EVOCACIONES A MIS QUERIDOS MAESTROS

Varios, entre los numerosos artículos que he publicado, hacen referencia a la enseñanza y, sobre todo, al colegio donde ejercí durante casi cuatro décadas mi actividad profesional: el C.P. “Reyes Católicos” de Vera (Almería); pero, inexplicable e incomprensiblemente, ninguno de ellos dedicado a mis ilustres maestros. Por eso, creo que es de justicia que éste que escribo, con profundo respeto y grata admiración, sea dedicado a ellos por su buen hacer, por la impronta que dejaron, y por el legado que transmitieron tras su periodo de docencia, es decir, la cultura en su vasto y amplio término. Ya no se encuentran con nosotros; pero sí en mi recuerdo. Me estoy refiriendo a Dª Isabel García Ruiz, D. Juan Miguel Núñez Martínez, D. Francisco Caparrós González y mi querido padre, D. Pedro Morales Cervantes, que mucho me enseñaron y de quienes tanto aprendí.

En relación a Dª Isabel García Ruíz, mi hermana Mari Carmen, con la publicación de su artículo “Escenas de Colegio” en el blog del 50 aniversario del C.P. “Reyes Católicos”, evocaba, con perfección milimétrica, su propio recuerdo, que, ocho años antes, era el mismo mío: “Mi infancia son recuerdos de una escuela a la que, a principios de los años sesenta, asistíamos, ilusionados y felices niños y niñas a aprender las primeras letras que nos enseñaba doña Isabel García, maestra de párvulos, inolvidable por querida. La escuela era una amplia y larga habitación dentro de su propia casa, sita en calle del Mar, a escasos cien metros de la mía. Después de formar fila en la acera, nos acomodábamos en cada una de las seis u ocho sillas que rodeaban las cinco o seis mesas de aquella aula tan peculiar si la comparábamos con las de la actualidad. Por cada una de ésas, íbamos pasando según avanzábamos en conocimientos y destrezas. Después de tres años de la rigurosa y, sin embargo, cercana educación de doña Isabel, conseguido el objetivo de llegar a la mesa de los mayores, junto a la que quedaba al lado de la ventana- lo que suponía, real y metafóricamente hablando, la salida a otra parcela de mayor conocimiento-, me llegó el momento, pues ya estaba preparada para pasar al Grupo Escolar Reyes Católicos…” Añadir a esto que el libro de la lectura era “El Catón” y, con prontitud, nos familiarizamos con las letras y números, es decir, hacíamos nuestros primeros “pinitos” con muestras, sumas y restas. Dª Isabel fue una excelente y brillante parvulista.

Acabada esta etapa de la enseñanza, si mal no recuerdo, sentado en el asiento trasero de la bicicleta de mi padre, por caminos empedrados y “contra viento y marea”, día tras día durante dos años, nos desplazábamos hacia su lugar de trabajo: Las Cunas, de Cuevas del Almanzora. Más tarde, el medio de transporte fue una “mobilette” y tras ella una “guzzi”. Recuerdo a la perfección su escuela de propiedad. Era ésta una vieja habitación rectangular adosada a una casa con techo azulado y colañas de madera. El suelo, elaborado con materiales de la época -cal y arena -, irregular y sin losas. Al entrar a la escuela, a la izquierda, la vieja mesa de mi padre. Detrás de ella, en la pared: el crucifijo, la foto de Franco y José Antonio, y la imagen de la Inmaculada Concepción. Enfrente, una única ventana con insuficiente iluminación. Las mesas, bipersonales, eran ocupadas por un alumnado heterogéneo, es decir, de edades distintas y diferentes conocimientos. El lugar de recreo, una era donde se trillaba y, al otro lado de la carretera, la escuela de niñas regentada por una maestra. Entonces, la coeducación era algo inimaginable, una utopía.

Desde estas líneas, papá, mi profundo cariño y amor por todo cuanto me enseñaste y mi agradecimiento por tu extremado celo, cuidado y preocupación por tu familia. ¡Fuiste un ejemplar padre y un extraordinario maestro!

Pasan dos cursos y otros dos grandes maestros se preocupan de mi aprendizaje: D. Juan Miguel Núñez Martínez y D. Francisco Caparrós González. El primero, con su escuela en la encrucijada calle Mayor e Hileros y, el segundo, en el Pósito y carretera Almería.

La clase de D. Juan Miguel, cuadrangular y con una dependencia anexa a la misma, estaba provista de una mesa de profesor junto a la pizarra oscilatoria de color verde. No era negra como la de mi padre. Sus bancas, también bipersonales, con agujeros para depositar el tintero. Algún que otro mapa de cartón colgaba por las paredes. Al fondo de la clase, frente a la entrada por calle Hileros, un largo armario de madera y acristalado con material escolar.

Al aula de D. Paco, primeramente en el Pósito, había que entrar subiendo unas escaleras para, después, a la izquierda, encontrarse con ella, ya que D. Narciso, otro profesor de la época, tenía la suya a la derecha. Tras el derrumbe del Pósito, lugar donde se encontraba el mercado de abastos, D. Paco trasladó su escuela a la carretera Almería. Esta escuela, recuerdo, era espaciosa y con otra dependencia anexa. Estaba provista de mobiliario similar a las ya nombradas.

Descritas las aulas, los estereotipos propios de la Vieja Escuela, la de los años cincuenta, eran: la enciclopedia Álvarez, la bancada ya expresada, el tintero y plumín, el libro de rotación del alumno supervisado por la Inspección, las fotos e imágenes anteriormente nombradas, los mapas de cartón, el lápiz, la goma, tinta china roja y negra, el puntero del profesor, el encerado negro, la regla, escuadra y cartabón, así como el reparto de leche en polvo y queso americano enlatado, gracias a la ayuda prestada por organizaciones como Unicef, a fin de paliar la hambruna existente como consecuencia de nuestra contienda civil y aislamiento ante el exterior.

Las materias que mis maestros consideraban más importantes de la enciclopedia Álvarez eran Lenguaje, Matemáticas, Geografía e Historia, considerando ellos que estas disciplinas eran algo nuestro y, su aprendizaje, predominantemente memorístico, mucho contribuyó a esa clase de enseñanza. Hoy refrescamos nuestro memoria de cosas que aún rememoramos, reflejo de lo retenido desde edades tempranas.

Por último, me complace decir que las personas nombradas, mis maestros, fueron magníficos enseñantes que se distinguieron por su buen hacer en aras al servicio de la educación. Su impronta como docentes aún pervive en el recuerdo de generaciones posteriores y, desde estas líneas, mi evocación y profunda admiración a todos ellos por su diligente contribución y entrega al servicio de la docencia y de la cultura.

Diego Morales Carmona
Diego Morales Carmona

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