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Una torta de manteca. Perdone que me sorprenda, pero hasta viniendo de un juglar de corte este encargo me resultó ridículo. He recitado cantares de gesta, actuado en grandes banquetes y tocado el laúd para una audiencia tan multitudinaria como la población de una metrópolis. Entienda pues, que cuando me fue encargado entregar una torta de manteca al hermano del rey, se me saltaron los ojos de las cuencas. Me separaban diez leguas de escabrosos terrenos, desiertos, largas cordilleras y valles infestados de lobos, y mis piernas eran más parecidas a dos palos de escoba que a dos troncos de pino. ¿Cómo demonios se le ocurre al rey encomendarme a mí, Alwin, de apellido Montesco y con una voz privilegiada la tarea de entregar una maldita torta de manteca para enmendar una disputa familiar?
Total, que acepté, porque me faltaban agallas pero más falta me hacía el dinero. Además, si hubiera rehusado su oferta me hubiera colgado del cuello… y valoro mucho mi cuello, mi señor.
Mi viaje comenzó en burro (en caso de que fracasara, preferían perder un burro antes que un caballo) por un sendero desdibujado entre la maleza. Babieca (así lo llamé, pues aunque le faltaba mucho para ser un legendario corcel, el pobre hacía todo lo que podía) cargaba un saco de hogazas de pan sobre su lomo y un pequeño saquito de tela con una única y triste torta de manteca. El desgraciado rebuznaba como si exigiera más mercancía, pues entre mi peso y el de los víveres no sumaríamos más de cinco arrobas. Babieca trotaba con aire despreocupado; no le importaba parecer tan torpe como un cerdo recién despertado. Intenté llegar en un día a mi destino, pero claro, por aquel entonces no sabía que los cálculos del rey eran más imprecisos que la predicción de los diluvios, así que pronto me cercioré de que no llevaba ni la mitad del trayecto.
Al segundo día me quedé sin pan, y al tercero sin aliento. El sendero, desprovisto de árboles o cualquier otro techo que pudiera hacer sombra, era tan largo que creí haber dado la vuelta en un despiste. Si Dios hubiera bajado del cielo para encontrarse conmigo, habría perdido la fe en sí mismo tras comprobar mi aspecto macilento. Tres días, ¡tres días habían bastado para que yo, Alwin, de apellido Montesco y con una voz privilegiada sintiera que el viento me llevaría consigo con una de sus ráfagas!
Y entonces, me encontré con esa casa.
Allí conocí a Matilda, de sinuosas caderas, anchos mofletes y unos ojos azulados que me recordaron a las gemas que mi amo llevaba incrustadas en su bastón. Me sirvió una sopa de verduras, y a Babieca unos trozos de pan duro (yo prefería el pan, pero no quise ser descortés). Después, me quedé durmiendo bajo su amparo; por un día lo hice, pues cuando desperté creí que el tiempo no había avanzado. Lo que comenzó como una afortunada casualidad pronto se convirtió en un hermoso amorío que devolvió el color a mis carnes. Me enamoré de Matilda, de su pelo y del silbido que soltaba al pronunciar la s. ¡Mal día aquel en el que recordé mi cometido! Con pesar en el corazón y un sabor amargo en los labios, me despedí de ella y retomé mi camino por los senderos desiertos.
Pronto después alcancé las montañas. Babieca empezó a quejarse de subir tantas cuestas. Creo que se había puesto gordo durante mi estancia con Matilda, pues de tanto pan cabían ahora dos personas sobre su lomo. Me topé con un buhonero que cargaba un saco en la espalda y daba círculos sobre sí mismo. Pensé en pasar de largo, pero hacía frío y tenía hambre, así que le entregué a Babieca a cambio de sus provisiones. Las montañas no son lugar para un burro, y mucho menos para un viejo mercader. Me dio pena advertir que ese desgraciado puso a dar vueltas a mi corcel hasta que este cayó sobre sus patas traseras.
Agradecí deshacerme de él en cuanto escuché los primeros aullidos. Esos violentos se habrían dado un festín con Babieca. Pasé más noches en vela que un campanero un día de tormenta. Perdí un dedo, me creció la barba, confronté a un ganso, luego a un tejón y luego a todo un enjambre de abejas, me quedé dormido en una rama y desperté con un brazo roto, cabalgué sin caballo, reí sin gracia y lloré sin pena, adopté un gorrión y lo llamé Babieca (por aquel entonces no distinguía a un caballo de un pájaro), y más tarde unos campesinos me adoptaron a mí, engordé como un cerdo y hui con su despensa sobre mis hombros…
—¿Y la torta de manteca? —me preguntó el hermano del rey.
«Oh, claro, la torta», pensé.
—Pues… no la tengo, mi señor.
—¡¿Cómo que no la tiene?! —bramó aquel hombre con la ira de un perro rabioso.
Medité la respuesta, aunque ya la conociera.
—¡Pero conozco la receta, mi señor! —exclamé.
—¿De la torta?
—¡No! —grité, abriendo los brazos—. ¡De la vida, mi señor! En mi viaje, en esta aventura… ¡He conocido la receta para una vida feliz!
El hermano del rey, que ronroneaba como un gato pero chillaba como un zorro, frunció el ceño hasta que se tocaron sus cejas.
—¡Llamen al verdugo! —ordenó, y sus hombres obedecieron como un rebaño a su pastor.
Y así termino mi historia. Yo, Alwin, de apellido Montesco y con una voz privilegiada, perdí mi bien más preciado a manos del hermano del rey: mi cuello. Y no me arrepiento. Disfrutaba contando historias, bailando para mi amo y haciendo reír con mis chistes; pero vivir esas aventuras en mi propia piel me hizo sentir que, igual que Babieca era para mí un hermoso corcel, yo me había convertido en un valiente caballero. Mi mente estaba en paz, y mi corazón tan solo anhelaba que la espada no se atascara al cercenarme la cabeza.
Menos mal que disfruté de esa deliciosa torta de manteca en compañía de mi dulce Matilda…
