PANORÁMICA DESDE EL CERRO DEL ESPÍRITU SANTO

Que recuerde, desde mi niñez, no había subido a nuestro emblemático cerro hasta hace unos días, gracias a las recientes infraestructuras creadas que posibilitan el acceso a los miradores de la ermita y su cima, donde se levanta, majestuosa, la imagen sostenida por una peana poliédrica de caras trapezoidales con la siguiente inscripción: “ Vera al Sagrado Corazón de Jesús. 17 de julio de 1.949, siendo Alcalde D. Francisco Cervantes de Haro”. Debajo, el escudo de Vera.

Previo a la excursión, desde la terraza de La Casa de la Cultura, sorprendido por su belleza, me recreo en contemplar ese cerro cónico, que, junto al Hacho, imperan sobresaliendo en el llano de su alrededor. Digo esto, porque divisado desde cualquiera de las carreteras que conducen a Vera, su distinguida estampa, obra de los caprichos de la Naturaleza, engalanada de un verde húmedo, me permite sacar la cámara fotográfica y disparar hacia él en mañana soleada que contrasta con el intenso azul de su entorno. ¡Maravillosa vista con fotografía incluida!

Pues bien, preparado para la escalada y provisto de toda clase de artilugios: brújula, altímetro, prismáticos y cuadernillo, desde el Pabellón Deportivo “Blas Infante”, alzando la vista, me viene a la memoria que, de niño, me costaba trabajo subir hasta su cúspide y, el trayecto, entonces, sin veredas definidas y escalado, bien “andando a gatas” o agarrándose entre los matorrales, si en algo se distinguía para coronar la cima era por su dificultad. Poco más de medio siglo después, llegar a su cumbre es otra cosa muy distinta, gracias a la construcción de una puerta de acceso con verja metálica donde comienza un sendero empedrado de unos dos metros de anchura con cerca o baranda de madera y provisto de escalones en su zona de acceso y parte más empinada. Allí, tras caminar unos cien metros, hago un receso en el camino sentándome sobre una piedra para descansar un poco. Entonces, a la memoria me vienen recuerdos de antaño cuando, imaginando guerras sin cuartel, grupos de niños peleábamos unos contra otros como si de lucha infernal se tratara. Las palas de las chumberas, bella planta autóctona y muy abundantes en el paisaje que describo, lamentablemente hoy, enfermas y atacadas por la cochinilla del carmín,- Dactylopus opuntiae – servían de escondite y escudo en nuestras escaramuzas. Olvidados los recuerdos y centrándome en la realidad presente, tras ese breve descanso, la bifurcación del sendero, en su variante a la izquierda, me conduce a la ermita del Cerro del Espíritu Santo, construcción ésta, que, en su día, en la Vera musulmana, era, posiblemente, un antiguo aljibe árabe. La otra variante, a la derecha, en su ascenso y serpenteando el monte, me conduce a la parte más alta del cerro; pero allí, ante mí, entre unas escaleras muy empinadas, dos descomunales rocas denominadas “Los Mellizos”, quiero recordar que así las llamábamos, son la antesala de la llegada a la cresta del cerro, donde, majestuosa, se encuentra la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que, fijando mirada al norte, domina, reinante, desde el vértice del cono, un extenso y vasto llano de singular e incomparable belleza.

Desde la altura -183 m -, con prismáticos, oteo la espectacular hermosura de cuanto, con precisión, distingo sobre mi alrededor; es la belleza paisajística en su máxima expresión. La panorámica, maravillosa y excelente, me permite, como si a vista de pájaro se tratara, observar, con todo lujo de detalles, la ciudad que me vio nacer, con sus edificios y lugares emblemáticos, sus bien trazadas calles, sus carreteras, sus vías, sus arrabales, sus senderos y, sobre todo, su extenso y yermo terreno, a excepción de algunas que otras plantaciones de lechugas, que, como contraste por insólito, reverdecen un poco parte del espléndido y hermoso paisaje. ¡Qué maravilla de la Madre Naturaleza!

El ángulo de visión de perspectiva completa,- 360º -, además de permitirme examinar lo cercano, es decir, nuestra Vera querida y su término municipal con sus 58 Km2, nos deja, también, observar y analizar lo lejano, lo distante, es decir, parte de los términos de Antas, Bédar, Turre, Mojácar, Garrucha y Cuevas. Pero eso no es todo. También, cómo no, el Mediterráneo, con su grandeza y esplendor, al este; Sierra Cabrera, con su pico La Mezquita, al sur; Sierra Almagro y Almagrera, al norte y noreste; Sierra de las Estancias y Sierra María, en lontananza, al noroeste; y Sierra Filabres, con La Tetica de Bacares -2.089 m -, al oeste.

Dicho esto, que es poco por contar, comentar a los lectores que, con independencia de la panorámica descrita, recrearse con un poco de historia no viene nada mal; más bien, todo lo contrario. Por ello, pues, como recordatorio, decir, que nuestra ciudad, antes de su emplazamiento en el Cerro del Espíritu Santo – Vera musulmana -, destruida y devastada por un terremoto en 1.518, tuvo otros topónimos por su situación, cuales son: BARIA, fundada por los cartagineses en el s. VI a. de C., cerca de Villaricos; BAREA, fundada por romanos en manos de latifundistas con sus villas – cortijos –, desde su anterior ubicación hasta el Rocipón, próximo a la ermita de la Virgen de las Huertas; y su actual enclave, VERA, – la cristiana -, a tiro de ballesta desde la cercanía del Cerro del Espíritu Santo, en virtud del informe del corregidor Francisco de Castilla, quien recomienda una ciudad nueva en el llano y próximo al mismo.

Valga este artículo que redacto y publico como evocación a la distinguida figura de nuestro emblemático cerro, que, además de servirnos de mirador con excelentes vistas, fue, otrora, emplazamiento de nuestra querida y amada Vera.

Diego MoralesArtículo escrito por D. Diego Morales Carmona.

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