La festividad del Corpus Christi, instituida por el papa Urbano IV en 1264 y considerada como la gran fiesta barroca de la cristiandad…
Gabriel Flores Garrido
Cronista Oficial de Vera
La festividad del Corpus Christi, instituida por el papa Urbano IV en 1264 y considerada como la gran fiesta barroca de la cristiandad, se celebra transcurridos sesenta días desde el Domingo de Resurrección. Fue la religiosa agustina Juliana de Cornillón, que profesó en un monasterio-leprosería, quien inició su celebración, siendo la ciudad belga de Lieja la primera que lo conmemoró en 1247.
Seguramente, casi todos hemos escuchado o hecho mención de ese conocido aforismo que dice “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”; pues bien, ese trío de jueves festivos ha quedado reducido a uno, y no siempre, ni en todos los puntos de nuestra geografía, porque el Jueves Santo, único de los tres originales que conserva su carácter vacacional, ha sido convertido en “moneda de cambio” con otros días en algunas de nuestras comunidades y regiones para acomodarlos a puentes o prolongar fines de semana. Hasta 1990, año en el que se modificó la fecha de su festividad, fue, junto a la Ascensión, el día en el que los niños celebraban su Primera Comunión.
Trataremos el Corpus veratense, del que tenemos referencia desde el día 20 de octubre de 1573 cuando el rey (Felipe II) en contestación a lo solicitado por el Concejo, que presidía el alcalde mayor Rodrigo de Castro, concede autorización durante un plazo de seis años dando “lizençia y facultad para que de los propios y rentas de la dicha çiudad se pudiesen gastar en la dicha fiesta diez mil maravedíes” y, añade el monarca, “sin que por ello caygays ni yncurrays en pena alguna”. Era necesario el permiso real para gastar dinero de los fondos propios municipales o de cualquier renta que perteneciera al Consistorio, aunque se tratara de la celebración de una festividad religiosa, como es el Corpus.
Transcurrido el plazo de autorización mencionado de seis años en 1579, el Concejo de Vera recibe una nueva Real Provisión, a petición de quien entonces era la primera autoridad municipal, Garci Álvarez de Soto, en parecidos términos y por la misma cantidad, aunque el periodo señalado para efectuar el gasto se amplía a una década. Si tenemos en cuenta que no se incrementa el importe, podemos deducir que los fondos de la tesorería municipal eran más exiguos que en años anteriores, o los actos de celebración fueron más austeros.
A pesar de no encontrarse más documentos catalogados sobre esta festividad, sin embargo, en las actas capitulares se nombran, con frecuencia, a “caballeros comisarios”, años después llamados “diputados de fiestas”, que eran designados para la organización y administración de la conmemoración del Corpus, como en 1694, año en el que se nombran “comisarios a los señores Luis Ximénez y Bartolomé García, “rexidores, a los quales se les da poder y comisión que es necesario para que prevengan todo lo necesario para dicha fiesta”. Esta elección figuraba como un punto rutinario del orden del día, sin más transcendencia que el nombramiento del cargo. Además, se trataban en la sesión capitular pormenores de la celebración, como el acuerdo tomado el 4 de junio de 1699 en la que se destinan 170 reales “para dar principio a la hoja de prebenzión y pasada con certificación de los caballeros comisarios que se gastare”: Todo lo que concernía a fiestas y celebraciones era supervisado por comisarios, delegados o comisionados designados al efecto para la gestión de su organización, auditar gastos y establecer las condiciones de la celebración. Hoy puedan parecernos nimias decisiones como la tomada el 4 de enero de 1700 para “que se haga la cera para la Candelaria de dos libras cada una”. Si tenemos en cuenta que una libra equivale a algo más de 450 gramos, y que cada vela tenía un peso de casi un kilo, estas suponían un elevado costo, ya que se trataba de un producto escaso y caro.
Los gastos originados por el desplazamiento de los diputados del Concejo “a la Villa y Corte de Madrid a ponerse a los Reales pies de Su Magestad ante la enhorabuena de su feliz arrivo y sucesión” obligan, el 23 de mayo de 1701, al alcalde mayor y regidores “por cuias causas se halla falta de medios para la zelebración referida con la pompa acostumbrada” a conmemorar el Corpus “con dezente honestidad y el menor gasto posible”. Esta representación de Vera, reflejada en la sesión del 13 de julio de ese año, se estimó necesaria para, a la vez, hacer entrega a Pedro Fernández de Carranza, diplomático de Vera en la Corte, de “los privilegios que esta ciudad tiene de libertad y franqueza para que los afirmara Su Magestad Don Felipe Quinto”. Se refería el Consistorio a la coronación de Felipe V, que tuvo lugar el 16 de noviembre del año anterior.
En esa línea de austeridad, a veces se les hacen a los diputados elegidos observaciones curiosas, como la reflejada el 19 de mayo de 1736 a Luis de Castañeda y Antonio de Soto, a los que en el cabildo celebrado ese día, el alcalde mayor, Pedro de la Cueva y los regidores del Concejo, les advierten de que “no se gaste más de aquello preziso, atento a los cortos medios con que esta ciudad se alla”. A pesar de la devoción que le profesaban al día del “Corpus Domini”, como también se le llamaba en ocasiones, el gasto público era muy controlado.
En los años finales del siglo XVIII se comienza la construcción de altares a lo largo del recorrido procesional, tal y como hoy ocurre; con alguna frecuencia, estos trabajos originaban deudas de difícil cobro: el 26 de julio de 1788 Pedro José Galindo exige al alarife Matías López el pago de 147 reales de vellón y 22 maravedíes por el papel de caroca, utilizado para la decoración de altares y efectos visuales, retirados de su establecimiento. El expediente se encuentra en el Archivo Histórico Provincial por lo que no podemos conocer el resultado del pleito.
El 1 de enero de 1780 es nombrado, por primera vez, un comisario de fiestas, recayendo el cargo en Francisco Escánez Casquet, que se ocuparía de gestionar especialmente las de la Candelaria, San Cleofás y el Corpus. Años más tarde le asignaron presupuesto a cada una de ellas, estipulando para esta última un importe de 150 reales, cantidad que parecía exigua, pero que, al menos, permitía al responsable de la organización conocer sus limitaciones en el aspecto económico.
En la segunda mitad del siglo XIX, sin que se pueda precisar el año de su inicio, el Ayuntamiento toma la iniciativa de convocar un concurso para la construcción de un altar monumental en la plaza Mayor, lo que hace que la festividad tome auge y recupere parte del esplendor, que tal vez fue perdiendo a través de los años, e informa “que se procede a la subasta en la licitación pública del altar que el Ayuntamiento viene en la costumbre de hacer en la plaza Mayor de esta Ciudad”.
La subasta era pregonada por el “voz pública” (pregonero) y tenía lugar a las 12 horas en la sala capitular; era una subasta inversa, es decir, el Ayuntamiento señalaba un precio de partida y los candidatos iban bajándolo hasta que se detenía la puja porque, de seguir disminuyendo el precio, el ganador de la subasta no obtendría beneficio, o este sería muy escaso. Acudían carpinteros veratenses y comarcales para optar a la adjudicación. La de 1873 fue otorgada a Francisco de Paula Segura Silvente, por un importe de 195 pesetas. El adjudicatario se responsabilizaba durante cuatro años de su construcción e iluminación los días del Corpus. Los aspirantes no debían ver claras posibilidades de obtener beneficios porque el otro altar monumental, del que existe documentación catalogada, construido en 1877, no fue subastado. El trabajo se adjudicó mediante la presentación de presupuesto, al no presentarse postores. El Concejo rechaza el presentado por Nicolás Caparrós García al estimar que los 2.000 reales en los que valoró su trabajo eran excesivos, otorgando la construcción a José Antonio García Rodríguez, quien la aceptó “siempre que el Ayuntamiento se lo adjudique por cuatro años, el corriente por ochocientos reales y los tres restantes en mil cuatrocientos cada uno”. Se incluyó una cláusula en el contrato que permitía prolongar los cuatro años en caso de que en ese plazo “por cualquier circunstancia dejase de celebrarse esta función”. Esa eventualidad se produce, por lo que en junio de 1878 el alcalde, Francisco Canga Argüelles, accede a prolongar un año más el plazo estipulado al estar la plaza “obstruida con motivo de los materiales acopiados en la misma para las obras de la casa Ayuntamiento”, que se estaba construyendo, y que hoy podemos ver en nuestra plaza Mayor.
En 1899 queda de manifiesto el interés permanente y el arraigo de la tradición de esta fiesta del calendario religioso al intervenir en ella el concejal José Antonio García Rodríguez para hacer mención de que por ser el “día del Santísimo Corpus Christie, debía celebrarse los festejos que son de costumbre, asistiendo la Corporación a la procesión e invitando a las autoridades, para dar la mayor solemnidad posible”.
La tradición se mantiene en nuestras calles, donde podemos ver altares para recibir y acoger al Santísimo Sacramento en su recorrido procesional. Evito citar todos por temor a la omisión involuntaria de alguno de ellos; pero muchos recordamos los levantados en las calles Mayor, José Gómez, Isabel la Católica… por mencionar solo los primeros del itinerario. Llegados a este punto, no podemos olvidar a tantas personas que dejaron muestras de su arte en la elaboración y decoración de ellos y que, como en el caso de los altares, y con la seguridad de que continúan en la memoria de todos, me abstendré de nombrar, para no caer en el grave pecado del olvido de alguna de ellas.
Hoy, con la ya mencionada modificación de la fecha de su celebración en 1990 al domingo siguiente del día de la Santísima Trinidad, que coincidió el primer año con el 17 de junio, solo algunas ciudades con gran tradición en esta fiesta Eucarística como Toledo, Sevilla, Granada… mantienen el jueves marcado en su calendario como día grande. Sin embargo, aunque en nuestra ciudad también se desplazó su fecha secular, desde el 15 de junio de 2006, partiendo de la ermita de San Ramón, se celebra, con la colaboración de los vecinos, que realizan elaborados altares, lo que ya es conocido como el “Corpus Chico”, que recorre parte del nazareno “barrio de Jesús”.
Para engrandecer la festividad y mantener en Vera la tradición de casi cinco siglos, la Real Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno se esfuerza por ser un rescoldo de aquel “jueves que relucía más que el sol”. Cada año el Corpus Christi hace su recorrido devocional por la plaza de San Ramón y las calles San Sebastián, Mayor y la Plata. No se puede celebrar en mejor escenario el “Corpus Chico”, un itinerario trazado sobre el popular “Barrio de Jesús”, figura central del Sacramento que se conmemora, con principio y fin en la ermita de San Ramón Nonato, quien sintió infinita devoción por la Eucaristía, de ahí que, además de la palma del martirio sea representado con una custodia en su mano derecha.
Gabriel Flores Garrido.




