PREGÓN SEMANA SANTA 2014

INTRODUCCIÓN Y DEDICATORIA PREGÓN SEMANA SANTA 2014

Muchas gracias, Isabel, no solo por estas cariñosas palabras con que me presentas, sino también por las que me dirigiste por teléfono dos días después de esta designación. Me dijiste que entendías mis nervios porque es cierto que con mucha responsabilidad hay que asumir esta tarea, pero también me diste ánimos y me recordaste que es un ejercicio hermoso, que lo disfrutara. Las mismas palabras que también me han dicho otros pregoneros familiares y amigos.

Aquí estoy, nerviosa, como una niña que fuera a hacer su primera confesión y comunión, y emocionada entre estas emblemáticas y bellas imágenes de tan sublime significado, a las que se suma este año una nueva que añade un punto especial para mí.

Me refiero a María Santísima de la Fe, Reina de la familia cristiana, a quien mientras hacía este pregón también he implorado para que aumente mi fe y me ayude a saber transmitirla cada día a los demás.

Pero antes de iniciar mi pregón, me vais a permitir que se lo dedique a aquellas personas a las que, segura estoy, les hubiera gustado conocer el contenido de lo que esta noche vengo a proclamar. Porque a mí también me reconforta el que ellos estén presentes los traigo a mi memoria, antes de comenzar, para sentirlos más cerca todavía.

A vosotros, Padre, Suegro, Prima, Familiares todos, DonMa. Porque sé que cada uno sabréis acogerlo con cariño y devolvérmelo.

Reverendo Sr. Cura Párroco; Ilmo. Sr. Alcalde; Sra. Representante de la Agrupación de Hermandades y Cofradías, y Hermanos Mayores; familiares presentes y aquellos que ya en el cielo seguís viviendo en mi corazón; amigos y vecinos; hermanos todos en Cristo, muy buenas noches.

Si bien no es la primera vez que subo a una tribuna, qué lejos estaba yo de imaginar que la llamada de don Carlos, el martes 18 de febrero, iba a ser para invitarme, en nombre de la Junta de Hermandades y Cofradías, a ocupar esta por la que han pasado tan grandes cristianos pregoneros.

Mis primeras palabras (realmente no sé si las dije en voz alta -al menos son las que pensé producto de los nervios que se anudaron en mi estómago-) fueron “¡Señor mío y Dios mío!”. Pero, a pesar de la duda, acepté esta invitación. Dije sí porque pensé que posiblemente Dios me estaba sometiendo a prueba, una más, para afianzar mi fe. Así, como Tomás, me aferré de nuevo al Señor para que, en esta tarea que me encomendaba, me fortaleciera, me guiara y me concediera desde su amor infinito el modo de comunicar con Él, con vosotros, y poder pregonar este acto de amor y entrega, este canto de VIDA, que es la Semana Santa.

Porque es esta una misión de mucha responsabilidad y compromiso, os pido comprensión si este pregón no alcanza el lirismo o didactismo de otros; no sin antes mostrar mi agradecimiento a don Carlos y a la Agrupación de Hermandades y Cofradías por depositar su confianza en mí; a todos vosotros, por vuestra compañía; y, por supuesto, a Dios, por haberme puesto en el camino a tantas personas que me han ayudado a lo largo de mi vida a mantener, aunque a veces con ciertas sombras, viva mi fe.

Primero fueron mis padres quienes me educaron en ella; después, a través de mi marido y, con él, mis suegros, conocí el sentir solidario de lo que era una hermandad; luego llegaron mis hijos y, precisamente, de sus infantiles manos, y de las que me tendieran al mismo tiempo Juani Gallardo y don Manuel Pozo para formar parte del Equipo de Liturgia, me acerqué de nuevo a la iglesia, después de un tiempo en el que anduve perdida. Gracias a todos también.

Retomaría aquí un camino de fe, ya desde la madurez, y desde la razón. Y vendrían después otros párrocos y otros compañeros de camino. A todos doy las gracias, especialmente a don Manuel Menchón, por todo lo que de él aprendí y por la amistad que me brindó, y, con él, a los amigos que hice en el viaje de peregrinación a Tierra Santa, porque ensancharon mi corazón de tal manera que desde entonces me propuse perder el pudor que suele ir ligado a la manifestación de los sentimientos.

En esa tarea estoy, y precisamente hoy tengo la oportunidad de venir con mi corazón por delante, ante vosotros. Pero para llegar hasta aquí he necesitado primero pensar en soledad y silencio, he tenido que hablar conmigo a solas para poder hablarle a Dios, he buscado la verdad releyendo la Biblia e informándome de otros documentos, he respetado la tradición, y he revivido acontecimientos de mi infancia, de mis viajes peregrinos, de mi quehacer diario tanto en mi vida familiar, como profesional, como miembro, en definitiva, de esta comunidad cristiana, para encontrar qué palabras podría hilvanar que sean las justas y precisas, las exactas. Espero que en esta ocasión, ayudadas por el impulso del corazón, las palabras puedan fluir en este pregón con que abrimos las puertas de la Semana Santa. Una Semana en la que rezamos, admiramos, soñamos, vivimos, esperamos, nos sentimos parte de un mismo pueblo que en estos días inicia un viaje compartido y solidario, una peregrinación que hará que nos sintamos pueblo “elegido”.

Ese viaje comienza en nuestra niñez, porque es en esa etapa de la vida cuando las vivencias se hacen más profundas y despiertan los sentidos y el espíritu. Afirmó Antonio Machado que “no hay nada verdaderamente importante en la vida que no pueda o deba explicarse a un niño. Basta con encontrar el lenguaje apropiado”.

Así es como nuestros padres nos inculcan una pasión que nunca nos abandona. Sí, porque ni siquiera cuando la rebeldía juvenil nos aleja de las bases de la familia, podemos desasirnos totalmente de nuestra educación, que, sin duda alguna, de nuevo resurgirá. Y yo, como todos, fui educada en la Pasión y me complace “soñarla” y seguir viviéndola.

Agranda la puerta… Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido, a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad; vuélveme a la edad aquella en que vivir es soñar.

(M. Unamuno)

VIDA – SUEÑO – PASIÓN – MUERTE – RESURRECCIÓN – VIDA

Os invito a SOÑAR conmigo LA PASIÓN-MUERTE Y RESURRECCIÓN:

Mis sueños se remontan a esos días de mi infancia cuando con la llegada de la primavera, a través de las ventanas ya abiertas, entraban la brillante luz del día y el aroma intenso de azahar que emanaba el jardín de la Verja. Mi madre me vestía con ropa nueva, que ella misma cosía, para los días especiales que llegaban. Me recuerdo con un vestido blanco bordado con guirnaldas de flores, y con unas trenzas morenas rematadas en lazos también blancos. Todo preparado ya para vivir con alegría el acontecimiento del DOMINGO DE RAMOS, puerta de la Semana Santa.

Las campanas tocaban con sus repiques a fiesta anunciadora de la triunfal entrada de Jesús en Jerusalén cuando este rey montaba tan solo un borrico: “Bendito es el que viene en el nombre del Señor”. Y desde nuestra Plaza Mayor en procesión nos identificábamos con las personas, que a lo largo del camino, con palmas y ramos de olivo, se unieron a Jesús. Escuchábamos en misa el relato de la Pasión y no entendía muy bien por qué precisamente ese era el Evangelio en este día de júbilo. Volveríamos después a casa con la palma ya bendecida, que mi padre, acompañando al cortejo municipal, había portado en la procesión, y que luego durante todo el año presidiría la fachada principal de mi casa: “Bendice Señor nuestro hogar. Sé tú nuestro Rey”. Yo preguntaba qué significaba exactamente ese ritual. Mis padres me lo explicaban: era el símbolo de nuestra alegría por haber aclamado a Jesús como nuestro Salvador. Jesús nos concede, con la posibilidad de seguirle, la de ser sus amigos y con ello nos da la llave de la vida.

Así comenzaba todo, celebrando la VIDA. Ya cobraba sentido que en la misa estuviéramos conducidos por el Evangelio de la Pasión, porque esto suponía situarnos en las coordenadas del verdadero reinado de Cristo: Él reinará desde la Cruz. Y en la mesa eucarística nos unimos a Él en su muerte, seguros de triunfar con Él en su resurrección.

HOY, como ayer, en procesión que organiza EL GRUPO SAN CLEOFÁS, somos galileos que en Jerusalén alzaron sus ramos un domingo aclamando la entrada triunfal de Jesús. Hoy somos conscientes de que esos gritos de júbilo se convirtieron más adelante en gritos enfurecidos de “crucifícale”, o incluso, de parte de los más cercanos, en silencios, protestas, renuncias y negaciones como símbolo de abandono.

Ya los pasajes evangélicos de LUNES, MARTES Y MIÉRCOLES SANTO anuncian que los apóstoles, los amigos más íntimos de Jesús, lo dejarían solo durante la Pasión:

El LUNES SANTO escuchamos cómo Judas se queja de lo caro que es el perfume con que María unge los pies de Jesús. La protesta de Judas no tiene ninguna utilidad, sólo le lleva a la traición.

HOY, como cristianos que somos, no podemos caer en la misma queja de Judas. Hoy comprendemos que la acción de María la lleva a amar más a su Señor y, como consecuencia, a amar más a los “pies” de Cristo. María tiene un gesto de amor y, como todo acto de amor, es difícil de entender por aquellos que no lo ejercitan. Escribiría más tarde san Agustín: “Quizá en esta tierra los pies del Señor todavía están necesitados”. Esos pies, sin duda, son precisamente “los necesitados”.

HOY, besando los pies clavados de Cristo, lo que queremos es mantenerlos vivos, y, guiados por ellos, seguir caminando con Él en ayuda de nuestros hermanos, especialmente los más necesitados: las víctimas de las guerras y del hambre, del paro y del desamparo, del maltrato y del engaño, de la enfermedad y de la soledad…

Es cierto que este camino, este seguir a Jesús, no es un camino sin obstáculos. Jesús lo sabe y por eso les dio a sus discípulos una lección clara de los momentos de oscuridad que les esperaban.

Ya en los episodios evangélicos de MARTES Y MIÉRCOLES SANTO Jesús declara que uno de los doce lo entregará y que otro lo negará. Lo que más impresiona de los relatos es comprobar que la traición y el abandono se dan en el círculo de aquellos que le han seguido y han tenido acceso a su corazón. ¿Cómo sus amigos pueden hacerle eso? -me pregunto, como niña que era.

HOY, nosotros cristianos, tenemos la oportunidad de preguntarnos hacia dónde dirigimos nuestras vidas. Él, presente en cada uno de nosotros, está aguardando nuestra elección: si queremos seguir junto a Él participando en la oración, los sacramentos y la mesa eucarística; si queremos darle un nuevo rumbo a nuestra vida en la relación con los demás; si queremos quedarnos en nosotros mismos y nuestros egoísmos o si queremos amar a los demás, ayudar a los demás, comprometernos con los demás… Él por amor nos hizo libres… Nosotros decidimos.

Y la decisión empieza cuando somos niños. Precisamente en ellos Jesús ha depositado una espera especial: “Dejad que los niños se acerquen a mí”, diría. Y los niños y jóvenes de Vera, como antaño hacíamos los que hoy somos adultos, deciden salvar obstáculos y atienden a su requerimiento. No lo defraudan. Y constituyen grupo dentro de las hermandades para seguir su camino. “Dejando que Él nos ame, sentiremos su ternura tan hermosa”, nos dice el Papa Francisco.

Por eso HOY, el MARTES SANTO se ha revestido de una ternura especial cuando las calles de Vera se inundan de Esperanza con Jesús portado por esos hombros infantiles que sueñan con aliviar su dolor, con acompañar a su Madre para arrancarle Soledad, mientras a la vez les concede indulgentes Perdones a sus leves faltas infantiles.

Y hablando de niños, vuelvo a soñar mi niñez:

Recuerdo, en escenas, la noche del MIÉRCOLES SANTO, cuando acompañaba a mi madre a la procesión del Vía Crucis. Mi madre me ha explicado: vamos a acompañar a Jesús siguiendo sus pasos hacia la Muerte que será Vida. Él es nuestro Camino, nuestra Salvación.

Calles oscuras. Velas encendidas. Hombres, mujeres y niños en dos filas. Imagen de Cristo clavado en la Cruz. Episodios de la Pasión. Oración: “Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos porque por tu santa cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Cantos: “Perdona a tu pueblo, Señor“, o “Sálvame, Virgen María, óyeme, te imploro con fe…”. Suspiros. Emoción. Meditación silenciosa.

HOY, como ayer, cristianos de Vera, continuamos en procesión por nuestras calles, que se convierten en la vía dolorosa que conduce al Calvario. Y creemos que cada paso del Condenado, cada gesto o palabra suya, así como lo que vieron e hicieron todos aquellos que tomaron parte en este drama, nos hablan continuamente. Es cierto que hubo quienes le injuriaron, pero también quienes quisieron ayudarlo. En su pasión y en su muerte, Cristo nos revela también la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Decía San Agustín: “La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre”. Orar es respirar ese aire nuevo del espíritu que procede del mismo Dios, comunicarse con Él, hablarle como un amigo habla con su amigo, para contarle penas y alegrías, sufrimientos y fracasos, perplejidades y esperanzas. Así caminamos con él.

Si sigo recordando mi infancia sueño los días siguientes del TRIDUO PASCUAL, los días de la Preparación para la Pascua, Pasión y Muerte de Jesús que nos llevarían a su Resurrección:

En los Oficios del JUEVES SANTO, en la Iglesia, en torno al altar, ya se encontraban doce discípulos preparados para celebrar la Pascua, y, dispuestos para la Cena, asistíamos al lavatorio de los pies. Soy una niña y entiendo que para comer lo que hay que lavar son las manos. Pero, acompañado del mensaje, todo empieza a cobrar sentido y al final comprendo: el acto de que sea Jesús, El Maestro, quien lava los pies a los apóstoles, los discípulos, significa que Él estaba entre ellos, no como un superior, sino como un servidor: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros…”. (Jn 13,14).

HOY, como ayer, acudimos de nuevo el JUEVES SANTO a escuchar la Palabra, buscando en ella el verdadero mensaje que se origina en ese acto de servicio que no es otra cosa que amor: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12). Y tanto nos ama que ni siquiera nos dice que le amemos a Él, sino que amemos como Él. Y es a través del lavatorio de los pies como tenemos que llegar a desentrañar el verdadero significado de la Eucaristía: Cuando parte y reparte el pan, cuando toma el vino, y lo da a beber a los demás, Jesús nos está dando su cuerpo y su sangre diciéndonos que lo tomemos, porque todo lo que Él es nos lo da: Él, que es amor, se nos entrega y nos pide que seamos nosotros quienes hagamos lo mismo: “…Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. O “Haced esto en memoria mía”. He ahí el sentido de la misa: comulgar con Jesús es comprometernos a amar a los demás. La Cena en la noche de Jueves Santo fue la anticipación de su muerte en cruz al día siguiente para salvar a todos los hombres.

También, de niña, escuchaba atentamente el Evangelio de la Pasión en los Oficios de VIERNES SANTO: Jesús es apresado en el Huerto de los Olivos; a palos y empujones lo llevan a la ciudad y allí es azotado, humillado, escarnecido, y le hacen cargar con una cruz hacia el Calvario donde lo crucifican y muere. Aquellos que estaban allí, y lo vieron, nos transmitieron los hechos y, al mismo tiempo, nos descubren el sentido de aquella muerte: un acto de amor.

HOY, como ayer, VIERNES SANTO, tanto amor desprendido nos convoca de nuevo a los cristianos a vivir la Muerte de Jesús. Enmudecidas las campanas, sin manteles, flores ni velas, ponemos los oídos atentos a la palabra de Dios: “E inclinando la cabeza entregó su Espíritu” (Jn 19,30). Hoy, mirándolo muerto en la cruz comprendemos que no le importó el sufrimiento; sí, su obediencia y fidelidad a Dios. Por tanto, es el día de la Cruz victoriosa, desde donde Jesús nos dejó lo mejor de Él mismo: María como madre, el perdón —también de sus verdugos— y la confianza total en Dios Padre.

La Cruz ya no es ignominia, sino salvación: “Mirad el árbol de la Cruz del que estuvo colgada la Salvación del mundo. Venid a adorarlo”, aclamamos dentro de esta celebración. Y esa mirada a Jesús tenemos que hacerla con los ojos del corazón, con los del amor, con los de la esperanza en su Resurrección, garantía de la nuestra. Después en esa misma celebración comulgamos la Eucaristía que, consagrada el Jueves Santo, y reservada en el silencio de la noche anterior, aviva esta esperanza según su promesa, porque “al que come mi carne, Yo lo resucitaré” (Jn 6,54).

Y también sueño las procesiones de estos dos días de mi infancia:

Ajena desde mi familia a las ocupaciones de las hermandades (no formaba parte de ninguna), recuerdo que, a la vez que vivía la Pasión aprendida de la Palabra, sentía profunda admiración y atracción por todos los Pasos que, sobre ruedas y envueltos en un ir y venir continuo de operarios enchufando y desenchufando cables, desfilaban por nuestras calles.

Con la emoción propia de los niños, cuando el Convento, cercano a mi casa, abría sus puertas para preparar los tronos e imágenes de la Hermandad de San Juan, yo participaba de aquel ajetreo. Especialmente recuerdo el Paso de La Oración en el Huerto y el de de San Juan. La imagen más emblemática, el Cristo de la Misericordia, se encontraba en la Iglesia de la Encarnación para veneración de todos los veratenses que buscaban dejarse envolver por la Misericordia de Dios.

Paralelamente, la Hermandad de Jesús se afanaba en la puesta a punto de El Lavatorio, (más tarde lo haría con La Verónica, La Magdalena…) y con mimo especial en la de Nuestro Padre Jesús, en cuya ermita de San Ramón, y bajo el amparo de su túnica nazarena y el peso de su Cruz, siempre acogía a sus fieles veratenses.

A su vez, la Hermandad de la Virgen de las Angustias se esmeraba en abrillantar los pasos del Santo Sepulcro y el de Nuestra Excelsa Patrona, expuestos también durante todo el año en su Ermita, lugar que llega a ser paso (sin obligación) obligado de todo el que se precie de ser veratense, para refugiarse en su virginal manto protector.

El pueblo tenía mucho que celebrar y, como en toda celebración, había que poner esmero y mucho amor. Todo estaba preparado para vivir el acontecimiento. E intentando ser fieles al pasaje evangélico, cada hermandad sacaba en procesión sus sagradas imágenes alusivas a los hechos del día. Y con sus pasos desfilaban distintos penitentes, mantillas, romanos, banda de música municipal. Realmente en mi recuerdo, probablemente algo distorsionado por el paso del tiempo, situaba a la Virgen de las Angustias cerrando procesiones, pero, según he leído, en un acta de Junta de Cofradías del año 1956 se recoge el acuerdo de las Hermandades sobre su participación y ubicación en los distintos desfiles procesionales.

Así, en la noche de JUEVES SANTO desfilaban los pasos de El Lavatorio, San Juan, La Virgen de las Angustias, y La oración en el Huerto.

Al amanecer del VIERNES SANTO Jesús Nazareno, con su cruz en hombro, subía, acompañado por todos los hombres del pueblo, hacia su Calvario. Las mujeres no van en procesión: son nuestras costumbres. Pero todas las calles y esquinas están ocupadas por ellas. Yo, niña, también acudo a ver la Subida. Mi madre me ha levantado para que sienta con Jesús el destino que le aguarda. En la plaza, su Madre está presente, y como todo el pueblo, escucho la sentencia de Pilato a Jesús condenándolo a muerte. Sentencia de la que aprendí algunos fragmentos de tanto oírlos y a lo que favorecía la cantinela pegadiza con que el romano la pregonaba.

Todo el pueblo está en la calle y la procesión del mediodía desfila ante sus ojos con El Lavatorio, Nuestro Padre Jesús, San Juan y La Virgen de las Angustias.

Era por la noche cuando el cortejo procesional se acrecentaba y, siguiendo el orden lineal de los acontecimientos, a los pasos de la mañana se añadían dos más: El Cristo de la Misericordia, entre San Juan y La Virgen de las Angustias, y cerraba el cortejo El Santo Sepulcro: todo es silencio ante este Cristo yacente en su urna de cristal que ya ha pasado de este mundo hacia la Vida.

La gente, desde las aceras, contemplaba conmovida todas las imágenes en cada una de las procesiones. Pero, vistas con ojos de niña, impresionaban e infundían tanta emoción, respeto y devoción que seguía leyendo en ellas lo que ya había escuchado en los relatos evangélicos. Así que, aun perteneciendo esos pasos a distintas hermandades, entre las que podía existir una cierta rivalidad, en mi opinión no me equivoco, y creo interpretar la voz del pueblo, si digo que en el fondo todos los veratenses éramos de todas. Y tanto en la Palabra como en esas tallas los niños de entonces, que en estos días ni siquiera jugábamos en señal de luto, aprendimos a leer la VIDA.

HOY, como ayer, también vivimos el acontecimiento respetando la tradición, y aunque las procesiones han cambiado notoriamente tanto en sus pasos, como en la forma de los desfiles procesionales, seguimos saliendo a la calle, movidos por la fe, por la pasión.

Y la HERMANDAD DE SAN JUAN EVANGELISTA contagia su fervor a los veratenses en la noche del JUEVES SANTO: Jesús le pide al Padre que no le haga pasar por el mal trago que pronto ocurrirá, pero en un gesto de resignación dice: ” hágase tu voluntad y no la mía”. Se prevé el fatídico final. Y los jóvenes que portan La oración en el huerto oran con él amparados por un Ángel que los guarda. Detrás el acompasado ritmo de las bandas y la llamada de campana reclaman que sus hombres eleven al cielo la imagen en la cruz de Cristo de la Misericordia, y las mujeres eleven al cielo como una oración a La Virgen de Gracia y Esperanza, a la que San Juan acompaña en su dolor cuando, convertida en su madre, pasa a ser la de todos, y él, convertido en su hijo, nos representa a todos.

“Noche silenciosa presagio de un amanecer de dolor.”

Y HOY, como ayer, amanece VIERNES SANTO. Cargado con la cruz Jesús camina hacia el suplicio. El peso del rudo madero supera sus fuerzas y cae bajo él en tres ocasiones. Hoy los nazarenos de la HERMANDAD DE NUESTRO PADRE JESÚS, que lo portan, cual cirineos, con movimiento firme se prestan a levantarlo, mientras un larguísimo cortejo de hombres lo acompaña en silencio. Hoy esos hombres son los que antaño eran los pequeños de la familia cuando iban protegidos por sus mayores, y ahora llevan delante a sus hijos y nietos por los que velan. Las niñas de entonces, que salíamos a las esquinas cogidas de las manos de nuestras madres, somos las mujeres de hoy que seguimos en las aceras queriendo con nuestra mirada, cual Verónicas, limpiar el rostro de Jesús.

Todos llevamos nuestra cruz. Todos sufrimos. Pero Jesús con su cruz está arrastrando también las de todos nosotros. Y, emocionados, vemos aliviado nuestro dolor por la fuerza que emana de Aquel que dijo: “mi yugo es llevadero y mi carga es ligera” (Mt 11.30).

El tiempo ha pasado, pero HOY, como ayer, el romano aguarda, pregón en mano. Está a punto de estallar la sentencia que rotunda e inexorablemente llevará a Jesús a la crucifixión. Allí también está María, la Virgen de las Angustias, esperando, dolorosa, el encuentro con aquel cuyo cuerpo, exangüe, descendido de la cruz, oprimirá pronto en su regazo.

“Dramático suceso revivido con doble procesión.“

Poco antes del mediodía, El Lavatorio de pies, símbolo de entrega y amor, puerta de entrada a su paso por la cruz, es portado por generosas jóvenes dispuestas a servir, como Jesús lo hiciera. Después, al compás de las lanzas de los soldados romanos, Nuestro Padre Jesús Nazareno sigue su dolorosa vía mecido y arropado por sus hijos nazarenos. Detrás, otros más jóvenes so-portan a ritmo acompasado la dolorosa pena de la Madre, la Virgen de la Piedad, que acoge en su regazo a su hijo con corazón traspasado. Serena y cariñosamente unidos, se prestan a calmar su dolor haciendo hermandad bajo la trabajadera.

“Día de luto para la familia cristiana.”
Día para derramar lágrimas sinceras por quien tanto ha sufrido.

Y HOY, como ayer, por la noche, Vera sale a la calle en cortejo fúnebre con la HERMANDAD DE LA VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS. En penumbra, a la luz de unas tímidas velas y al compás de suave y luctuosa música, abre el cortejo un cuerpo desnudo maniatado a una columna, sus espaldas despellejadas: los hombres que lo portan quisieran desatarlo, pero ya a Jesús se le ha dado severo castigo, la Flagelación. Una vez muerto, ha dejado de sufrir, pero no puede quedarse en la cruz. Yacente se encamina hacia la vida eterna en su Santo Sepulcro. Detrás la que nunca lo abandona, la que lo ha visto sufrir y morir, refleja en su rostro la angustia humana: es su madre La Virgen de las Angustias. Y bajo su manto de luto sus hijos de Vera, a la vez que lloran con ella, anhelan en silenciosa oración su protección y refugio.

HOY, como cristianos que somos, guardamos este silencio en nuestro interior el SÁBADO SANTO.

María, en su Soledad por la pérdida de su hijo, todavía tenía palabras de aliento para los que alrededor de ella se lamentaban desesperanzados; por eso también la acompañamos en el acto mariano que se celebra esta mañana de sábado en la Iglesia. Estamos a la espera de celebrar por la noche el mayor de todos los acontecimientos cristianos: la glorificación del Crucificado.

Y a las once de la noche, aunque es hora de tinieblas, repican a gloria nuestros corazones con el volteo alegre de las campanas. Y marchamos al encuentro del Amado en la solemne VIGILIA PASCUAL. Con la llama resucitada del Señor reafirmamos nuestros compromisos cristianos. Y salimos de la Eucaristía testigos de la Pascua.

¡ANUNCIAMOS TU MUERTE. PROCLAMAMOS TU RESURRECCIÓN!

Porque a partir de entonces ya no seguiremos al Crucificado a secas, sino a Aquel que es la orilla entre Dios y el hombre, entre la luz y la sombra, entre la transcendencia y la humanidad, a Aquel que nos acompaña en nuestras vidas de cada día para hacer más llevaderas nuestras pequeñas cruces.

HOY, adultos, hemos aprendido que para alcanzar la victoria de la Resurrección tenemos que cargar con las cruces que encontremos en el camino de la vida, como Él pasó por la noche del Jueves y Viernes Santo. Y comprendemos que el dolor contenía en sí el gozo. No en vano Jesús expresó esto en la última cena cuando dijo a sus apóstoles: “Vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se cambiará en alegría” (Jn 16,20).

Precisamente es lo que recuerdo de mi infancia cuando sigo soñando:

El despertar alegre del Domingo de Resurrección al son de trompetas y tambores. Era el día de PASCUA, el día más joven del año. Por eso “El Niño” había aparecido por nuestras calles con júbilo. Se acabaron los días de luto: ya no hay tristeza. Somos felices. Volvemos a jugar. Es día de risa y de puertas abiertas. Y mayores y niños salimos y depositamos ofrendas ante Él, que, glorioso, luce unos claveles en la mano, explosión de Vida. Rodeado de regalos terminará su recorrido en la Glorieta, pero el más importante ya lo tenemos todos: nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida.

Y HOY, como ayer, El Niño sigue recogiendo ofrendas. Los penitentes que le acompañan visten de blanco la alegría del acontecimiento. Las campanas voltean en la ermita de la Virgen de las Angustias porque la Vida ha comenzado: El sepulcro de Jesús está abierto y vacío. Cristo vive. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8).

He aquí la clave: “CREYÓ”. Y sigue el Evangelio: “pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos”. El discípulo supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del PASO de Dios, de la nueva vida. Lo captó María Magdalena, lo captó Pedro, lo captó el otro discípulo. Lo captaría Tomás incluso, porque solo el amor (ya lo hemos dicho) sabe captar aquello que otros no captan. Lo captó Cleofás. Y todos fueron a proclamar su Resurrección.

HOY, ese “ver y creer” de los discípulos ha de ser también nuestro. Nosotros, cristianos, somos los testigos de la Resurrección que, guiados por el amor, estamos convocados a ejercer el ministerio de la esperanza y de la fe de la Pascua. Somos quienes tenemos que anunciar, que proclamar, que Cristo está entre nosotros, que nuestro Dios es un Dios vivo que acompaña nuestras vidas, que hay que vivir, y vivir cada día, y ver a Dios en cada uno de los actos cotidianos que realizamos en nuestro trabajo, en nuestras casas; entre los que nos rodean y entre los que llevamos en nuestro corazones. Sintámonos alegres por creer en Jesucristo. El mismo Papa Francisco nos dice: “No seáis nunca hombres ni mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo… Jesús está entre nosotros”.

Y sigue: “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Y expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra… “. “…Seguir, acompañar a Cristo, permanecer con Él, exige un “salir”. Dios salió de sí mismo para venir en medio de nosotros, para traernos su misericordia que salva y dona esperanza: siempre hay luz en el camino”. Y termina: “…Déjate mirar por el Señor. Cuando Él nos mira nos da la fuerza y nos ayuda a testimoniarle…”.

Y el mismo San Pablo era consciente de que el Evangelio no podía ser testimoniado eficazmente de manera individual. Sólo una comunidad transfigurada por Cristo se constituye en signo creíble del Evangelio.

Pues bien, cada SEMANA SANTA, todos nosotros tenemos la ocasión de ahondar en el amor de Dios, a través de la Palabra, a través de la Eucaristía, a través de nuestras oraciones… con el firme propósito de servirle con fidelidad todos los días del año y darlo a conocer a quienes no lo conocen, con palabras y con obras, convirtiéndonos todos en pregoneros de la Buena Nueva, en testigos ante el mundo actual.

Apasionante y ardua tarea para Hermandades y Cofradías que, además de trabajar unidos para fomentar una vida cristiana, realizar actividades de apostolado, ejercitar obras de piedad o caridad… (canon 298 del Código de Derecho Canónico), promueven el culto público, participando de forma visible y artística, para que la Semana Santa sea un hecho diferencial que determina a nuestro pueblo, cuando, convertido en actores del drama de la Pasión de Jesucristo, que es también nuestro drama, proclama y pregona LA BUENA NOTICIA. Y lo hacen creando tradición de aquello en lo que creemos.

Juego de palabras puede parecer “creer” y “crear”, pero crear la tradición en la que creemos ¿no es avanzar en la revelación interior de un Dios que está más dentro de nosotros mismos que nuestro propio yo? No en vano los dos verbos conjugan de igual forma la primera persona: “yo creo”.

Así nuestras sagradas imágenes, enriquecidas con la música, con las mantillas, con las saetas, adornadas con todo tipo de ornamentos… despiertan los sentimientos de quienes trabajan en ello y de quienes las contemplan, porque a través de los misterios terrenales de Jesucristo que evocan, lo que vivimos y sentimos como cristianos, como cofrades, como ciudadanos en definitiva, es hermandad, solidaridad y entrega a los demás, dando ejemplo de fe, manteniendo viva la historia y respetando nuestras tradiciones.

Yo, Pregonera de Semana Santa 2014, ensanchados mis pulmones de cristiana, he venido a proclamarla, a espaciarla, y quiero hacerlo, porque CREO, con estos versos que han brotado de mi interior, como latidos necesarios para vivir y soñar:

La pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

Celebras ya la pascua, es Jueves Santo, te ciñes la toalla a la cintura,
tomas los pies amigos con ternura,
los lavas, y secas con blanco manto.

Que se laven los pies unos a otros
les dices, y enseñas hermoso oficio,
en acto de amor, entrega y servicio:
“Id y haced lo que yo he hecho con vosotros”.

Instituyes después la Eucaristía:
pan y vino tu cuerpo y sangre son,
y les pronuncias de gracias la acción: “Haced esto en conmemoración mía”.

Digno hombre, cuyo destino no ignoras, vas a Getsemaní a retirarte
en oración, dispuesto a entregarte
a aquellos que te buscan a deshoras.

Envíate a azotar Poncio Pilato, insultado, escarnecido y vejado, golpeado, herido y humillado, atado a la columna del maltrato.

Corona de espinas, rostro sereno, cargando cruz pesada, en santa suerte, dolorido caminas a la muerte,
Tú, Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Amanece, afligido, Viernes Santo,
a la calle sale el pueblo a acompañarte, de tus caídas quisiera levantarte,
y aliviar tanto peso y dolor tanto.

Terminas larga y dolorosa vía.
Ya en tu cruz, de manos y pies clavado, “Dios mío, por qué me has abandonado” exclamas exánime todavía.

Junto a la Cruz tu Madre y Juan, los ves, y dices: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”
y más aún, todavía en crucifijo:
“Hijo, ahí tienes a tu madre”, pues.

(Virgen Santa de Gracia y Esperanza, Madre de Cristo Misericordioso,
si nuestro corazón llora luctuoso,
a Ti acudimos con plena confianza).

La hora es y todavía respiras
y una esponja en vinagre empapada te dan a beber; con sed calmada, inclinando la cabeza expiras.

Entregado al Padre en su voluntad, sostenerte espera mujer gloriosa entre maternales brazos, llorosa, delicada Virgen de la Piedad.

(Madre piadosa y compasiva, implora por tus hijos todos, con suave abrazo, acógenos con Él en tu regazo,
Reina de San Ramón, Nuestra Señora).

Consumada está con gran amor la hora, descansa ya tranquilo y sin quebranto. Yacente duermes en Sepulcro Santo, detrás tu Madre, nuestra protectora.

(Virgen de las Angustias, ¿te has mirado?, sal de tu Soledad y, entre otros dones, concédenos indulgentes Perdones
y Esperanza en Jesús resucitado).

Vigilia Pascual “de esperanza plena… una explosión de luz y de armonía,
y un fluir generoso de alegría…
Un sentir que está el alma toda llena!”

Con fe a tu Resurrección llegamos,
tu despertar nos trae la Nueva aurora; de otro Domingo bendita fue la hora que con Ramos y palmas te aclamamos.

……………………………

Semana Santa de ayer, soñada hoy, Semana Santa de hoy, también soñada, Semana Santa por siempre esperada, Semana Santa, con fe viviendo voy.

Preparados ya durante esta Cuaresma, limpios y dispuestos ya nuestros corazones, NIÑOS, JÓVENES Y MAYORES, COFRADES Y COSTALEROS, HERMANOS TODOS EN CRISTO, vivamos esta Semana Santa desde la Palabra, la Eucaristía, la oración, desde las estaciones de penitencia y desfiles procesionales, expresiones todas ellas variadas de nuestra fe. Y hagámoslo con proyección a seguir en la tarea de dar testimonio todos los días del año. Acompañemos a Jesús desde su entrada a Jerusalén hasta la Resurrección. Y no dejemos que en nuestras manos se marchiten los ramos de olivo con que aclamábamos su llegada.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Vera, a 5 de abril de 2014

Mari Carmen Morales Carmona.

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