DISERTACIÓN FILOSÓFICA: ¿EL CONOCIMIENTO NOS DA LA FELICIDAD?

Marta Haro Pérez

Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha sentido hambre: esa necesidad de
nutrirnos es parte intrínseca de nuestra vida y necesaria para la continuación de nuestra
especie. Sin embargo, no todos los tipos de hambre son iguales. Una es la del estómago:
comemos para vivir, y se sacia con alimento. Pero hay otra más voraz, más insaciable: el
hambre de saber, de entender el mundo. Ya sea a través de la mitología, la religión, la
observación o la ciencia, es innegable que el ser humano siempre ha querido conocer,
saber. Y cuando comprende —aunque sea por un instante— experimenta una satisfacción
que ningún otro placer iguala. Pese a esa reflexión, hay quien argumenta que uno es
realmente feliz y pleno viviendo en la ignorancia, que el animal que no sabe que va a morir
vive sus días sin complicaciones derivadas del conocimiento de su condición. Ante este
dilema, pregunto: ¿Vale la pena cambiar una felicidad fácil y frágil por una satisfacción más
profunda, aunque a veces incomode?


La respuesta, para mí, es un rotundo sí.


Para iniciar, propongo la siguiente idea: sentirnos presentes y conocer nuestro entorno nos
hace felices. Muchos piensan que vivir en el “ahora” implica ir por la vida sin expectativas,
sin conocimiento, dejándose mecer por las olas como un barco a la deriva. Sin embargo,
desde mi punto de vista, ser consciente del pasado, el presente y el futuro es lo que
realmente lleva a una vida plena y sencilla.

El ser humano siempre busca refugio donde se siente seguro y puede controlar la situación.
Esa placentera serenidad no se obtiene mediante la ignorancia, sino a través de la
anticipación de lo que va a ocurrir, basándonos en el entendimiento de lo que ya ha
sucedido. Imaginemos que conducimos por una carretera. Realmente disfrutamos del viaje
cuando sabemos a cuántos kilómetros está la siguiente curva o cuándo hay que reducir la
velocidad por un resalto. No cuando vamos sin saber qué esperar y las curvas o baches nos
sorprenden. En ese caso, viajamos con ansiedad y estamos menos presentes. Utilizamos el conocimiento no para huir del ahora, sino para habitarlo sin miedo, con los ojos abiertos y con confianza. Sólo quien comprende su entorno y su historia puede vivir verdaderamente el presente, en lugar de limitarse a atravesarlo.


En segundo lugar, quisiera defender mi siguiente idea: entender el mundo y ampliar
nuestros conocimientos nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y a vivir mejor en
sociedad. Cuando ampliamos nuestros conocimientos, encontramos la raíz de nuestros
miedos, identificamos el origen de nuestras emociones, descubrimos nuevas ideas y
aprendemos a regular nuestro comportamiento. Comprender estos rasgos intrínsecos de la
personalidad y ser conscientes de nuestras debilidades y fortalezas es tan vital como el aire
que respiramos.Esto no solo nos permite conectar con otras personas a través de la empatía, la paciencia y la razón, sino que también promueve el cambio personal al identificar nuestros puntos
débiles. Quien vive en la ignorancia de sí mismo está condenado a repetir los mismos errores y a tropezar una y otra vez con la misma piedra. En cambio, quien se conoce puede dejar atrás sus fallos y avanzar como persona. El progreso de la condición propia nos lleva a la prosperidad tanto en el ámbito personal como en el social y comunitario.


Sin duda, la objeción más repetida a lo largo de este debate es la siguiente: la ignorancia, y
no el conocimiento, nos haría felices.

“Los animales son infinitamente más felices que los
humanos, pues ellos no lidian con la ansiedad existencial que conlleva saber que uno va a
fallecer, ni intentan dar significado a la vida”.


Sin embargo, aquí se confunde la felicidad con el desconocimiento. Mantener al pueblo en
la ignorancia no es un método para alcanzar la felicidad ni para liberarlo de
responsabilidades ante las atrocidades del mundo; es, más bien, una forma de controlarlo,
manteniéndolo en un estado vulnerable y pacificado. Cuando inevitablemente le azote la
desgracia, ya sea por guerra, hambruna o pandemia, se encontrará carente de
herramientas para afrontarla. En lugar de mitigar el conflicto, este se agravará
exponencialmente. La felicidad auténtica no reside en la ausencia de dolor (ese estado solo se obtiene en el coma o en la muerte), sino en la capacidad de mirar al dolor de frente, anticiparse,
prepararse, afrontarlo con confianza y seguir viviendo a pesar de su presencia. Los
ignorantes no son más que bombas de relojería que, al toparse con cualquier problema,
explotan, hundiéndose en la miseria, desprevenidos y sin saber cómo actuar.

Para concluir, permítanme recordar las palabras del filósofo presocrático Tales de Mileto:

La felicidad del cuerpo se funda en la salud; la del entendimiento, en el saber.


Con esta cita, Tales nos recuerda donde nace la verdadera felicidad: en el bienestar del
cuerpo, de la mente y del alma gracias al saber. Saber cuidarse, relacionarse, amar y vivir
con sentido constituye el verdadero fundamento de una persona íntegra. Para vivir felices
tenemos que aceptar que el conocimiento es un dolor necesario que nos lleva a una vida
plena a la larga, y debemos usar el saber cómo herramienta para vivir el ahora.

por lsolerma

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