EL MODESTO HOMENAJE DEL RECUERDO

La vida, alguna que otra vez, nos depara sorpresas que no esperas y si éstas son afectivas y avivan el recuerdo del cariño a los seres queridos, mejor que mejor. Tal es el caso de la evocación que mi amigo Gabriel Flores Garrido hace de mi finado padre, D. Pedro Morales Cervantes, en el artículo que a continuación se expone y, a la vez, publicado en el blog del 50 aniversario del colegio público “Reyes Católicos” de Vera (Almería). Gabriel, con brillantez y excelente expresión literaria, además de espontaneidad, plasma en él palabras que solo brotan de su corazón. Su recuerdo a quien fue su maestro nos da una idea del afecto, cariño y admiración que, como alumno, le profesaba.

Sirva esta breve introducción para expresarle en nombre de mi familia y mío propio nuestro sincero agradecimiento.

EL MODESTO HOMENAJE DEL RECUERDO”

No he llegado a ser alumno del colegio Reyes Católicos, mi formación pre-bachiller es anterior, y bien que lo lamento. En primer lugar por una mera cuestión de edad. De haberlo sido hoy sería más joven. Debo añadir a esa primera razón la sana envidia de no ser protagonista de ese medio siglo de esta institución, amén de otros motivos que sería prolijo enumerar. Sin embargo, debo agradecer a Miguel, mi hijo, el haber sido partícipe durante 6 años de la historia de este centro, ya que en ese período de tiempo formé parte del Consejo Escolar.

Por lo antes apuntado, quizás no sea yo persona adecuada para escribir sobre “el Reyes”, ya que nunca lo pisé como alumno.

Mis primeros avances académicos se forjaron con Don Pedro Morales en una vieja escuela situada en la esquina de la placeta del Berro con la calle del Sol. El patio del recreo era la misma plaza, y el aula, poco más que un pasillo, al que se accedía por medio de dos escalones desvencijados y descendentes a unos pupitres aún más destartalados, con paredes encaladas y generosos desconchados que nosotros con las uñas nos ocupábamos de agrandar.

El material docente estaba compuesto por un mapa amarillento y cuarteado por el tiempo y una pizarra en la que escribir era un laborioso éxito que D. Pedro conseguía con maestría, que para eso lo era.

Si tenemos en cuenta que el alumnado lo componíamos pequeños cafres, sin más horizonte que el día en que vivíamos y empolvados de tierra hasta las pestañas, lo único impoluto y con dignidad en aquella escuela era D. Pedro, que enfundado en su traje y con su infalible corbata, se dejaba la piel en sacarnos punta pese a que nuestro escaso interés por aprender era inversamente proporcional al suyo por enseñarnos.

Era Don Pedro maestro culto, comprensivo, empapado en sabiduría y respetuoso con los alumnos pese a nuestros pocos merecimientos. Bastaba una mirada con sus ojos chispeantes para que entendiéramos que el Maestro no estaba muy conforme con nuestro comportamiento o nuestra aptitud académica. A veces, los ojos pronuncian palabras que los labios callan, pero, a pesar de nuestra menguada edad, nosotros sabíamos interpretar aquellas miradas de forma inmediata.

Cuando abría la escuela, nos agolpábamos a su alrededor gritando y empujando. Pese a los años transcurridos sigo sin entender por qué lo hacíamos, porque si prisa teníamos por entrar, más teníamos por salir; ya que, al poco de sentarnos, sentíamos el mismo deseo pero en sentido inverso y lo que anhelábamos era retomar el juego en la placeta. En ese momento de algarabía por entrar, Don Pedro dejaba de girar la llave, se volvía hacia nosotros y ahí acababan nuestras algaradas y reivindicaciones. Ahora, en la lejanía que nos marca el tiempo, creo que jugaba con ventaja; su traje y su porte serio le ayudaban a hacerse con nosotros.

Hombre justo y preocupado por sus alumnos. Recuerdo ya cercano el examen de ingreso para acceder al Instituto, las clases en la planta alta de su casa; allí “echó el resto”. Durante los días previos al examen trataba de inculcarnos nuevos conocimientos y de afianzar los que ya teníamos. Para desespero suyo, cada vez que cometíamos un error era como un latigazo a su ánimo.

Alguien dijo: “Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro”. Si esta frase la hubiera dicho Don Pedro, creo que habría salido perdiendo, porque él era un hombre realmente sabio y así lo veíamos desde nuestra pequeña estatura de entonces y desde nuestros muchos años de ahora. En él, expresiones triviales como “archivo viviente” o “biblioteca andante” dejaban de serlo y perdían la condición de tópico para convertirse en una realidad constatable.

Sirvan estas líneas, escritas desde el cariño, como modesto homenaje a un hombre, a un maestro, que dedicó su vida a transmitir con generoso esfuerzo todos sus conocimientos y valores.

Gracias, don Pedro.

Gabriel Flores Garrido.

Diego Morales
Diego Morales Carmona.

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