LA PESTE DE MARSELLA. CONFERENCIA DE LUIS ARTERO

Conferencia de Luis Artero (Antas).

LA PESTE DE MARSELLA Y SU REPERCUSIÓN EN LAS TIERRAS DE VERA (1720-1725)

Luis Artero

El 9 de julio la plaga ya se había desencadenado y extendido por toda la región. Para evitar sus consecuencias, el presidente de la Chancillería de Granada de la que dependían las tierras de Vera prohibió el 15 de agosto de 1720 el comercio a las embarcaciones con patente de Marsella, y el rey promulgó en septiembre una carta “para que se hagan rogativas a Dios implorando el patrocinio de María, madre de Todos los Santos, y de san Miguel, san Sebastián y san Roque”, santos que protegen de las calamidades. Vera acordó que el domingo 22 de septiembre se hiciera una procesión.

No obstante, para ‘ayudar’ al de arriba, también se ordenaron otras medidas.

A finales de septiembre se pusieron guardias en la entrada de la ciudad de Vera en las que se turnaban los vecinos de 24 en 24 horas.

En octubre se acordó que los capitanes de los barcos de la pesquera, llamados ‘arraeces’, impidieran entrar embarcaciones, y que se estableciera un cordón sanitario entre la marina de Jaravía, en Pulpí, y el río Alías en San Andrés de la Carbonera, en Carboneras.

El cordón de la marina, en un principio se realizaba con guardias que vigilaban la costa y personas civiles locales. Participaban 15 hombres permanentes y 4 atajadores (exploradores a caballo), así como 12 guardias día y noche. Continuamente. En las desembocaduras, caletas y sitios sospechosos se ponían 2 ó 3 guardias juntos. Una particularidad consistía en que las personas que debían guardar la costa no podían ser del mismo lugar.

El objetivo consistía en cerrar todas las fronteras con Francia, y el mar lo era. A tal fin, además de los efectivos señalados, pagados por la corona, se añadieron, con cargo a los habitantes de la zona, 9 hombres en la marina de Jaravía, de los que tres se situaron en el mojón de Mahoma y Santiago, otros 3 en Cala Reona y los 3 restantes 2 en la torre de San Juan de los Terreros.

En las playas de Vera se situaron 6 hombres y 6 caballos de los que 3 vigilaban desde el Cabezo de la Pelea y 3 en el castillo de la Garrucha. Las caballerías recorrían toda la costa desde la Punta de los Hornicos hasta La Garrucha.

El litoral de Mojácar se guarecía con 6 hombres y 4 caballos. 3 vigilantes se situaban en la boca del río Aguas y 3 en la Punta del Cantal. Los jinetes patrullaban por toda la playa.

Por otra parte, desde la Punta del Cantal hasta el río Alías, en Carboneras, 3 hombres se situaban en la Torre del Peñón del Pirulico, otros 3 en la Estancia de la Granatilla (actual Rambla de Sopalmo) y 3 más en la torre de la Carbonera en la boca del río Alías. A cada uno de estos vecinos se les pagaba 2,50 reales diariamente.

Para recorrer los puestos de guardia nombraron 2 caballeros regidores, uno para la marina de Jaravía y otro para la playa de la ciudad de Vera. Recorrían cada uno su distrito de noche para reconocer que los guardias y los centinelas cumplían con su obligación.

El capitán de la guarnición era don Antonio Urrutia, un personaje nefasto que impuso a las 14 barcas que faenaban en la zona el pago a su persona de 400 reales, además del pescado necesario para la manutención de las tropas, si querían seguir pescando, además de prohibirles pescaran de noche.

REGIMIENTOS REALES

Pero el 9 de mayo de 1721 se produjo un salto cualitativo y cuantitativo con la incorporación de soldados profesionales a la defensa del cinturón sanitario de la marina de la comarca.

El primer regimiento que vino a las tierras de Vera fue el de Infantería de Córcega y piden que se prepare su alojamiento y utensilios. Era obligación de la ciudad proporcionarle alojamiento. Los vecinos debían dar cama y cubiertos a los soldados a cambio de 4 reales para el aseo y limpieza, además de 8 por cada cama reales.

En total, la manutención del regimiento salía a los vecinos por 1355,15 reales al mes, a los que era preciso añadir aceite, vinagre, sal, cuarterones de tabaco y leña. El total importaba 1421,20 reales.

El 19 de enero de 1722 hubo problemas, ya que no era posible proveer de camas al cuartel por la pobreza de los vecinos y por el gran número que había exentos.

A partir de entonces se multiplicaron las dificultades de abastecimiento. En marzo, el comandante del 2º batallón prohibió la pesca de noche y dejó de entrar trigo, porque los arrieros lo compraban en Baza, Guadix, Granada y Murcia a cambio de pescado.

El 9 de julio de 1723 se recibió la orden de levantar el cordón de la marina y se restableció el comercio con Francia una vez superada la peste de Marsella.

Fue un año de escasez tremenda. Se acordó dar 3000 reales a los arrieros para buscar trigo y cebada ante la falta de suministro para hacer pan. Las tropas del regimiento no dejaban pasar las cargas de harina, y en 2 ocasiones se las llevaron violentamente.

El alcalde mayor pidió explicaciones al brigadier, quien le respondió que la tropa tenía falta de pan, y lo más que podía hacer era tomar la mitad y dejar el resto para la ciudad.

Poco a poco se fue recuperando la normalidad, ya que se acabaron por marchar las tropas que custodiaban el cordón de la marina.

El dispositivo funcionó. No entró a las tierras de Vera ninguna embarcación procedente de Marsella. No hubo ninguna víctima a causa de la peste, pero sí graves perjuicios económicos, sociales y políticos.

CÁRCEL PARA LOS REGIDORES MOROSOS

Ante el lamentable estado que presentaban los castillos de Mojácar y Garrucha, el capitán del regimiento ordenó repararlos.

Para financiar las obras apeló a la llamada renta del tigual, un impuesto finalista que gravaba la pesca y las mercancías que entraban por mar concedido a las ciudades de Málaga y Vera por los Reyes Católicos para invertir en la rehabilitación de murallas, torres y otros elementos de defensa de la costa.

Vera no entregaba el impuesto recaudado desde hacía 120 años y, para cobrarlo la ciudad entregó a 2 regidores presos como garantía. Sin duda eran otros tiempos.

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