda los protagonistas de estas demostraciones, y con pasado militar, siguiendo ese entrenamiento con el que empezaron a surgir estos juegos.

Esos nobles iban acompañados de pajes, más cercanos al pueblo llano, que fueron aprendiendo el arte incipiente del toreo y, paralelamente, van fraguando el toreo a pie, más modesto y del pueblo, y utilizando los trapos, las banderillas o los cuchillos, llegando a convertir el juego con los toros en puro entretenimiento.

La relación de los monarcas españoles con la fiesta de los toros fue especialmente curiosa. Así, sorprende constatar que, paradógicamente, José Bonaparte los apoyara claramente y Fernando VII los prohibiera.

Es en estos momentos cuando surgen en Andalucía las dos escuelas enfrentadas de toreo: la de Ronda, con una fiesta en la que lo que primaba y daba prestigio al torero era matar cuanto antes al toro de la manera más elegante posible. La de Sevilla se volcaba más en dar más espectáculo en cada toro y en mantenerlo con vida más tiempo hasta la muerte del mismo. También la estructura de la fiesta empezaba a nacer. Un ejemplo concreto: la entrada de los toreros en el ruedo, primero los caballos y luego los toreros, y con una colocación específica en función del rango y la edad, es fiel reflejo de aquel toreo militar primigenio. El oro en el traje sólo estaba permitido a los picadores y otros jinetes, recuerdo de que siglos atrás eran los nobles a caballo los únicos que llevaban ese tipo de floritura en la vestimenta. Los toreros y banderilleros sólo podían vestir con plata y otros metales y colores. Los clarines y los tambores también son recuerdo de esa música militar de antaño.

Francisco lanzó varias explicaciones sumamente interesantes sobre el porqué del corte de las orejas y el rabo de los animales. En muchos pueblos españoles llegó a existir la figura del carnicero torero, o persona que, con el encargo del Alcalde de cada lugar, estaba relacionada con el reparto de carne y con el de dar muerte a los toros que tuviesen que dedicarse al consumo humano. Y ahí comienza la necesidad de lidiar, antes de la muerte, al animal, para dar espectáculo a los vecinos. Terminada la lidia, si el arte había gustado al pueblo y al Alcalde, éste le daba, como objeto que certificaba la veracidad de su encargo, una oreja o dos y el rabo. Inmediatamente después, el carnicero torero podía acudir con sus orejas al matadero municipal a retirar gratuitamente la carne que le correspondía de manera gratuita, como premio, para poder venderla en su establecimiento. Apuntamos que en Vera existió esa figura del carnicero torero, habiendo sido descubierto en un expediente del Archivo Municipal de Vera el caso de Cecilio Antonio Estebes García, torero y, de profesión, carnicero, lenguaraz y amancebado con una vecina de la localidad.

Como se puede estudiar en los grabados de Goya de principios del siglo XIX, el toreo todavía era en ese momento una fiesta caótica, en la que, en el ruedo, podían verse varios espectáculos y muchas personas actuando.

Durante el siglo XIX quedan normalizadas las corridas de toros, habiendo realizado el conferenciante un recorrido por los primeros toreros conocidos y consagrados, como Pedro Romero Martínez, José Delgado Guerra o Francisco Montes Reina, que empieza a utilizar el oro en sus trajes y a ensalzar la figura del torero frente al de los jinetes, descendientes de aquellos nobles militares de siglos pasados, añadiendo sus originales aportaciones hasta el siglo XX, contenido que, Francisco Aguado, expondrá en una futura conferencia.

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