TARDES DE VERANO

Está siendo un verano duro…


 

 

 

 

Gabriel Flores Garrido

Cronista Oficial de Vera (Almería)

Está siendo un verano duro, julio nos acorrala con un calor tan atosigante que obliga a recuperar la tradición de salir a las puertas para “ tomar el fresco”, aunque no lo haga. Si preguntáramos en cualquier corro de los que se empiezan a formar de nuevo “¿Qué supone tomar el fresco en las tardes de verano?”; las respuestas serían innumerables: convivencia, labor, juego, merienda, conversación, hacerse compañía o preguntarse unos a otros cómo les han dejado sus dolamas pasar el día, por aquello de que conocer los pesares de los demás y saber su evolución, parecen aliviar los propios.

Tradición de inicio incierto e impreciso en el tiempo, como casi todas ellas, aunque tan arraigada y prendida a nuestras costumbres que la localidad gaditana de Algar ha solicitado su declaración como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Custodia el Archivo Municipal lo que hace siglos llamaban “Normas de buen gobierno”, una serie de ordenanzas por las que el municipio se regía y a las que el vecindario debía atenerse con la rigidez que exigían Concejos y alcaldes mayores de la ciudad. La más antigua encontrada en nuestro Archivo relacionada con el tema que nos ocupa está fechada el 6 de mayo de 1684; uno de sus apartados dice “que cada vecino limpie y componga la porción de calle que a su casa corresponda para que siempre estuviera aseada y limpia, bajo pena de un ducado”, disposición que, con idénticos términos, se repite más de cien años después en el artículo 10 de lo promulgado el 7 de septiembre de 1790. Edictos posteriores, de los que se conservan varios de los siglos XVIII y XIX, insisten en esa obligación para con la ciudad. Se insistía, por tanto, en la “limpieza y aseo” de la parte de calle que transcurría a lo largo de su fachada. Después de unos años de silencio en este apartado, el marqués de Salamanca, tras su nombramiento como alcalde mayor de Vera, retomó, en 1835, la costumbre que contemplaba ese punto de la ordenanza.

¿Pudo ser este el inicio de la costumbre de sentarse la vecindad en las puertas de sus casas en las tardes apacibles para las tertulias veraniegas?; no sé qué me lleva a pensar, sin una base donde apoyarlo, que sí pudo ser el germen del hábito inveterado de acomodarse en las calles, al cobijo de una buena sombra, una vez aseada con escoba de palma y bien rociada por expertas manos, tras la caída de un sol inmisericorde.

Tres siglos más tarde de las primeras normas halladas, como una costumbre que estuviera al margen del tiempo, como si este no pudiera afectarle y, para conocimiento de los veratenses más recientes, la tradición se sigue poniendo en práctica. Bien es verdad, que hasta hoy solo nos han llegado unos hilos, sin terminar de romper, que mantienen el vínculo con esa tradición; aunque es cierto que el paso de los años hace que cada vez sean menos los hilos y estos cada vez más inconsistentes.

Hasta la llegada del otoño se vendía en la calle, se conversaba en la calle, se jugaba, se hacían labores… la calle era taller, fábrica, salón o lugar de tertulia. Calles con intención rectilínea a menudo frustrada, como si quisieran rebelarse contra la alineación original de sus líneas rectas e intentaran reproducir el desorden urbano de la vieja Vera del cerro, para así aprovechar las umbrías de sus curvas e irregularidades que acogieran descansos, tertulias entre vecinos o “telediarios vespertinos” donde ponerse al día de las últimas y jugosas noticias, sin veto alguno.

Por otro lado, lo expuesto choca con las normas dictadas en 1825 por el alcalde mayor, Antonio García Leonés, en las que ordenaba que “desde el toque de oración hasta las 10 de la noche no haya en la calle reuniones de más de tres personas”, lo que estaba sancionado con cuatro ducados, excepto “las que tengan justa necesidad”. Es posible que la prohibición obedeciera a un momento puntual por ser el XIX un siglo especialmente agitado y estar recién iniciada la “Década Ominosa”; años turbulentos y de restricción de situaciones y movimientos habituales en otras circunstancias.

Cuando la primavera, ya cansada, se había retirado, y con el verano acomodado en nuestras calles, pasado el sopor espeso de las primeras horas de la tarde, los vecinos sacaban cada día las sillas a las puertas de sus casas hasta que septiembre, mes imprevisible y tornadizo, que refresca los calores severos y sujeta los fríos rigurosos, obligaba a recogerlas con sus lluvias y frescores. Aunque la feria, dedicada a nuestro patrón San Cleofás, prolongara unos días más la vida callejera, ya se percibía que la temporada de “asentamientos de calle” tocaba a su fin. Septiembre volvía a encajar piezas y todo recuperaba de nuevo su cadencia habitual, como si el tiempo hubiera muerto agotado por meses de calor y el pueblo se rigiera por un reloj sin agujas.

Cuando el sol que abrasa esta tierra caía y se suavizaban los sofocos propios del estío; esas tardes, en las que el calor, además de sentirse, parece que pudiera pesarse, los niños comenzaban a romper el silencio y la soledad que las envolvían. Ellos que no temían calores ni vendavales, porque ellos mismo ya lo eran, daban el pistoletazo de salida cada tarde para que las gentes despertaran del sopor de la siesta y las calles cobraran vida: poco a poco se iban poblando y los corros tomando forma alrededor de un parchís, un bolillero o un bastidor de bordados: el tema de conversación, resultara o no atractivo, era cuestión que poco importaba porque los objetivos perseguidos eran convivencia, tertulia y recoger todo el fresco que pudiera ser aprovechado. Además, nunca faltaba un paseante con el que “pegar la hebra”; sobre todo, si era portador de algún “cotilleo.

Con el fresco de la atardecida y atraídos por la brisa refrescante y la nostalgia de narraciones, los cuerpos quedaban sosegados, como si solo tuvieran la aspiración de que el mundo no los incordiara, recostados en sus gandulas, aquellas butacas presentes en todas las casas, con la siempre fiel y refrescante compañía del botijo, compañero inseparable cuando el calor de la canícula aprieta.

En ocasiones una brisa tan infrecuente como poco intensa espoleaba el ánimo y uno pensaba que el intento de volver a probar suerte otro día merecía la pena.