Retorno de la lluvia en otras lluvias

“El campo llora trenes”

Greguerías,

Ramón Gómez de la Serna.

“Poblado estoy de muchas azoteas”

Retornos de lo vivo lejano,

Rafael Alberti.

Como llueve y el otoño ha regresado en medio de Abril , como una visita molesta a la que la tía Emilia hubiera puesto la escoba detrás de la puerta, y este año parece que Noviembre fuera a abrirse paso al calor de Julio saltándose la alegría de la primavera, el cantar sutil del agua fina , mezclado con los fados que en mi oído van pisando con una suavidad aún mayor los empedrados de otras ciudades ya apenas recordadas, la lluvia , la tierna lluvia de Abril, me lleva muy lejos de aquí, a nuestra casa, a nuestro jardín en un país que pasaba – como este Abril – del gris al verde en un susurro , y me encuentro en la ventana de bahía, la que se adentraba con su proa de cristal en las hortensias del jardín delantero , esa ventana desde la que Ciro y yo, enmarcados por las cortinas granates y los samovares y las teteras de alpaca , mirábamos pasar la vida; me encuentro en cualquier tarde lluviosa de New Malden, cuando Darius, pequeño, muy pequeño, con su impermeable sobre los rizos negros, y las botas de agua, salía a jugar en el jardín, a ver las ranas de la charca o a refugiarse en la casita de troncos que tú le habías construido, y doy un paso más , y hago el camino inverso al que tantas veces hacía allí, los días en que el rozar del viento por las hojas de los sauces llorones me traía, si cerraba los ojos, ese rumor de palmeras que se funden y se confunden con olas, o cuando en las mañanas de algún día soleado de verano, de esos que allí se atesoran en la memoria ,no me rodeaba al salir al jardín el canto de chicharras y el zumbido de abejas. Hago el camino inverso al que allí me inspiraban tanto el sol del verano como la ausencia de él, tanto su presencia, a menudo breve y casi siempre inesperada, como su ausencia cómplice y constante.

En los días de lluvia de New Malden, tras las ventanas donde las gotas de agua trazaban recorridos como de vías de tren que iban entrecortándose y uniéndose en telas de araña, y que a mí me recordaban invariablemente, sobre todo cuando las veía pasar desde la ventanilla de un tren, aquella greguería – “El campo llora trenes”- en esos días, me sentaba a mirar los mapas trazados en la ventana como quien mira las siluetas cambiantes del fuego, y la ventana, sí, lloraba caminos y rieles que se cruzaban y pasaban sin detenerse por mis recuerdos de otros días soleados, llorando ,en cambio , mi añoranza de la lluvia de Noviembre por los tejados de mi barrio en Madrid, o de la lluvia de Septiembre en Vera, desde la terraza cubierta de la Cueva, lavando en cascadas los naranjos y las parras, despertando la palidez plateada de los olivos, sacando brillo al verde aguamarina de las pitas ; me sentaba, y la ventana y yo llorábamos por otros soles y por otras lluvias.

Y como exiliada voluntaria, siguiendo tu destino de exiliado un poco menos voluntario a aquella isla – tan gris a veces y siempre tan verde – me consolaba con palabras de los poetas del destierro , me consolaba, en especial con Alberti, con sus Retornos de lo vivo lejano, en los que ya los títulos de los poemas me llevaban, me traían, al cortijo de mi abuela con las puertas enmarcadas de azulete, con sus balcones abriéndose a los bancales de limoneros detrás del seto de las azulinas. “Poblado estoy de muchas azoteas” leía , y añoraba la solana vieja donde mi abuela recitaba las letanías del rosario en horas de siesta que se nos hacían interminables, “sobre la mar se tienden las más blancas / dispuestas a zarpar al sol llevando / como velas las sábanas tendidas “ y entonces era la solana nueva, y eran las sábanas tendidas al viento que no sería tan distinto del sol y el viento de la Cádiz de Alberti, y era la terraza de la casa de la playa en el Zapillo, en Almería y los terrados donde subíamos a merendar con las primas mayores bollitos de naranja, donde nos hacían fotos vestidas de gitana entre cacharros de cobre – a nosotras, las primas de Madrid – donde nos escapábamos a ver los fuegos artificiales en las noches de feria: Eran todas las azoteas, terrazas, terrados y solanas de mi infancia las que, conjuradas por Alberti, en medio de la lluvia, retornaban a mí.

Isabel Cuadrado Tonkin

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