MISCELÁNEA MÁGICA DE VERA

Las costumbres más íntimas de las gentes, ajenas a los acontecimientos políticos, a las batallas y a los mercadeos a gran escala, son las menos visibles en los documentos antiguos y la Historia sólo las rescata muy de vez en cuando. Pero hemos de saber que era la realidad para nuestros antepasados y para saber cómo pensaban debemos conocerlas.

Era el año de 1651 y aún recordaban con orgullo cómo sus abuelos y bisabuelos les habían contado que hacía 80 años habían resistido el asedio de los moriscos de Abén Humeya.

Muchas viejas espadas se oxidaban en sus casas y, los hidalgos veratenses, ya no eran ni los temerarios colonos guerreros que lloraron la muerte de la reina Isabel la Católica en 1504 (hachas de fuego en mano), y cuyos restos de los más notables descansaban  y descansan en la Iglesia de la Encarnación y en el Convento de la Victoria, ni los ilustrados del siguiente siglo, culta latiniparla llena de ideas y de buenas intenciones. De hecho, habían empezado a declinar en sus obligaciones guerreras para con la población civil y el Estado en lo que se ha dado en llamar “el retraimiento militar de la nobleza castellana con motivo de la guerra franco-española”. Eran los García de Ategui, los Ximénez de Arrutabe, los Campoy, los Soler, los Albarracín… trocándose de soldados en busca de fortuna en hidalgos y de hidalgos en regidores perpetuos.

espada ropera española XVI-XVIII

Todavía eran tiempos casi heroicos (aún se divisaban piratas desde la torre de la Garrucha) y miserables en lo material, como casi siempre ha sido desde que el hombre es hombre. Tanto es así que, ese mismo año, los caballeros capitulares acordaron como algo necesario abrir las puertas de las casas de los vecinos, descubrir quién vivía en una situación misérrima y proporcionarles comida y aperos para la siembra.

Necesario se consideró también enviar al alguacil mayor en busca de un religioso de la villa de Vélez Rubio que, se decía, con oraciones y conjuros mataba la langosta, los gusanos y demás sabandijas perniciosas a cambio de unos ducados (fol. 90).

Una noticia excepcional de 1565, sobre la cirujana, comadrona y entendida en hierbas de Mojácar, casada con el veratense Ortuño Salcedo, Ginesa Marín, nos pone en antecedentes sobre el ejercicio tradicional de la curación en la Comarca. Antes lo había sido en Vera el médico judío Symuel Abolafia (1488).

El ambiente de la época posterior no contradecía esa búsqueda desesperada: es seguro que casi desconocidos ritos moriscos (y, quién sabe si anteriores), aún se practicaban en pueblos cercanos y registrados en procesos inquisitoriales de otros archivos; la lorquina Dorotea Pertusa, en 1700, pretendió curar a una vecina de Vélez Rubio apretándole la cabeza y mascullando: Jesús encontró a sus discípulos y les dijo que a dónde iban y le respondieron, “a buscar teja y reolleja, cascos de calabaza para la cabeza de Juana”, así sea. Tiraba de los cabellos a la paciente y seguía: “como la barba de Nuestro Señor fue tirada y arrojada de los judíos así sea tirado y arrojado el mal de la cabeza de Juana. Muera, rayos y centellas por todas lanzadas y todo dolor y mal de Juana, y viva Cristo, que así lo manda nuestro señor Jesucristo”.

langosta

            En 1739 se empezaba a rumorear en Laujar que Bernardo Bentaja adivinaba quién iba a morir y quién estaba en el cielo o en el infiermo. Entraba en éxtasis y quedaba como muerto, mudado el color, saliendo de sus labios una extraña voz ronca que se achacaba al diablo. Se llevó al río a numerosas vecinas y lo encarcelaron para exorcizarlo moliéndolo a palos.

Gabriel Díaz, “alias Leorro”, aterrorizaba a las gentes de Alboloduy gozando al hacer el mal por el mal y hechizando a base de tabaco en polvo (probablemente mezclado con estramonio, belladona o beleño) y maldiciendo a las mujeres que rechazaban sus proposiciones sexuales. En su casa metamorfoseaba a hechiceros en zorros, podencos y “horques”.

hechizos-de-amor-con-ruda

Luisa Baeza, de Felix, reducía mejunjes en su caldero. Un hombre la reprendió porque no iba a misa y unos polvos esparcidos en derredor lo hicieron enfermar hasta que acudió a otra hechicera de Almería, María Muñoz, haciéndole expulsar dos gusanos blancos a base de agua de mar, aguardiente y mistela. Un filtro de amor demandado por un joven postró en cama a su amada hasta que se decidió a deshacer el hechizo colocándole en el estómago una hierba llamada ‘setaro’…

Por si fuera poco, fuentes orales me han informado sobre una auténtica caza de brujas en la Sierra de Cabrera a principios del siglo XIX por la Santa Inquisición, dato todavía por confirmar en este Archivo Municipal.

Uno de los azotes de esta caterva, los García-Cueto, verdadera casta de militares en su origen, rígidos, autoritarios e inquisitoriales en Vera, hacía poco que campaban ya a sus anchas por las salas capitulares, minando en ocasiones la autoridad de los Alcaldes Mayores, la mayoría de los cuales solían ser elegidos por capitostes ajenos a la ciudades  en las que gobernaban e impartían justicia (Corregidor y Cámara de Castilla). Su presencia hacía inexplicable la desesperada opción, casi herética, de los conjuros contra la langosta, explicada quizá por la Real Pragmática sobre los ensalmadores de 1477. Así, esa intolerancia se demostrará más adelante, andando los siglos, cuando la familia vaya tomando progresivamente el poder absoluto de Vera, tanto material como espiritualmente. Con su bastón o vara en mano y su insignia de la Santa Inquisición, los García-Cueto serán testigos, casi siempre como fiscales denunciantes, de actitudes heterodoxas y espontáneas del sabio y sufrido vulgo veratense.

Sentiremos su presencia y leeremos sus rúbricas en pleitos contra una hechicera que tumbó a una mula exhalando maldiciones (AHPA), contra la comadrona y posiblemente alcahueta y hechicera, Quiteria Vutia, “negra de nación” (1727), contra el curandero Matheo Vicente (1744), cuya especialidad era curar con un dedo mojado en saliva y varias ventosas males de barriga, reñido con varias hechiceras muy competitivas de Bédar, duchas en el arte de introducir hechizos en los pimientos o en realizar ritos adivinatorios con los corpiños de las difuntas; o contra María Simón (1770), curandera cuya actitud no fue censurada (posiblemente porque tenía cierto capital o influencias en el concejo), al intentar curar de sífilis a otro prócer amigo y compadre de los García-Cueto, Escánez de Haro, a base de sahumerios de bermellón (sulfuro de mercurio). Don Alejo Campoy, de la Villa de Cuevas, fue denunciado por haber intentado quitar la vida con maleficios a doña Ana Josepha Márquez, su mujer. Otras censuras las dirigirá contra los desnudos de varias mujeres, las consideradas por ellos como representantes de la mala vida, las costumbres y los trapicheos de la carne, mientas estos fiscales construían un alto muro en el patio de su casa para salvaguardar su intimidad (A.H.P.A. J-25, nº 894).

En 1808 un valiente veratense, el Alcalde Mayor don Francisco de Paula y Padial, guerrillero patriota, se enfrentará con don Diego María García-Cueto por la excesiva e intrusiva ostentación que hacía de dichos símbolos inquisitoriales. Una vez más, perdió contra los García-Cueto.

La reciente transcripción por Bartolomé Contreras Segura de un expediente a cuento de la Guerra de la Independencia, ha puesto la guinda a tan simpático barullo: se da la noticia de la existencia en Vera de las casas del judío Salomón, en la placeta del Barranco (hoy, los alrededores de la plaza de Fernando V, 1818), en las que solía jugar a los naipes Antonio Martínez Botella, curandero y cirujano.

 

Añado que en el Cabezo de María, otro de los lugares paradigmáticos actuales del curanderismo debido a la proliferación de cierta planta muy utilizada, aún hoy, para alejar las malas sombras de las casas, vivió en 1843 (expediente del fondo judicial del Archivo Municipal de Vera, -Vera-Sorbas-Antas-), Ana Cano, la de Cristóbal Peña, cómplice de timar al vecino de Sorbas José Munera Martínez, intentando valerse de las hechicerías de Luis Domínguez con el fin de librar del sorteo de milicias a su hijo. (transcribiré su contenido más ampliamente en otro artículo en función del interés de los lectores).

Somos testigos de excepción de cuatro siglos apasionantes que nos hacen sentir orgullosos de ser descendientes de una tierra tan prolija en la locura creativa de este laboratorio humano y de mostrar a sus vecinos una cara menos conocida de la historia veratense.

(…) Pero la represión pone en marcha un retorno de lo reprimido bajo distintos disfraces. El«adversario» o satán será en realidad el pasado, la promesa de cualquier unio mystica no trasformada aún en unio formalis. La oposición a la idea del enteógeno natural es tanto más rigurosa cuanto más nazca de una promesa enteogénica traicionada. Esto justificará la destrucción de ritos mistéricos en el área mediterránea y Europa, la persecución infatigable de hechiceros hasta el siglo XIX (…)

Historia General de las Drogas. Antonio Escohotado (pág. 233)

 Manuel Caparrós Perales

Publicado en el periódico Veraldía  nº 25 de febrero de 2010

(BIBLIOGRAFÍA: BLÁZQUEZ MIGUEL, Juan. Breve bosquejo de la hechicería almeriense en el siglo XVIII. CAPARRÓS PERALES, Manuel. Curanderos, hechiceras y comadres en la Tierra de Vera. CAPARRÓS PERALES, Manuel. La frágil sensualidad femenina en el Antiguo Régimen. Un caso de sífilis en el Archivo Municipal de Vera. ESCOHOTADO, Antonio. Historia General de las Drogas. SÁNCHEZ DRAGÓ, Fernando. Historia Mágica de España. SÁNCHEZ RAMOS, Valeriano. Un linaje castrense en el Levante almeriense: los Cueto).

Pie de foto de la imagen principal:

La especie Datura Stramonium, llamada vulgarmente estramonio, hierba del Diablo, hierba hedionda, higuera del infierno, floripón, burladora y chámico, entre otras denominaciones, es una planta tóxica de la familia de las solanáceas muy utilizada por los hechiceros, junto con el Beleño, la Belladona y la Mandrágora. Aunque tiene aplicaciones medicinales posibles, es poco recomendable su uso casero por los venenos que contiene. Ingerida causa locura irreversible.

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