EL GENIO ALEGRE

El genio alegre

Los libros de historia suelen estar llenos de batallas, de nombres de grandes personajes que, con sus aportaciones, han cambiado el rumbo de un país, de hazañas grandiosas, de personas excepcionales,… Pero, detrás de todo esto, a la sombra, casi invisible, está la vida cotidiana, la lucha diaria de personas anónimas en cientos de pueblos y ciudades, que se afanan, primero, por sobrevivir y, en segundo lugar, por iluminar sus vidas con un rayo de felicidad.

Hoy voy a hablar de una de estas personas. Podrías ser tú, querido lector, porque probablemente hay en tu vida mucho que contar; pero, no. Me centraré en un personaje ya fallecido, un veratense que supo sacarle la lengua a los tiempos difíciles, tiempos de necesidades, de guerra civil, de posguerra, de cambios,…, y disfrutar del lado positivo de la vida. Y, lo que es más importante, contagiar su alegría a todo su entorno.

Enrique Alonso es este personaje. No sé por dónde comenzar, pues su vida está repleta de anécdotas y curiosidades que ponen de manifiesto su gran sentido del humor y una filosofía innata, implícita en su comportamiento, que podríamos decir que había encontrado la fórmula de la felicidad y la expandía a sus conocidos.

Un cuadro colgado de una de las paredes de la Terraza Carmona, en el que aparece enmarcado un ‘programa de mano’ anunciando la representación, en Vera, de la obra de teatro “El genio alegre”, de los hermanos Álvarez Quintero, en el año 1935, nos da un indicio de su vis cómica: “Éxito de risa del gran actor Enrique Alonso”, dice como reclamo para asistir. Cuentan que su presencia en el escenario, un par de gestos, una mueca, un ligero movimiento, … eran suficientes para arrancar las carcajadas del auditorio.

Supo Enrique beber el vino que le ofrecía la vida. Y decidió, también, venderlo. No se sabe muy bien si los clientes del bar iban allí a beber vino o a reírse con sus ocurrencias. Un amigo, que lo conocía muy bien, describe una escena con el bar lleno de gente. Enrique, detrás de la barra, contando historias esperpénticas, exageradas, y el personal desternillándose de risa. En aquellos tiempos de penuria económica en que era muy probable que alguien –en un descuido- se fuera sin pagar, solía Enrique decirle a su hijo –a viva voz, para ser oído por la concurrencia- :“¡Diego, ten cuidado que algunos pagan dos veces!”.

Hay cientos de anécdotas. Recuerdo cuando llegaron los primeros televisores –en blanco y negro, obviamente- a Vera. Enrique Alonso instaló uno de ellos en su bar. Era frecuente que el bar estuviera lleno de gente viendo la tele y … ¡sin consumir!. En esos casos solía decir a pleno pulmón: “¡Mucho mirandi, poco comprandi, correr poco la telandi!”, lo que hacía ‘despertar’ a más de uno, y pedir alguna otra ronda. Eso se complementaba con un texto escrito en un gran espejo en el que se podía leer: “Para ver la televisión hay que hacer consumición”.

En la temporada de verano Enrique trasladaba el bar a la playa. Era lo que ahora se conoce como un ‘chiringuito’. Allí acuñó la frase de : “¡no me gustan los bañadores! ¡Que no me gustan los bañadores!”. Está claro. Se refería a esos amigos que iban al bar en bañador, sin más. Eso le hacía temer que al final dijeran aquello de “luego te lo pago, que ahora no tengo la cartera aquí”. Y ese ‘luego’ a veces significaba ‘nunca’.

Y, en llegando el martes de carnaval, echaba el cerrojo al bar, buscaba los más estrafalarios ropajes, se rodeaba de músicos, de esos músicos ‘sin papeles’ capaces de tocar toda clase de música popular, más algún acompañante femenino, bien maquillado, con sus postizas, y … ¡a la calle! Aquello era todo un espectáculo, que avanzaba Calle Mayor arriba con una cohorte de chiquillos y mayores acompañando a Enrique y a los músicos. Por el camino se cruzaban con otros personajes que irradiaban simpatía, como Ramón “el Camacho”. Solían ir repartiendo lotería ya caducada y pedir ‘la voluntad’, para terminar todos degustando una sabrosa ‘cuerva’ que Antonia, su mujer, ya tenía preparada en el bar.

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Aún permanece en la memoria de muchos veratenses el recuerdo de este ‘genio alegre’. Lo que aquí he mencionado es sólo una milésima parte de las curiosidades que, a lo largo de su vida, nos fue dejando Enrique.

Ya quisiera yo, cuando me muera, ser recordado por mis paisanos con el mismo cariño con que se recuerda en Vera a Enrique Alonso.

diego morales

Fdo.: Diego Morales Carmona

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