(1925 – 1976) Ejerció su ministerio en Vera en las décadas 60 y 70.

¡Una frustrada esperanza
por un roto corazón de oro!

Yo conocí al padre Haro
en mis años de retoño
con su fruto en plenitud
como trojes en otoño.
Y hoy, desde la perspectiva
del tiempo que ajusta todo,
a su paternal figura
la columbro con mis ojos
como un humilde fanal
que iluminó nuestros rostros,
en la inocente penumbra,
cuando los años son pocos.
Una despejada mente
en hombre con pies de plomo,
un santo en carne mortal
y un ejemplo de decoro.
Su milicia, la piedad.
La caridad, su tesoro.
¡Con qué calma nos trataba
siempre tan cabal con todos!
Su luminosa sonrisa,
tal como la flor de loto
en ese rostro sereno,
despejado como agosto,
y su estar tan elegante,
atemperaban los modos
de unos imberbes inquietos
traviesos como demonios.

Diego Ramírez Soler

por lsolerma

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